Un cartel de Piolín, en las protestas por las cargas policiales del martes en Barcelona.
Un cartel de Piolín, en las protestas por las cargas policiales del martes en Barcelona.

La independencia no era una fiesta de pijamas

La convivencia es frágil, el sistema bancario también

La fuga de empresas y la violencia despiertan a los ingenuos

Desafiar al Estado no era una fiesta de pijamas. La revolución de las sonrisas ha cambiado a mueca amarga. El bonito cuento de la convivencia ejemplar en Cataluña se ha acabado. Ahora se percibe miedo, furia, tristeza. Las banderas de cada bando ondean en los balcones. La historia nos enseña que no hay frontera que no se haya dibujado con sangre; tampoco va a imponerse el Estado cogiendo claveles. Debió ser divertido ese fin de semana de encierro en los colegios, seguro que allí había sincera ilusión, pero será más prudente no volver a llevar a los niños y a las abuelas a las barricadas. Ya no estamos en la Diada, adonde se va con los chiquillos con las caras pintadas de estelada a ver los castellers. Esto va en serio. No hay revolución sin destrucción. El dinero, que huele el desorden y sale pitando, no estará allí para saludar a la nueva república, no vaya a ser que se estrene con un corralito y nacionalizaciones.

El independentismo empezó esta semana envalentonado por su éxito de imagen del domingo, esas fotos de ancianas ensangrentadas que dieron la vuelta al mundo y desenmascaraban al Estado autoritario y opresor. Luego se dieron cuenta de que nadie se había tragado la farsa del referéndum. Siguen solos. Y el poder económico, que ejerce cada día su derecho a decidir, se desconecta de ellos.

A esta hora, cuando deberían estar a punto de pulsar el botón nuclear, les tiemblan las piernas. Se lo piensan antes de hacer saltar todo en pedazos. Soñaban con pasar a la historia como héroes de la nueva patria, pero ya sienten el aliento del poder del Estado en el cogote. No es fácil encaminarse al martirio. Habían puesto por escrito en una ley (ilegal) que van a proclamar la república en 48 horas, pero no sería la primera vez que incumplen sus propias reglas. Se lo prometieron a su gente, que ahora también siente vértigo. Hasta Mas, que empezó todo esto, admite que no están preparados. Algunos dirigentes quieren enfriar el procés.

Puede estar siendo más eficaz la presión del dinero que la de todos los antidisturbios que desembarcaron del barco de Piolín. Algunos, bien informados, sostienen que el independentismo se agarraría ahora a cualquier salida honrosa, de ahí la súplica de una mediación. Pero no puede dar la vuelta un tren sin cambiar de vía. Esta sigue llevando al precipicio.

Claro que hay miedo. Si existe una remota posibilidad de que Cataluña alcance la independencia (de facto, nunca reconocida), pasaría por una movilización extraordinaria y permanente, como la del Maidán en Kiev o la plaza Tahrir en El Cairo. Miren cómo acabaron esas dos historias: una en guerra civil y la otra en dictadura militar. Hemos vivido eso aquí.

“En esta hora solemne, en nombre del pueblo y del Parlamento, el Gobierno que presido asume todas las facultades del poder en Cataluña y proclama el Estado catalán de la República Federal Española”. El 6 de octubre de 1934, durante una huelga general revolucionaria, la solemne declaración de Lluís Companys desde el balcón de la plaza de Sant Jaume desembocó en el estado de guerra, ataques de artillería, decenas de muertos, encarcelamientos en buques militares y la suspensión de la Generalitat, que no recuperó sus competencias hasta 1936. Fue uno de los movimientos que desestabilizaron la República y alentaron la sangrienta sublevación militar posterior. No estamos en los años treinta, en que campaban los totalitarismos. Pero encendemos el mismo fuego.

Lluís Companys, segundo por la izquierda, entre los dirigentes de la Generalitat de Cataluña encerrados en la cárcel Modelo de Madrid tras los sucesos del 6 de octubre de 1934.
Lluís Companys, segundo por la izquierda, entre los dirigentes de la Generalitat de Cataluña encerrados en la cárcel Modelo de Madrid tras los sucesos del 6 de octubre de 1934.

Otra vez el mercado estaba ciego, como antes del brexit o de la victoria de Trump. Vivimos tiempos de riesgos políticos extendidos que para la gente de números son difíciles de medir, así que los operadores del mercado tienden a ignorarlos y fijarse solo en lo suyo: los márgenes de las empresas, su endeudamiento, los tipos de interés. Hasta que la crisis es tan evidente que la realidad les da un sopapo. Entonces se disparan los nervios como si hubiera caído un meteorito inesperado. Y aparece la volatilidad de estos días: bajones y subidones, según las intuiciones de cada hora. La prima de riesgo no sube más porque la están sujetando los bancos, el BCE y los privados. Más nos vale haber resuelto este asunto cuando Draghi o quien le releve ponga fin a las narcóticas compras de deuda.

