Tras la independencia interruptus, la frustración

El mercado, plácido, sigue sin ver la declaración de independencia de Cataluña.

Pero la tregua de estos días es frágil. Cualquier cosa podría romperla

Independencia de Cataluña
Gestos de decepción entre los concentrados en Barcelona para seguir la declaración de independencia por Puigemont, el pasado martes.

El coitus interruptus era el método anticonceptivo más extendido en la Viena de la segunda mitad del siglo XIX cuando Sigmund Freud identificó esa práctica como una de las causas de lo que llamaba “neurosis de angustia”. “El coitus interruptus es casi siempre perjudicial para quienes lo practican, con la circunstancia de que para la mujer solo es cuando el marido lo realiza sin consideración para ella (…). Cuando, por el contrario, espera el hombre hasta la satisfacción de la mujer, el coito tendrá para esta el valor normal, pero, en cambio, será el hombre el que contraerá la neurosis de angustia”. Por eso, añade, “se hace comprensible que en los matrimonios que practican el coitus interruptus solo enferme, por lo general, uno de los cónyuges” (La neurastenia y la neurosis de angustia, 1895).

Hoy la marcha atrás no es considerada un método fiable para prevenir embarazos (mucho menos las enfermedades de transmisión sexual) y Freud sigue siendo una figura tan controvertida como fascinante, más por su impacto cultural que por su legado científico. Las ideas del austriaco fueron muy influyentes en el surrealismo. Parece surrealista lo vivido esta semana en torno a Cataluña. Pero en medio del esperpento se ha abierto una rendija por la que parece verse algo de luz.

La independencia interruptus no duró ocho segundos, como se ha dicho, sino casi un minuto entre las frases “asumo el mandato del pueblo…” y “proponemos al Parlament que suspenda los efectos…”. En medio hubo ovación en la Cámara y jolgorio en la calle, y después el comprensible anticlímax. Puigdemont hablaba mirando a la prensa extranjera (358 medios acreditados), para que cuenten que la Generalitat quiere dialogar pero el Gobierno central no. El efecto en los enviados especiales fue otro: que la independencia se cayó de las portadas (salvo la de Charlie Hebdo, donde les llamaron tontos). Los antes excitados manifestantes se fueron muy decepcionados a casa. Luego vino la otra pantomima: firmar en una sala un papel que sí es una declaración unilateral de independencia (DUI) como un piano (“Constituimos la República catalana…”), y que tenía otro público: los ansiosos de la ruptura-ya-y-como-sea. No sirvió para levantarles el ánimo.

La pirueta nos evitó entrar en el peor escenario posible. De haberse proclamado la república esa tarde, la noche podría haber sido trágica. Bloomberg había informado (yo diría que se precipitó) que el Gobierno planeaba detener a Puigdemont de inmediato. El artículo 155, en todo caso, habría caído como un mazazo, y quién sabe qué más: estado de alarma, de excepción o de sitio (palabras mayores: eso son los tanques). Y se habría agitado a las multitudes, con la CUP ansiosa de ocupar puertos y aeropuertos, lugares estratégicos donde la Guardia Civil espera con metralletas.

En lugar de esa pesadilla, que todavía no podemos descartar, hemos vivido una cierta desactivación de las movilizaciones, una respuesta muy medida del Gobierno, la imprescindible unidad de los tres partidos constitucionalistas y mensajes conciliadores en favor de un diálogo para el que aún no se dan las condiciones (salvo de forma discreta, claro).

El 155 empieza despacito. Rajoy da todo el puente para que responda Puigdemont, hasta el jueves para que rectifique según lo que diga. Fiel a su estilo, el presidente no sobrerreacciona. Da pasos prudentes de la mano de Pedro Sánchez, y por primera vez se muestra dispuesto a una reforma de la Constitución. Al final el Estado que dicen opresor ha sacado su cara amable pese a la gravedad de la situación (salvo Albert Rivera, el más entusiasta del 155, y decidido a adelantar al PP por la derecha).

La Bolsa entendió al segundo que eso no era una declaración de independencia: los futuros del Ibex subieron en el acto un 2%. Y esta semana han abundado los informes de casas de análisis que no ven grandes riesgos para la economía española, aunque sí para la catalana (lo que restaría del PIB total). Algunos expertos se abonan a la versión de que, pasado el momento de “ahora o nunca”, ya no puede haber secesión. Que el independentismo busca una salida. Ojalá.

