La derrota de Robin Hood: del populismo a la rebelión de los ricos

Los cambios económicos tensionan la sociedad y exacerban los viejos nacionalismos

Norte y sur se dan la espalda en España como en Europa

referéndum cataluña
Errol Flynn, en una escena de 'The Adventures of Robin Hood', de 1938

España nos roba. Bruselas nos roba, decían los brexiters en Reino Unido. Grecia y los demás países del sur, los pigs, nos roban, escribían los tabloides en Alemania, en Holanda, en Finlandia. Roma ladrona, dice la Liga Norte. Este es el petróleo de Escocia, dijeron en Edimburgo cuando se hallaron importantes reservas en el mar del Norte. Flandes ha ido convirtiendo Bélgica en un Estado mínimo, lo dicen fallido, para no cargar con la pobre Valonia.

Los refugiados y los inmigrantes saturan la sanidad y se llevan las ayudas sociales, proclaman los xenófobos de Alemania, Francia, Hungría, Suecia... México nos envía a sus delincuentes y se lleva las fábricas, dijo Donald Trump, así que construiremos un muro y lo pagarán ellos. Peor aún, para Trump todos los países que tienen superávit comercial les están robando. Los chinos y los indios se están llevando nuestra prosperidad, dicen los que se sienten maltratados por la deslocalización.

Carlos Marx se quedaría muy sorprendido si pudiera ver cómo en el siglo XXI se opina tan extendidamente que los pobres explotan a los ricos. Ya no hay proletariado, sino precariado, y la lucha de clases se da la vuelta. El rico se rebela contra el pobre, al contrario que en la leyenda inglesa de Robin Hood, arquetipo de la búsqueda de la justicia social por métodos heterodoxos. Además, los pobres se enfrentan entre sí: locales contra inmigrados, los de aquí contra los de allí. Pese a lo predicho por el marxismo, los parias de la tierra no aspiran al paraíso socialista, sino que se aferran a la tribu. La tribu, por cierto, que lideran élites locales que también son establishment. Al final, algo tan viejo como la manipulación de las masas para conquistar el poder.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Muchos cambios económicos han confluido para generar inseguridad en el ciudadano común. La decadencia de la clase media, los desgarros que dejó la Gran Crisis, la precarización, que algunos llaman uberización, los minijobs, la globalización, el incierto futuro del Estado del bienestar, el miedo a que nos reemplacen los robots. Es el “síndrome de incertidumbre y de incomprensión” (Bauman) que nos lleva a mirar el futuro “no esperanzados sino asustados”.

Los lazos comunitarios se desatan y la idea de progreso se esfuma. Nuestros hijos no vivirán mejor que nosotros. Se revuelven no los empobrecidos, sino los que temen serlo. También las clases acomodadas, bien porque se sienten amenazadas, bien para llevarse un trozo mayor de la tarta. Se pierde la fe en lo establecido. Las redes sociales se llenan de rabia. Así han surgido movimientos contestatarios de todo tipo: Trump, Le Pen, el brexit, Podemos, la ANC o la CUP. No son todos lo mismo, claro que no, solo responden a las mismas causas (lo admitió Errejón). Todos ellos, eso sí, cuentan con el apoyo gratuito de los ejércitos de trolls y bots que mueve el Kremlin, pero eso no significa que Moscú esté detrás, sino que no pierde ocasión de enredar en Occidente.

Se resquebraja el orden global surgido tras la Segunda Guerra Mundial: la solidaridad (interterritorial, interclasista, intergeneracional) es un valor a la baja. Hay votantes que saltan del socialismo a la ultraderecha, fascistas que dirigen sus discursos a los obreros (como ya se recomienda en el Mein Kampf). Y tenemos territorios con identidad fuerte, las llamadas naciones sin Estado, que quieren sacudirse el poder de los Estados de verdad porque ya se sienten abrigados por la UE, en la que creen que seguirían (saltándose todo procedimiento) o al menos entrarían por la vía rápida. También hay quienes quieren dinamitar directamente la UE, nostálgicos de una gloria del Estado nación, antes imperial, que no volverá. Otros quieren hacer saltar por los aires el capitalismo, eso no es tan nuevo, pero ahora los llamados anticapitalistas pactan con los burgueses para ponerse debajo de la misma bandera.

