Al mercado no le asusta tanto este Frankenstein (por ahora)

El Gobierno Sánchez se ve como una etapa de transición que no desmontará la obra de Rajoy. El PNV, una garantía

Irene Montero y Pablo Iglesias, de Podemos, cuchichean durante el debate de la moción de censura.
Irene Montero y Pablo Iglesias, de Podemos, cuchichean durante el debate de la moción de censura.

Cuando me encontré con ese asombroso poder entre mis manos, dudé mucho tiempo en cuanto a la manera de utilizarlo. A pesar de que tenía la capacidad de infundir vida, el preparar un organismo para recibirla, con las complejidades de nervios, músculos y venas que ello entraña, seguía siendo una labor terriblemente ardua (....). Los materiales con los que de momento contaba apenas sí parecían adecuados para empresa tan difícil, pero tenía la certeza de un éxito final”. Así narra Víctor Frankenstein, en la novela de Mary Shelley que cumple ahora su segundo centenario, cómo empezó a crear, a partir de tejidos de cadáveres, una criatura que resulta tan amenazadora como tierna

El monstruo no da tanto miedo. Este Gobierno, el de Pedro Sánchez, ha sido denominado una y otra vez como Frankenstein. No por la tozudez del nuevo presidente para alcanzar La Moncloa salvando todos los obstáculos, comparable con la del científico protagonista de la novela, sino porque el nuevo Ejecutivo es caricaturizado como un engendro a partir de los injertos de socialistas, Podemos y sus confluencias, independentistas catalanes y nacionalistas vascos, los que han aunado los 180 votos que han derribado por sorpresa a Mariano Rajoy, atrapado en su incapacidad de reaccionar a la corrupción en su partido.

La primera visión del monstruo del doctor Sánchez, decía, no ha desatado pánico alguno en los mercados, tan sensibles como están ahora al riesgo político. A muchos habrá sorprendido que la mañana de la investidura el Ibex estuviera subiendo casi un 2% y la prima de riesgo por debajo de los 100 puntos. En la frenética semana que ha mediado entre la sentencia de Gürtel y el hundimiento de Rajoy, los mercados se movieron mucho, abajo y arriba, pero más pendientes de la crisis política en Italia. Esa sí da miedo porque en Roma se juega el futuro del euro.

¿Esto significa que hay tranquilidad absoluta ante las políticas que puedan imponerse ahora en España? No, de ninguna manera. Un gestor de inversiones que maneja grandes volúmenes de dinero lo explica así: “La lectura del mercado es que esto es una transición a otras elecciones. No hay un programa de gobierno, si lo hubiera lo tendríamos que analizar, pero no lo hay. Si tuviéramos una coalición PSOE-Podemos y cuatro años por delante la situación sería muy distinta”.

En similar sentido se pronuncia un importante banquero, que añade: “La situación de Rajoy era insostenible. Al menos ya se ha roto la cuerda. Este es el primer paso para resolver la inestabilidad”. Se apuesta por un mandato breve, como mucho uno de los dos años que restan de legislatura, y de escasa producción legislativa. En cierto sentido ya veníamos de ahí: desde que el PP quedó en minoría apenas se ha movido nada. El mercado no se ha comportado mal en la parálisis política de los últimos años, dado el viento de cola favorable, el de las reformas pasadas y sobre todo el que sopla el BCE.

Dentro del indiscutible recelo con que el mundo financiero mira a Podemos y a los secesionistas catalanes, hay distintos factores que invitan a mantener la tranquilidad. Primero: la nueva mayoría que ha sacado adelante la moción de censura no va a poder impulsar medidas ambiciosas en el Congreso, ni las temidas contrarreformas de la obra de Rajoy ni la rentas básicas o la creación de nuevos impuestos. Hay incluso quien apuesta porque no verá la luz ninguna ley de cierta enjundia en lo que queda de legislatura, más allá de las obligadas por trasposición de normas europeas. Otra cosa es el poder que da el control del BOE, que tampoco es despreciable.

Segunda píldora calmante: el PNV como factor moderador de una alianza escorada a la izquierda. Dado que los nacionalistas vascos son la bisagra del Congreso, y tienen buena conexión con el empresariado de su tierra, se les ve como una garantía contra cualquier experimento arriesgado en el área económica. Tercera: precisamente gracias al PNV, tenemos nuevos Presupuestos pendientes solo del trámite en el Senado, y no hay perspectiva de que socios tan dispares sean capaces de elaborar unos nuevos para 2019, ni siquiera para 2020 si es que la legislatura durara tanto. “El Presupuesto es el mejor regalo que ha dejado Rajoy”, dice el banquero.