Muchos factores habrían bajado los humos al insensato bloque de la DUI: la fuga de empresas y de depósitos, el temor a un corralito, la presión de Europa, la evidencia de una quiebra social. Los mercados entraron el martes en una fase plácida. Los fondos, que acumulan liquidez, estarían listos para volver a Bolsa y deuda españolas en cuanto se aclare el panorama.

Eso sí, las empresas que se han ido de Cataluña no van a volver pronto, como no volvieron a Montreal. Las compañías habían visto demasiado cerca al monstruo de la inseguridad jurídica. Que se quite importancia a este éxodo desde el independentismo es ridículo: cualquier territorio quiere ser sede de grandes empresas, y las necesitaría más aún si planea la independencia, salvo que se aspire a derribar el capitalismo como la CUP. El impuesto de sociedades de esas compañías no lo recaudaba la comunidad, es cierto, porque es de ámbito estatal, pero desde luego ya no podrá estar al alcance de la república naciente. La impecable imagen hacia el mundo de Barcelona como ciudad de negocios ha sido destruida: no va a recuperarse en un plazo razonable.

Los que confían en que esto tiene arreglo quizás se dejen embriagar por el optimismo. Es verdad que, tal y como lo plantea ahora Rajoy, el artículo 155 no suena tan demoledor. La situación puede dar un giro según lo que responda el president el lunes. Sometido a fuerte presión en ambos sentidos, puede decir sí-pero-no o no-pero-sí. Alguna vez tendrá que salir de la ambigüedad permanente. No puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo. Hasta ahora el independentismo ha tenido un mensaje para la gente de orden (empresarios e inversores, por ejemplo) y otro para los aficionados a la revuelta callejera (sus aliados parlamentarios y organizaciones afines). Vale ya.

La sesión del martes fue el colmo de ese doble lenguaje. Después de un discurso victimista y terriblemente populista (no faltó nada: Franco, el bulo de los 16.000 millones, la leyenda negra española), Puigdemont soltó la independencia como de pasada, en una frase subordinada, y la suspendió en otra. Como si él mismo fuera la única fuente de poder (Ekaizer lo llama “bonapartismo puigdemontista”), porque nadie votó nada. El colmo del absurdo fue que dijo: “proponemos que el Parlament suspenda…”, sin dar la opción a que la Cámara considere esa propuesta. Todo indica que había riesgo de deserciones en el bloque soberanista (sobre todo en el PDECat) si se llegaba a la ruptura unilateral; sin duda iba a haberlas (al menos las de la CUP) si lo que se votaba era la suspensión. Artur Mas maniobraba entre bambalinas, Europa lanzaba mensajes contundentes: no lo hagan.

La coalición soberanista parece a punto de saltar en pedazos, y eso puede ser el factor que frene esta dinámica enloquecida y lleve a elecciones autonómicas. Puigdemont debe estar durmiendo mal. Puede pasar a la historia como el líder que declaró la independencia al inaceptable precio de destruir el autogobierno catalán, o como el tipo que prometió el cielo y se arrugó a sus puertas. Su futuro personal es muy oscuro: mientras no haya DUI no se espera su arresto inmediato, pero los tribunales van acumulando material de sobra para condenarlo por delitos graves, como mínimo malversación y prevaricación, como máximo sedición y rebelión. Ese papel de la DUI con su firma no valdrá nada, pero en manos de un fiscal es la pistola humeante.

Solo hay una rendija de luz, que es a la que se agarran los mercados. Si Puigdemont respondiera que no ha declarado la independencia, el Gobierno frenaría la aplicación del 155. Y aún cuando lo aplicara lo haría de forma muy limitada, recuperando ciertas competencias (como actuó de facto Montoro), pero sin anular por completo la autonomía.

Entonces podría encauzarse el problema por el único camino realista: una negociación lenta pero ambiciosa, porque ya incluye expresamente la reforma de la Constitución. El papel protagonista no lo tendría ya la Generalitat, sino los parlamentarios catalanes en el Congreso. Oportunidad para el PDCat, que agoniza dentro de Junts pel Sí pero ahora podría presentarse como la solución, recuperar la centralidad y hacer ver a ese catalanismo pactista que Rajoy dijo echar de menos. En Barcelona, como la legislatura ya está muerta, tarde o temprano tendrán que volver a las urnas, y un nuevo liderazgo, aunque también fuera independentista, abriría nuevas posibilidades.

Esta ventana que apunta una salida a este embrollo es muy frágil. Cualquier cosa, por ejemplo el encarcelamiento de los Jordis (Sánchez y Cuixart, líderes de ANC y Omnium) podría volver a inflamar la calle. La CUP y buena parte de ERC no soportarían la traición a la causa. Los ojos se vuelven a los comuns, que pueden abrirse espacio a costa de los indepes, aunque al precio de que a Podemos se le vea en el resto de España demasiado cerca de los que quieren romperla. Cunde la preocupación en los morados por su futuro al otro lado del Ebro.

