Los cinco retos económicos de Biden en su debut en la Casa Blanca

La posibilidad de un nuevo confinamiento nacional despierta los fantasmas del desempleo y la quiebra de negocios en Estados Unidos

El presidente electo de Estados Unidos, Joe Biden, durante un acto de campaña de las elecciones de Georgia en Atlanta, este lunes.
El presidente electo de Estados Unidos, Joe Biden, durante un acto de campaña de las elecciones de Georgia en Atlanta, este lunes. EFE

Estados Unidos escribió su particular carta a los Reyes con un nuevo destinatario: Joe Biden, que ayer se disponía a ser refrendado como nuevo presidente por el Congreso norteamericano, justo antes del asalto al Congreso por parte de partidarios de Trump. Con millones de desempleados y una pandemia asfixiante, la mayor economía del mundo pide frenar su desaceleración, mientras el próximo inquilino de la Casa Blanca promete mirra, incienso y oro en forma de estímulos económicos, aumento de inversiones en energías renovables y dar un giro al plan fiscal de Donald Trump.

Para engrasar su debut en la Casa Blanca, a la que llegará el 20 de enero, el veterano de Washington se ha acompañado de sus propios eruditos, encabezados por Janet Yellen. En la expertise de la expresidenta de la Reserva Federal Biden ha puesto sus esperanzas para afrontar el coste de la crisis del Covid-19 y cumplir su promesa de reconstruir el poderío económico de EE UU. Estos son los principales retos de su mandato:

Contener los contagios

La pandemia ha puesto fin a la expansión económica más larga en la historia de Estados Unidos. Y hasta que el gigante americano no contenga su volumen de contagios, Biden tendrá dificultades para reconstruir el aparato productivo del país. Los casos de coronavirus rozan ya los 20 millones en Estados Unidos, un 6% de su población, pero las muertes, han sido una estocada irreparable: casi 400.000 en 10 meses.

Una mujer coloca una de las 10.000 banderas blancas en un homenaje a las víctimas del coronavirus en el estado de Georgia, este domingo.
Una mujer coloca una de las 10.000 banderas blancas en un homenaje a las víctimas del coronavirus en el estado de Georgia, este domingo. EFE

Enero y febrero serán el período más difícil en la historia de la salud pública del país, según Robert Redfield, director de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), quien ha advertido acerca del riesgo de colapso sanitario. Y aunque, con la llegada de la vacuna, se prometió inmunizar a 20 millones de personas antes del fin de 2020, apenas se superaron los dos millones.

Mientras la vacunación acelera su ritmo, se espera que el Ejecutivo de Biden promueva un confinamiento nacional de hasta seis semanas, una vez asumido el cargo, para controlar la curva de contagios. Varios estados, como California, ya han impuesto sus propias restricciones, pero el cierre nacional ha enfrentado la resistencia de republicanos, como el gobernador de Mississippi, Tate Reeves, que no admiten respuestas más estrictas para contener la pandemia.

Afrontar la factura de la pandemia: PIB, paro y pobreza

El primer confinamiento de Estados Unidos por la crisis del Covid-19 lastró su economía con un declive similar al de la Gran Depresión de 1929. En el segundo trimestre del 2020, el PIB del país se desplomó un 9% —equivalente a un ritmo anualizado del 32,9%—, en medio del cierre masivo de negocios y comercios. Aunque en el tercer trimestre la economía estadounidense experimentó un rebote del 7,4%, el PIB sigue todavía un 3,5% por debajo del nivel precrisis. Y, si Biden cumple con su agenda para contener los contagios, Estados Unidos tendrá que afrontar la factura de detener nuevamente su economía y postergar su salida del agujero negro de la pandemia.

El mayor temor es que un segundo cierre provoque un nuevo tsunami de despidos en algunos de los principales sectores de la economía: eventos, aerolíneas, turismo y hotelería. Durante la primera ola de contagios, más de 40 millones de estadounidenses fueron despedidos y más de una cuarta parte de ellos no ha recuperado el trabajo después de que miles de negocios quebraran por el confinamiento nacional.

