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El diagnóstico tardío en las mujeres cuesta vidas: pasan hasta siete años para detectar algunas dolencias

El colectivo está también infrarrepresentado en los ensayos clínicos. Esto hace que “el sistema sanitario sea injusto con las féminas”, afirma una investigadora

sistema salud mujeres
Stígur Már Karlsson /Heimsmyndir (Getty Images)

Las mujeres en España viven de media casi cinco años más que los hombres. Sin embargo, una de cada dos va a desarrollar una enfermedad neurológica a lo largo de su vida. Por ejemplo, ellas representan dos de cada tres pacientes diagnosticados de alzhéimer, así como el 80% de las personas que padecen migraña. Son 1,5 veces más propensas a experimentar insomnio y 3 veces más proclives a sufrir esclerosis múltiple. Así lo sostiene el libro Neurología y mujer, publicado recientemente por la Sociedad Española de Neurología (SEN).

“El ictus es la principal causa de muerte entre las mujeres en edad avanzada, que ellas sufren con más frecuencia, mayor gravedad y peor pronóstico que ellos”, afirma Susana Arias, vocal de la SEN y coeditora del libro. El descenso del estrógeno en la menopausia es uno de los principales responsables. Por eso es crucial “reconocer esta influencia hormonal”, advierte, para poder diseñar abordajes terapéuticos diferenciados. Aunque reconoce que esto por sí solo no basta. “Se sabe además que la doble carga de los cuidados familiares y el trabajo a veces lleva a las mujeres a retrasar la búsqueda de asistencia médica. Y eso, en el caso del ictus, es clave, porque cada minuto cuenta”, apunta.

La vicepresidenta de Women in Global Health en España, Rosa Orriols, coincide y afirma que detrás de la mayor prevalencia de algunas enfermedades –ellas también padecen más depresión, ansiedad o endometriosis–, subyace un problema estructural que genera desigualdad en el sistema sanitario. Una de las principales consecuencias de esta inequidad, señala Orriols, son los diagnósticos tardíos.

El descenso del estrógeno en la menopausia es una de las causas de que sufran más ictus

A la misma conclusión ha llegado María Teresa Ruiz Cantero, catedrática de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Alicante, después de tres décadas de estudiar la brecha por sexo en la salud. Según la investigadora, las mujeres tardan en promedio más tiempo en ser diagnosticadas de una enfermedad que los hombres. En ocasiones, bastante más.

“Las investigaciones que hemos realizado en España sobre la espondiloartritis [un conjunto de afecciones reumáticas] demuestran que en este colectivo transcurre una media de siete años entre la aparición de los síntomas y el momento en que reciben un diagnóstico de esta enfermedad. En los hombres, cuatro años”, dice la investigadora.

Ruiz Cantero hace referencia también a otros casos: en la diabetes, el retraso diagnóstico de las mujeres en comparación con los hombres es de 4,5 años. En el cáncer, de 2,5 años. Y así, afirma, hasta en 700 enfermedades, como demuestra un importante estudio realizado por la Universidad de Copenhague y publicado en 2019 en la revista Nature Communications, que analizó datos de siete millones de pacientes del sistema de salud danés durante 21 años. “La única excepción que encontraron fue la osteoporosis”, apunta.

La catedrática de la Universidad de Alicante destaca que la existencia de esta brecha de género saltó a la luz por primera vez cuando la revista The New England Journal of Medicine publicó en 1991 un estudio con 80.000 pacientes de los hospitales de Harvard y New Haven afectados por enfermedades coronarias, mostrando que el esfuerzo diagnóstico y terapéutico era significativamente menor en mujeres que en hombres. “Esa publicación fue el punto de partida de los estudios de sesgos de género en la atención sanitaria”, comenta Ruiz Cantero.

La educación, clave

Desde entonces, se ha acumulado mucha evidencia sobre los efectos negativos del androcentrismo en la salud de las mujeres, pero la brecha persiste. “Parte del problema está en la docencia”, sostiene Ruiz Cantero. Si no se incorpora la perspectiva de género en las facultades de medicina, avisa, los médicos van a seguir aplicando el conocimiento antiguo, basado en modelos masculinos. Para ilustrar el problema, recurre al caso del infarto agudo de miocardio, que “en los hombres cursa como en las películas, con dolor precordial e irradiación hacia el brazo izquierdo, mientras que en ellas suele ser más inespecífico. Esto hace que no se sospeche inicialmente, provocando una demora mayor en la atención”.

Arias, de la SEN, pone el foco en la investigación. “Tenemos que reclamar que las mujeres estén adecuadamente representadas en los ensayos preclínicos y clínicos porque no siempre ocurre así”. Esto es clave, mantiene, para poder realizar diagnósticos más precisos y administrar terapias más efectivas. Para incidir en esta cuestión, Ruiz Cantero trae a colación un ensayo que se realizó en 2015 en Estados Unidos para comprobar si el flibanserin, conocido como la “viagra femenina”, producía efecto cruzado con el alcohol. Paradójicamente, el estudio se realizó con 25 sujetos, “de los cuales solo dos eran mujeres”. Esto se debe a varios factores, entre ellos que no se presentan o a que los que realizan el estudio no se esfuerzan por lograr esa equidad.

Un problema más amplio

“La falta de un abordaje de género, la infrarrepresentación y los infradiagnósticos hacen que el sistema sanitario sea muy injusto para las mujeres”, dice Orriols, de Women in Global ­Health, quien asegura que la desigualdad afecta por igual a la red pública y a la privada.

Por el momento, no hay datos globales sobre el impacto económico que esto tiene en las arcas públicas, aunque sí cifras parciales: en un informe sobre la brecha de género en salud emocional publicado en 2023, la asociación ClosinGap calculó que, por sí solas, “la depresión y la ansiedad suponen una pérdida de 18.590,4 millones de euros a la economía española. Del total, el 37%, es decir, 6.872,4 millones, se puede achacar a la brecha de género”.

Orriols hace hincapié en que la inequidad en la salud es parte de un problema más amplio, que no solo afecta a las pacientes, sino también a las profesionales del sector. “La profesión se ha feminizado, y eso hace que esté menos valorada, cuando debería estarlo igual o más. A ellas les pagamos menos, tienen más carga de trabajo, y no pueden progresar en su doble rol. Hay una escasez de mujeres en puestos de liderazgo y las investigadoras ven cortadas sus carreras cuando son madres”. Tareas pendientes, reclama, que España no se puede permitir postergar.

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