No sé si somos conscientes de lo que nos jugamos. Venimos de una historia muy sangrienta. Cuando habíamos construido un espacio razonable de modernidad, una Europa en paz y un Estado democrático que ha cedido poder en dos direcciones (la descentralización y la integración en la UE), todo esto se pone en peligro por el romanticismo de la nación mitificada, que idealiza hasta la más oscura Edad Media, una historia reescrita para que encaje con los discursos de hoy. Aparece una insolidaridad descarnada. Mensaje simple: nos roban. Si los impuestos se quedan aquí seremos más ricos.

Nada que no se viva en toda Europa. Los rescates ensancharon la brecha norte-sur: en unos países se indignaban los afectados por los duros ajustes;en los que son contribuyentes netos dolía pagar la factura. Hasta el presidente del Eurogrupo, Jeroen Dijsselbloem, cayó en los tópicos más rancios: “Uno no puede gastarse todo el dinero en copas y mujeres y luego pedir que se le ayude”. En Cataluña se han oído clichés similares sobre la España del sur, esos andaluces que cobran el PER con el dinero de los laboriosos catalanes y pasan el día en el bar.

Desde que se lanzó el procés se ha evitado ese lenguaje, pero abundan las posverdades, perdón, los bulos. Ha sostenido Oriol Junqueras, vicepresidente de la Generalitat, que Cataluña contribuye al Estado con un 24% de los recursos y solo recibe el 9% del gasto. Hasta logró colar ese dato falso en un editorial del New York Times. La realidad no es esa: Cataluña aporta según su PIB (19%) y recibe según su población (16%), que a trazo grueso es lo que le toca. Según ese criterio podría reclamar uno o dos puntos más de gasto en la comunidad, cifras nada escandalosas. Josep Borrell y Joan Llorach ya desmontaron el mito de los 16.000 millones que se quitan cada año a Cataluña.

Es la estrategia de Nigel Farage, el líder de UKIP que, nada más ganar el referéndum del brexit, admitió sin ponerse colorado que era falsa la afirmación de que Reino Unido aportaba a la UE cada semana 350 millones de libras que podrían dedicarse a sanidad. Farage se escudó en que el padre del cálculo era Boris Johnson, hoy ministro de Exteriores, quien sigue repitiendo la mentira.

Brexit
Un autobús con el mensaje del brexit:“Enviamos a la UE 350 millones de libras cada semana. Financiemos la sanidad en su lugar”.

Nuestro papel, el de la prensa responsable, no es dar pábulo a falsedades sino buscar sin descanso la verdad. A lo largo de esta semana, en este diario hemos analizado a fondo, una a una, las raíces económicas del problema catalán. ¿Tienen motivo los catalanes para hablar de expolio fiscal? No. Es más correcto admitir que hay una infrafinanciación de la comunidad, como de la mayoría. No es la única ni la que sale peor parada en el reparto: casi todas las autonomías necesitan más recursos para sostener la sanidad o la educación.

¿Y la queja por los peajes? Comprensible con matices: la Generalitat también apostó por las vías con barreras. ¿Y la falta de inversión en infraestructuras? Depende del año que se tome como referencia (¿con AVE o sin AVE?). Las críticas al diseño radial del tren (toda ruta pasa por Madrid) están justificadas: la necesidad de un corredor entre Barcelona y Valencia, segunda y tercera urbes españolas, y después de ahí al sur, es clamorosa.

¿Son los impuestos en Cataluña los más elevados de España? ¿Se han sufrido más los recortes sociales? Sin duda, sí. La desastrosa situación de las cuentas catalanas viene de muy atrás, de los años en que todavía podían endeudarse, lo que hicieron sin freno antes de tener que conectarse a la respiración asistida del FLA. Ahí había también decisiones políticas. Mientras sea decisivo el voto de la CUP, olvídense de corregir una fiscalidad desmedida contra las rentas bajas.

De los sacrificios de estos años surgió un auge del activismo, que primero parecía volverse contra Mas (y le costó la presidencia) pero luego ha ido apuntando contra Madrid. La sensación de agravio se extiende en una estructura económica de pequeñas y medianas empresas, que sufre el declive de sectores históricos como el textil a favor de los servicios (de ahí también la turismofobia). Se ha medido la estrecha correlación entre la tasa de paro y el apoyo al independentismo en Cataluña en los últimos años. Algunos piensan que según mejore el empleo y suban los salarios podría irse rebajando la tensión política. Pero otro dato hace dudar de ello:el apoyo al independentismo es mayor entre las rentas altas (como también estas votaron el brexit y a Trump).

