¿Puertas giratorias o gobierno de mediocres?

El problema no es que Macron haya trabajado en un banco, sino que el mejor talento evite entrar en política

La política ya no representa el bien público?, preguntan al gran pensador George Steiner. Responde: “Lo representaría si la gente importante se dedicara a ello”. Y añade, mirando atrás: “Inglaterra tenía un destino casi único: la élite se dedicaba a la política. Los mejores de cada promoción de Oxford y Cambridge iban al Parlamento, trataban de entrar en el Gobierno –esa era su principal ambición–, había una élite con una formación sólida. Desde hace 30 o 40 años, la gente se parte de risa con esas ideas. Lo que cuenta ahora es la banca y los hedge funds”, dice el filósofo y ensayista a Laure Adler en las conversaciones que recoge Un largo sábado (Siruela).

Si los mejores talentos ya no quieren hacer política, estamos condenados al gobierno de los mediocres. Si, como sostienen algunos, es incompatible haber trabajado en la banca Rothschild, como Emmanuel Macron, y ser presidente de Francia, no nos queda otra que excluir de la vida pública a todo el que haya quedado contaminado por el vil capital. Solo quedarán para el Elíseo, o La Moncloa, los funcionarios y profesores universitarios, mejor si nunca supieron cómo se mueve una empresa privada. O, peor,aparatistas de los partidos que no hicieron otra cosa que trepar.

Si no fuera por la erótica del poder, entre un cargo público y otro privado no hay color: a un ejecutivo la empresa le da más dinero y comodidades, con un grado menor de escrutinio público, para un nivel de presión y responsabilidad similar.

El ensayista George Steiner
El ensayista George Steiner

Pero un amplio sector de la población, identificado con los indignados, insumisos, populistas o como se les quiera llamar, clama contra las puertas giratorias. Dicen que ese trasiego entre empresas privadas y cargos públicos caracteriza a una trama, que antes llamaban casta. Como ese establishment al que azotaba Trump antes de colocar en los puestos clave a gente de Exxon o Goldman Sachs. Curiosamente, las voces que aquí aborrecen las puertas giratorias son más comprensivas con el nepotismo, ese vicio de situar a parientes o parejas en los mejores sillones. Lo que no deja de ser peliagudo: si un alto cargo podría caer en el favoritismo hacia su antigua empresa, ¿no sería mayor la tentación respecto a sus más allegados?

Claro que hay conflictos de intereses en muchas puertas giratorias. Algunos obscenos: el consejero madrileño Manuel Lamela saltó en pocos días de privatizar hospitales a trabajar para sus concesionarias. Claro que hay empresas –públicas y privadas, o privatizadas– que tratan de contentar al poder acogiendo a los que salen de la Administración. Pero no todos los casos son iguales: no se conocen los méritos profesionales de Arsenio Fernández de Mesa, exdirector de la Guardia Civil, para acabar en REE; el currículum de Ana Palacio (tres carreras, ministra de Exteriores, vicepresidenta del Banco Mundial) rebate cualquier crítica a su presencia en Enagás. A Felipe González le afearon sentarse en el consejo de Gas Natural, pero llegó allí 15 años después de haber desalojado La Moncloa. ¿Es que debía haberse retirado a un convento? Y si los altos cargos no pueden fichar por ninguna empresa, pasado el periodo de incompatibilidad fijado en la ley, ¿tendrían que cobrar del Estado de por vida?

No toda puerta giratoria es defendible, pero tampoco es una mancha haber trabajado para un banco. Salvo que la mancha fuera la de un escándalo, que no es el caso de Macron (al que han hackeado muchos gigas de documentos, por ahora sin ponerle en apuros, lo que no todos resistirían).

Esta furia contra la empresa privada se corresponde con esta nueva ideología, o no tan nueva, que demoniza el liberalismo, poniéndole siempre el sufijo neo o ultra. Por eso los insumisos de Mélenchon evitaron apoyar a Macron contra Le Pen, por eso los de Podemos escribieron en la noche del domingo tuits llenos de peros: qué bien que haya perdido el fascismo, pero… qué mal que gobierne un liberal.

Por precisar: si había un ultraliberal, a lo Thatcher, en la carrera presidencial francesa no era Macron, sino Fillon, que bien pudo ganar si no se hubiera sabido que tenía a su esposa en nómina por no hacer nada (el nepotismo otra vez). Ya veremos por dónde va Macron, pero a priori representa ese liberalismo con conciencia social que no tiene nada de ultra, que no pretende desmontar el Estado de bienestar, ese que junto a la socialdemocracia ha construido Europa. Precisamente, uno de los problemas del socialismo, en crisis en casi todas partes, es que su discurso de defensa del Estado protector se lo ha robado el centro y la derecha moderada. Por eso se desgarra la izquierda clásica entre los Macron y los Hamon, entre los que buscan su sitio más al centro o más a la izquierda.

No, no es un apestado quien hizo carrera en el sector privado. El sabio Steiner cree que lo malo es que los profesionales más brillantes eviten implicarse en política. “En Aristóteles, el idiótés es una persona que se queda en su casa y deja que gobiernen los bandidos”, escribe. “Los bandidos ocupan el ágora porque el idiótés quiere mantener su vida privada. Estas cosas no le interesan lo suficiente. Si nos gobierna la mafia es porque no hemos querido entrar en política. Es la gran paradoja de la quiebra de la democracia”.

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