En los grandes despachos, incluso donde más simpatía sienten por Rajoy, quieren que deje paso en el PP

Cuarta: si la gobernabilidad es imposible y se vuelve a las urnas en unos meses, las encuestas permiten esperar una mayoría del centroderecha, bien liderada por un nuevo candidato del PP o por Albert Rivera, y ese es el escenario que más gustaría a quienes mueven el mercado. No caería bien en los despachos más influyentes que Rajoy se empeñe en volver a presentarse, a pesar de que se aplaude su gestión de la economía. Incluso quienes le tienen más simpatía prefieren que deje paso. A Feijóo, por ejemplo.

Ojo: la tranquilidad puede durar mucho o poco según sean los primeros pasos del nuevo Gobierno. Se anuncia un Ejecutivo monocolor socialista, si acaso con algún independiente. El nombre del ministro de Economía se espera con ansiedad. Sánchez se mostró muy prudente durante la moción de censura en el terreno económico. Hizo repetidas apelaciones a su aliado Pablo Iglesias de que tenían que ser humildes, demostrar que pueden gobernar. No dijo nada del nuevo impuesto a la banca, ni de las subidas en Sociedades, ni de que las rentas altas paguen más IRPF. Hace menos de dos meses, en una entrevista, el líder del PSOE nos insistía en esas alzas fiscales que sostendrían un notable gasto público adicional. Claro que entonces denostaba los Presupuestos que ahora asume.

Las propuestas de Sánchez, en todo caso, no son las de un populista, si acaso remiten a una izquierda clásica, y quizás se atemperen cuanto más contacto tome con la realidad. Pero su aliado preferente no puede ser otro que Podemos, a quien los inversores ven con pavor, por mucho que esté matizando sus mensajes anticapitalistas ahora que sus líderes se acercan (legítimamente) al modo de vida burgués.

Asunto aparte es la cuestión territorial. Pueden llegar oportunidades de distensión y también riesgos enormes. Quizás este Gobierno, sin el lastre del 155 ni la imagen intransigente del PP, pueda facilitar el aterrizaje de los impulsores del procés en planteamientos más realistas. El punto de partida es que no caben grandes concesiones del Estado en este terreno, si acaso reformas en sentido federal que llevarían años y exigirán consensos hoy impensables. Pero si, en vez de avanzar hacia la normalización, el independentismo se envalentona e insiste en desafiar la legalidad, el dinero se pondrá nervioso otra vez y Sánchez perderá mucho crédito.

La mala noticia para el nuevo presidente es que vuelve la desconfianza hacia el sur de Europa. Se le vigila de cerca

Otro foco de dudas: este Gobierno no podrá hacer muchas leyes, pero tendrá que emplearse en la gestión diaria de esos Presupuestos que no ha hecho. Cualquier señal de que se relaja el objetivo de déficit público sería muy mal acogida por la deuda y la prima de riesgo. Saldría muy caro.

Ahí, en el control del déficit, se juega buena parte de su suerte el séptimo presidente de la democracia. La mala noticia para él es que Europa y los inversores de todo el mundo vuelven a mirar con desconfianza al sur de Europa. Se ha visto más afectada Italia estos días porque allí se gestaba la extraña coalición de extremistas unidos por el euroescepticismo. Es una gran diferencia con España, donde nadie cuestiona hoy el proyecto de la UE ni su moneda. Pero eso no basta: además hay que cumplir los compromisos con Bruselas.

Muchos analistas y gestores de activos dicen a menudo que prefieren aislarse de los factores políticos porque son muy difíciles de medir; ellos de lo que saben es de las cuentas, los índices, la solidez de los negocios. Desde el brexit y el triunfo de Trump, el mercado convive con el riesgo político y se ha instalado en una fuerte volatilidad. A pesar de que muchos temores asociados al populismo se han contenido (la victoria de Macron sobre Le Pen y la gran coalición alemana fueron un bálsamo para la UE), todavía nos podemos llevar muchos sustos.

Las lecciones de errores pasados tienen que repasarse a menudo. El socialismo no podría permitirse que Sánchez acabara como Zapatero, vapuleado por unos mercados en desbandada. El contexto, por fortuna, no es el que desencadenó la Gran Recesión a partir de 2008. Hoy la economía global crece de forma más o menos sincronizada. Como hay mucha liquidez, después de cualquier corrección de las Bolsas el dinero vuelve a entrar en búsqueda de oportunidades. Ese rebote tras las caídas anteriores explica lo que parecía, el jueves y el viernes, una buena recepción del Gobierno Sánchez. No era tal. El mercado va a estar muy vigilante.

La consigna es esperar y ver. Eso implica cierto impasse. “¿Va a entrar mucho dinero en España en los próximos meses?”, se pregunta el banquero. “No lo creo”. Esta calma es frágil porque la economía española, al estar tan endeudada, es a su vez muy vulnerable. Trátese con cuidado. Cualquier error aquí –o en los países vecinos con los que compartimos destino– podría desencadenar tormentas como las que todavía reaparecen en nuestras peores pesadillas.

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