Para hacer frente al descalabro, Washington ha prometido una movilización de casi tres billones de dólares en ayudas a familias y empresas. El último plan de estímulos, aprobado a finales de diciembre, inyecta 900.000 millones de dólares (732.000 millones de euros), un 4,3% del PIB, en forma de ayudas económicas de hasta 600 dólares, dependiendo de los ingresos del solicitante, y un bono por desempleo de hasta 300 dólares por semana. También contempla una partida de 284.000 millones de dólares para evitar el naufragio de empresas y negocios afectados por la pandemia, que no puedan cubrir el pago de los alquileres ni la nómina de sus trabajadores.

Este segundo paquete de estímulos es un colchón oportuno para Biden, que recibe como herencia de este último año una tasa de pobreza que ha crecido en casi dos puntos porcentuales. Desde mayo, unos ocho millones de estadounidenses han engrosado las filas de la pobreza, según los cálculos del Centro de Pobreza y Políticas Sociales de la Universidad de Columbia, a pesar de que los estímulos llegaron a unos 160 millones de estadounidenses.

Un grupo de personas espera a las afueras de la Iglesia de San Clemente en Nueva York para recibir donaciones de alimentos, en diciembre.
Un grupo de personas espera a las afueras de la Iglesia de San Clemente en Nueva York para recibir donaciones de alimentos, en diciembre. REUTERS

Pero este nuevo plan de rescate tiene una diferencia relevante con respecto al ejecutado en mayo: aquellos inmigrantes sin papeles que estén casados con un ciudadano estadounidense también tendrán acceso a las ayudas. Con ello, la nueva Administración espera moderar, al menos en parte, la debacle financiera de los 55 millones de personas que a septiembre ya estaban en situación de pobreza.

La reforma fiscal

En medio de una crisis financiera sin precedentes, Biden se ha trazado un objetivo: poner fin a las ventajas fiscales de las grandes corporaciones y los más pudientes.

Para hacer esto posible, Biden ha propuesto revertir en parte la reforma fiscal de Donald Trump y elevar en siete puntos porcentuales, hasta el 28%, el impuesto sobre sociedades, sin alcanzar el tipo del 35% que había en el mandato de Barack Obama. Solo con esta subida, Estados Unidos sumaría 1.400 millones de dólares a su recaudación. Pero la mayor partida provendría de las subidas en el impuesto de la renta para aquellas personas que ganen más de 400.000 dólares anuales, cuyos tributos generarían unos 758.000 millones de dólares extra.

El plan del demócrata también incluye el aumento de la carga impositiva en las herencias, un apartado con el que se ingresarían unos 218.000 millones de dólares.

Joe Biden se dirige a sus partidarios durante un acto de campaña de las elecciones de Georgia, este lunes.
Joe Biden se dirige a sus partidarios durante un acto de campaña de las elecciones de Georgia, este lunes. REUTERS

En conjunto, la política fiscal de Biden podría alcanzar unos 2,4 billones de dólares durante la próxima década, según los cálculos del Centro de Política Tributaria Urban-Bookings. Sin embargo, el grupo de expertos, con sede en Washington, advierte de que la mayoría de las disposiciones del plan fiscal del nuevo presidente no entrarán en vigor hasta el 1 de enero de 2022, debido a las turbulencias económicas que ya acechan al país por la crisis del Covid-19, así como por un entorno legislativo incierto dada la división de las Cámaras.

Incluso con el refuerzo de los demócratas en el Senado en la segunda vuelta electoral en Georgia, seguirá siendo difícil lograr una reforma fiscal significativa con una Cámara Alta dividida. Además, con la reciente aprobación del plan de estímulos fiscales, Biden llega a la Casa Blanca con una deuda pública que ya alcanza los 27,5 billones de dólares y multitud de voces que instan a retrasar la aplicación inmediata de las medidas fiscales.

Aliviar el proteccionismo arancelario de Trump

La llegada de Biden al poder alimenta las expectativas de ver aliviadas las tensiones comerciales de Estados Unidos con la Unión Europea y China.

En la agenda de Bruselas, resalta la reforma de la Organización Mundial del Comercio (OMC) para retirar los aranceles que EE UU impuso a productos europeos, por la suma de 7.500 millones de dólares (6.320 millones de euros), en respuesta a las ayudas europeas que recibía Airbus.

Es el caso del aceite y el vino español, cuyas ventas a EE UU alcanzan los 700 millones de euros, y han sido gravados con aranceles del 25% de su valor en aduana.