El mundo económico reacciona tarde, porque esto se veía venir hace años. Tal y como está pasando se había puesto por escrito hace un mes. Incluso después de eso se pensó que no había nada que temer. No calibraron el coste que tendrá restablecer el orden constitucional, si es que se restablece, en términos de seguridad jurídica, estabilidad política y certidumbre económica.

Antes que la Bolsa, que estaba a sus cosas, las empresas sí se daban cuenta de lo que se avecinaba pero elegían un perfil bajo. Los primeros en salir, claro, los bancos. Sabemos que un banco es una institución muy delicada. Frágil. Si cunde la desconfianza, si se ven atrapados en el caos, puede desatarse la espiral destructora: retiradas masivas, crisis de liquidez, rescate o muerte. Un banco puede arrastrar en su desplome a todo el país, como tenemos muy fresco en la memoria por ese horrible año 2012. Han esperado hasta el fin, porque temían significarse. Sabadell se marcha a Alicante, CaixaBank a Valencia. Las entidades actúan como se espera de ellas: lo primero es salvar el dinero de sus clientes, y lo segundo responder a sus accionistas, en su mayoría fondos internacionales que no quieren ni medio problema.

Después de los bancos han hecho las maletas muchas otras empresas, sobre todo las que tienen la mayor parte de su negocio fuera. Los exportadores no se pueden permitir quedar detrás de una nueva frontera. Nadie quiere operar entre la agitación permanente. No cabe exponerse a los requerimientos de la Hacienda catalana. No podrían descartarse expropiaciones (Aena no puede llevarse El Prat, señalado por la CUP). El Gobierno central ha marcado el camino de salida con esa reforma para que los consejos decidan sin convocar una junta. Ahora el temor por la imagen se invierte: se significa la compañía que no se vaya. Y se pone en la diana de las agencias de calificación.

En la calle vivimos una extraña tregua, un impasse después de jornadas de altísima tensión. Las imágenes son poderosas. Tuvimos un día de detenciones y redadas con manifestantes subidos al coche de la Guardia Civil (la Operación Anubis, dios de la muerte, ¿quién pondrá esos nombres?). Y el domingo de marras tuvimos a la Policía y la Guardia Civil metidos en una trampa, porque los Mossos les dejaron solos en territorio hostil. No cargaban contra los votantes, esto hay que recordarlo, sino contra quienes les bloqueaban el paso. Pero se les fue la mano, eso debió entenderlo alguien que en la tarde del domingo renunció a mantener la pelea, incluso a requisar las urnas llenas. El delegado del Gobierno en Cataluña ha pedido las disculpas que se han evitado pronunciar en Madrid.

En fin, ha habido episodios lamentables, pero ¿una “violencia sin precedentes”, como dice Puigdemont? Como si esta hubiera sido la primera intervención de los antidisturbios desde la muerte de Franco. No hace tanto que los Mossos sacudieron a los indignados del 15M en la plaza de Cataluña (cien heridos). Ha habido incidentes así en huelgas generales, conflictos laborales (cubriendo una revuelta minera en Asturias me llevé unos cuantos porrazos, gajes del oficio), manifestaciones estudiantiles, ultras que la montan en Cibeles, ni digamos ya en los años de la kale borroka.

A los de Puigdemont les convenía sobreactuar con la violencia del Estado. Si los resultados del referéndum no se los puede creer nadie (y menos con resultados a la búlgara del 90% a favor), las cifras de heridos (más de 800) tampoco son muy fiables cuando solo cuatro fueron hospitalizados. En cuanto ha pasado un poco la conmoción por las fotos, los editoriales de los diarios internacionales han vuelto a alejarse del procés. “Gana Rusia”, era la conclusión del Washington Post. The Economist habla de la “calamidad” de una secesión. Financial Times cree que hay una mayoría silenciosa del no. Tampoco aplauden a Rajoy, cierto, y alguno sugiere un referéndum pactado como el escocés. Nadie piensa que el 1-O se votó de verdad.

Les convenía sobreactuar ante la violencia policial. Ya no buscan la legitimidad en un referéndum increíble, sino en la violencia sufrida, como en Kosovo

Como el referéndum no lo avalan ni siquiera los observadores (no neutrales, fichados por la Generalitat), el separatismo pretende legitimarse no en la voluntad popular, sino en la violación de los derechos humanos por el Estado español. Esa es la vía por la que Kosovo pudo separarse de Serbia. Pero los serbios estaban masacrando a los kosovares, no se llegó a eso por los golpes repartidos en una mañana desgraciada. Nada menos que 400 profesores de Derecho Internacional (de unos 550) firman un manifiesto en que recuerdan los únicos supuestos reconocidos para la autodeterminación: situación colonial o de ocupación (el Sáhara, Palestina, nada que ver) o comunidades territoriales que sufran persecución y “violaciones generalizadas de los derechos fundamentales”. De ahí el relato victimista.