El nacionalismo es cosa de élites. El independentismo solo fue masivo cuando los partidos abrieron una subasta de polarización identitaria

Una reflexión necesaria: incluso si los de Puigdemont y Junqueras dieran un giro hacia el realismo, y PP y PSOE les integraran sin rencor en una vía lenta de reforma constitucional, ¿cómo va a contarse eso a las masas enfebrecidas que tocaban la república con la punta de sus dedos? Ese frente, el de la calle, va a seguir embarullado, aunque es posible que la perspectiva de una ruina económica haya desilusionado a amplios sectores respecto a esa independencia que prometía prosperidad.

La alianza entre la pequeña burguesía catalanista y los revolucionarios de raíz anarquista no podía salir bien. El nacionalismo siempre fue un asunto de élites. Nos presentaron el independentismo como un movimiento “de abajo arriba”. Pero nunca es así, como explica muy bien José Álvarez Junco en Dioses útiles. Naciones y nacionalismos (Galaxia Gutenberg). Dice el historiador: “En el caso de los nacionalismos que cuestionan los Estados existentes, hay que estudiar las élites con vocación política, excluidas o relegadas por el sistema de poder actual y decididas a construir (y controlar) un marco distinto”. Las identidades nacionales son “entes construidos culturalmente, manipulables al servicio de fines políticos y perecederos”. Y en esa construcción “se pone el sistema educativo, las subvenciones públicas, las instituciones culturales y los símbolos colectivos al servicio de esa cultura oficial o nacional”.

Los sentimientos nacionales tienen viejas raíces, pero “también son inculcados intencionadamente”, dice Álvarez Junco. Así ha sido durante décadas en Cataluña, cuando gobiernos más o menos nacionalistas impusieron un relato con toda su maquinaria, incluidos los colegios. Si ahora esa gente se vuelve contra sus gobernantes, estos recogerán lo que han sembrado.

Vale, el independentismo no es cosa de ayer. Cataluña cuenta desde hace tiempo con amplios sectores secesionistas, pero ni eran mayoritarios ni, sobre todo, esperaban ver cumplidos sus sueños en el corto plazo. Fueron los dirigentes políticos los que les empujaron a creer no ya que la independencia era posible, sino inevitable, y además estaba a la vuelta de la esquina. El auge del independentismo es el resultado de “una sobrepuja en una subasta de polarización identitaria que fue orillando a los más moderados del nacionalismo”, escriben Ignacio Molina y Juan Rodríguez Teruel en Agenda Pública.

Pese a sus manifiestos errores en la gestión de este problema, no se explica el fenómeno solo en que Rajoy sea “una fábrica de independentistas”, como se repite tan a menudo. Se ha equivocado mucho (cuando combatió el Estatut), pudo hacer mucho más (negociando con Artur Mas), pero se le demoniza porque toda causa necesita un enemigo.

Es verdad que todas las fuerzas políticas que están con el Estado constitucional dimitieron de su obligación de hacer frente, en la batalla de las ideas, al pensamiento nacionalista. Ha habido tal vacío en esa pelea que fue una conmoción escuchar el discurso de Josep Borrell en la manifestación por la unidad de España en Barcelona. Echábamos de menos ese tipo de liderazgo, didáctico y combativo a la vez. Y que en vez de seguir la corriente trata de convencerla. Cuando las masas españolistas coreaban que querían ver a Puigdemont entre rejas, Borrell les riñó: “No gritéis como las turbas del circo romano. A la prisión va sólo quien diga el juez que tiene que ir”. Chapó.

La mejor solución, entonces, sería que los propios nacionalistas echen un jarro de agua fría a su gente y pasen por el aro de la legalidad; que la justicia actué pero a su ritmo (todavía no ha acabado de investigar el 9N de 2014); y que los diputados muestren la misma altura de miras que otros tuvieron en 1978. Demasiados requisitos que se tienen que cumplir a la vez. Esto que parece distensión puede ser solo una tregua antes de la batalla final. Que quizás sirva para restaurar el orden, pero no para resolver el problema.

En los años 60, los pioneros de la sexología Masters y Johnson desaconsejaron el coitus interruptus porque, además de ansiedad, provoca eyaculación precoz. Acabe como acabe lo de Cataluña, va a ser inevitable la frustración. De uno de los dos bandos. O, más probable, de ambos.

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