Sin embargo, el mayor clima de nerviosismo comercial que deja el empresario neoyorquino a su salida de la Casa Blanca se concentra en las relaciones con China. El ministro de Exteriores del país asiático, Wang Yi, aseguró que espera que la llegada de Biden al Gobierno de Estados Unidos permita establecer un modelo de coexistencia que beneficie a ambos países y sus respectivas economías.

El reclamo llega tras dos años de un enfrentamiento avivado por la administración de Trump con la intención de reducir el déficit comercial crónico y anticiparse al posicionamiento en la implantación de la tecnología 5G. “Lo que ha pasado prueba que el intento de Estados Unidos de reprimir a China y empezar una nueva Guerra Fría no solo ha dañado los intereses de los dos pueblos, sino que ha causado severas disrupciones en el mundo”, señaló el titular de exteriores, que achacó al Ejecutivo de EE UU los “errores de concepto” que llevan a otros países a ver a China como su mayor amenaza.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, estrecha la mano de su homólogo chino, Xi Jinping, tras su reunión en Beijing en noviembre de 2017.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, estrecha la mano de su homólogo chino, Xi Jinping, tras su reunión en Beijing en noviembre de 2017. Getty Images

A pesar de los intentos de seducción hacia el nuevo presidente, Biden ha propuesto un cambio de tono pero no de fondo en la contienda internacional con el gigante asiático, asegurando que Estados Unidos no puede bajar la guardia frente a China. Las relaciones entre ambas potencias no regresarán a los tiempos de oro de 2016. “No voy a tomar ninguna medida de inmediato, y lo mismo se aplica a los aranceles”, confirmó Biden en una entrevista con The New York Times, en referencia al acuerdo firmado entre Washington y Pekín el pasado enero para reducir los aranceles vigentes del 25% sobre productos chinos valorados en 250.000 millones de dólares.

En especial, Biden intentará mantener el poderío tecnológico de EE UU frente a China. Desde la inteligencia artificial hasta la computación cuántica, el demócrata ha fijado el enfoque en tecnologías fundamentales del futuro, aliviando otras contiendas menos relevantes, según su criterio, como la batalla con la plataforma digital TikTok.

Crecimiento verde

El escepticismo de Donald Trump ante el cambio climático ha dejado rezagado a Estados Unidos en la transformación medioambiental global. Por ello, Biden ha hecho del desafío verde uno de los puntos más ambiciosos de su agenda. “Nuestro medio ambiente y nuestra economía están completa y totalmente conectados”, ha defendido el presidente electo, quien ha prometido que, con su entrada en el Ejecutivo estadounidense, el país no solo se unirá nuevamente a los pactos multilaterales vigentes, como el Acuerdo de París, sino que tomará el liderazgo en la ruta para frenar el calentamiento global.

La congresista demócrata Alexandria Ocasio-Cortez durante un acto para promover el Nuevo Pacto Verde, el pasado noviembre, en Whashington.
La congresista demócrata Alexandria Ocasio-Cortez durante un acto para promover el Nuevo Pacto Verde, el pasado noviembre, en Whashington. Getty Images

Biden ha propuesto una inversión de unos dos billones de dólares para mejorar la eficiencia de las plantas de energía, los vehículos, el transporte público y los edificios, buscando con ello que sean menos dependientes de los combustibles fósiles. Este plan arropará al Nuevo Acuerdo Verde (Green New Deal), abanderado por los demócratas, que pretende descarbonizar la economía estadounidense en 10 años.

Para marcar aún más distancia con este sector, el presidente electo se ha comprometido a no aceptar contribuciones de empresas de petróleo, gas o carbón.

Antimonopolio en las ‘Big Tech’

2020 fue el escenario de la preocupación tanto de demócratas como de republicanos por disminuir el poder de mercado concentrado en Facebook, Amazon, Apple y Google. El Congreso de EE UU acusó a las Big Tech de hacerse con un vasto tesoro de datos y dinero que les permite “escoger ganadores y perdedores para sacudir a las pequeñas empresas y enriquecerse mientras ahogan a la competencia”. La disputa, ya enardecida, demanda de Biden mano dura para retomar el control del Gobierno sobre estos emperadores tecnológicos.

La sociedad civil también ha levantado la voz. Por medio de una carta, 32 grupos antimonopolio han pedido al presidente electo que rechace la influencia de las grandes tecnológicas en su administración y que evite las “puertas giratorias” con Sillicon Valley para poder exigir la rendición de cuentas de las tecnológicas.

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