Los caminos pacíficos a la independencia son raros. Ha habido más Yugoslavias que Escocias. Se cita a Quebec, uno de los pocos casos en que hay un procedimiento previsto para la ruptura. La verdad es que la Ley de Claridad de Canadá impone unas condiciones tan leoninas para la independencia que ha frenado en seco al nacionalismo. No se reconoce el “derecho a decidir”, se exige una mayoría muy cualificada para empezar a negociar y, atención, no se garantiza la integridad territorial de la provincia que se va.

Cataluña se está despertando del loco sueño de que bastaba con votar y declarar la independencia, y eso ya sería efectivo de inmediato, el Estado se retiraría y la UE abriría los brazos. La convivencia de que tanto presumía la comunidad, con su modelo de asimilación lingüística y su sociedad multicultural, está hecha añicos. Sabemos de las tensiones por esto en los pueblos, las familias, las pandas de amigos. Es violento también el acoso a policías y guardias civiles (como en la Euskadi más negra), los casos de humillación de niños en el colegio, los piquetes de una extraña huelga convocada desde las instituciones, la furia contra los periodistas. Insultan a la cineasta Isabel Coixet cuando saca a pasear el perro, le hacen saber que no hay sitio para gente como ella allí.

Si la rabia contra el Estado en Cataluña fortalece a los partidos del Govern, en el resto de España resurge el orgullo de lo español, lo que claramente beneficia al PP (quedan en muy segundo plano las corrupciones que salpicaron a ambos). Las banderas en los balcones no son un fenómeno madrileño, ni se circunscribe a esa caricaturizada derecha centralista nostálgica del franquismo, que existe pero es minoritaria. Buena parte de los que se creen españoles (las naciones son siempre subjetivas) se sienten agredidos por el discurso del procés. Nos quieren hacer extranjeros, nos tachan de fascistas.

La subida de la fiebre nacionalista, española o catalana, deja en situación incómoda a los tibios. El PSOE parece enredado en sus contradicciones, ni con unos ni con otros, el mismo día apoya a Rajoy y reprueba a Santamaría. Curiosamente, habla más claro Iceta que la gente de Sánchez (el líder está mudo). Si llega el 155 no van a tener más remedio que tomar partido con claridad. Parece más astuto el movimiento de los comunes de Ada Colau, que aspira a pescar en el caladero nacionalista. Pero la declaración unilateral de independencia dejaría en ridículo a quienes, como ella, participaron en el referéndum porque lo consideraban una “movilización” contra Rajoy. Colau dijo que esta vez votaría en blanco o nulo (y en 2014 votó sí-sí, es decir, cualquier cosa menos el no a la independencia). Ahora se echa las manos a la cabeza por la DUI, y eso que los convocantes del 1-O habían dejado escrito que era vinculante y se aplicaría en 48 horas. En todo caso, ese conglomerado confuso que es Catalunya Sí Que Es Pot puede jugar un papel clave: son los únicos que podrían tirar un salvavidas a Puigemont y Junqueras si quisieran dar marcha atrás, porque en ese giro nunca les acompañaría la CUP. 

Los optimistas se aferran a la posibilidad de que en la semana que entra tampoco se proclame la independencia, o no del todo, o se haga en diferido. Ir ganando tiempo para que se calmen los ánimos. Pero los puentes están rotos: las últimas líneas rojas se traspasaron los días 6 y 7 de septiembre, en aquellas infames sesiones parlamentarias que aprobaron las nuevas leyes supremas con medio hemiciclo vacío. No hay atisbo de diálogo sin que renuncien a eso primero. Y entonces estarían traicionando a los suyos.

Es una pena: si el Govern estuviera dispuesto a reconocer que no puede llegar a la independencia y abandonara la rebeldía a la ley, solo en ese caso, podría llegar a una negociación en una posición de fuerza para lograr, si son pacientes, las mayores concesiones hechas nunca a Cataluña, no ya en una España federal, sino casi confederal. Los líderes de la Generalitat seguramente no se librarían de las condenas que les esperan, pero habrían hecho un servicio a su país mucho mejor que abocarnos a la confrontación.

Eso sí sería una puerta abierta como la que Puigdemont dejaba ver a su espalda en su mensaje televisado. Nos tememos que elija seguir los pasos de Companys.

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