Un momento: el nacionalismo tiene raíces históricas centenarias y no estamos ante la primera intentona separatista de Cataluña. El fenómeno no puede explicarse solo en los cambios económicos, y es muy anterior a la ola populista. No, no todo es economía. Algunos ingredientes del problema vienen de muy lejos (la incomprensión mutua: el desprecio por la cultura catalana por un lado y el arrinconamiento de la idea de España en el otro); otros son más recientes y tienen que ver con torpezas políticas, el oportunismo y la incapacidad de encauzar este problema por vías razonables.

Por las mismas causas que han hecho emerger el populismo, vivimos la infantilización del debate público. Es la política espectáculo: se lanza el lema que cabe en un tuit y se evitan los discursos complejos. Mejor un debate acalorado (da más rating a las teles) que sereno. Los políticos están pendientes del próximo telediario, no miran más allá de las próximas elecciones, y nadie se preocupa por las próximas generaciones. Sobra tacticismo. ¿Qué dicen las encuestas? ¿Cómo puedo ser trending topic?

El 1-O abre distintos escenarios. El más optimista, que se convoquen elecciones, solo permitiría ganar tiempo

La tensión en torno a Cataluña puede haber dado réditos electorales al nacionalismo y al PP, pero ha atentado contra el interés general. Nos han puesto al borde del precipicio. Aunque no me sitúen en la equidistancia: esto no es un choque de trenes, sino que un tren corre desbocado hacia otro que está parado. La responsabilidad del accidente no se reparte por igual. Uno está en su sitio, en el Estado de derecho, aunque sea lamentable su inacción todo este tiempo, y el otro se ha saltado todas las normas, así que debe volver a su carril.

Este 1-O abre distintos escenarios. Ninguno bueno, alguno catastrófico. Es evidente que no va a celebrarse un referéndum que pueda ser reconocido como tal, y ni siquiera sus resultados merecerán crédito, pero parece difícil que vaya a impedirse por completo la votación. Lo decisivo no es ya saber si va a votar un porcentaje notable de la población o no, ni siquiera hasta qué punto subirá la tensión en la calle. Lo que más preocupa es que, en su huida hacia adelante, el Parlament declare la independencia a las bravas. Recibimos mensajes confusos al respecto, pero tienen una ley que dice que se hará. En ese caso el Estado intervendrá con mucha más contundencia que hasta ahora.

Ya no es tan lejana la posibilidad de ver al president esposado (él parece dispuesto al martirio, a pasar a la historia junto a Companys, a diferencia de su número dos, que aspira a su silla). Podemos ver la autonomía suspendida de verdad, el Parlament disuelto, juicios por rebelión. Frente a esa pesadilla, el escenario más optimista sería el reconocimiento por sus promotores de que el referéndum no es válido en estas condiciones, y la convocatoria inmediata de elecciones en Cataluña. Aun así, solo ganaríamos tiempo. Si el independentismo revalida su mayoría, algo factible si aprovecha la excitación del procés, volvemos a las mismas. Restablecer el Estado de derecho es obligado, pero sale caro. El independentismo se sentirá humillado, crecerá la frustración, tendremos otro 1714 para la colección de agravios. El rencor será duradero. Quizás para generaciones. La imagen española ante el mundo ya se está resintiendo. Los inversores se lo pensarán. El mercado está confiado en que no pasará nada, como antes del brexit. Puede equivocarse.

Hemos llegado tan lejos que va a costar mucho encaminarse a la única salida sensata: un diálogo entre los dos Gobiernos desde premisas realistas. Lo asumible es hablar, por ahora, de competencias y de financiación, más a medio plazo, de reformas constitucionales (que incluyan un guiño a la identidad nacional, pero no pasen por la autodeterminación). Eso requiere dirigentes que, en vez de seguir la corriente o exaltar las peores pasiones, marquen un camino sensato y convenzan a los suyos para ir por ahí. Eso exige liderazgo. Y otros líderazgos.

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