Las ideas que dieron origen al caos catalán

Aprovechando la crisis, se prometió una independencia con más empleo y mejores servicios sociales

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Uno de los manifestantes durante la concentración convocada este martes en Barcelona en apoyo a la declaración unilateral de independencia de Cataluña. EFE

En la Teoría General, John Keynes sentenció que los hombres prácticos que se creen exentos de cualquier influencia intelectual son cautivos de algún economista difunto. En el proceso de construcción nacional, Jordi Pujol, Artur Mas, Oriol Junqueras y Carles Puigdemont construyeron un relato de la supremacía catalana sobre el resto de España. Aprovechando la Gran Recesión, igual que sucedió en 1871 y en 1934, prometieron a los catalanes que tras la independencia aumentaría el empleo, mejorarían su nivel de vida y tendrían mejores sanidad, pensiones y su educación.

Todo esto fue apoyado por un grupo de economistas denominado Wilson de prestigiosas universidades en Estados Unidos, con modelos teóricos que apoyaban el relato de los políticos independentistas. Cataluña era clave para España y para Europa y los políticos españoles y europeos pactarían una independencia ordenada. Las agencias de rating sabrían valorar los beneficios de la independencia y Cataluña tendría un rating AA, como Estados Unidos. Los catalanes seguirían siendo ciudadanos de pleno derecho, los bancos catalanes accederían con normalidad al euro y las empresas elegirían Cataluña como destino de sus inversiones.

La economía es una ciencia social y empírica. En la universidad, enseñamos a los jóvenes economistas a usar modelos teóricos para intentar explicar una realidad extremadamente compleja. Pero también les enseñamos técnicas de medición para contrastar la teoría con la realidad. Yo además tuve la suerte de que mis maestros me enseñaran ética y humildad y cuando la realidad refuta un modelo, tirarlo a la basura y cambiarlo. Esa misma ética enseño ahora a mis alumnos.

Tan solo el anuncio de la declaración de independencia ha acabado con el relato y el modelo teórico de la independencia. Las agencias de rating tienen a la Generalitat en bono basura próximo a Grecia y la han puesto en revisión para bajárselo aún más la pasada semana. Si se desconectan de España, se desconectan de Europa y del euro y estarían en una situación similar a la que provocó Syriza en Grecia en 2015. La Generalitat evitó el impago de la deuda y una crisis más intensa de la que han sufrido en 2010 gracias al rescate del Gobierno de España. Si dejan de recibir esa financiación, no podrán hacer pago a sus deudas y por eso les bajan el rating.

Ese temor es el mismo que tuvieron los inversores internacionales que la pasada semana vendieron masivamente acciones de los bancos catalanes. Esa caída activó una fuga de depósitos que ha forzado a dos bancos centenarios a cambiar su sede a Valencia y Alicante. Las entidades explícitamente han dicho que cambian su sede por la situación política y social que hay en Cataluña. Tras el cambio, las agencias de rating lo han valorado positivamente.

Al mismo tiempo, decenas de grandes empresas huyen en estampida de Cataluña. Nueva York, Shanghái o Londres tienen la mayor renta por habitante del mundo y no tienen industria. Las tres ciudades son la sede de grandes empresas donde se concentran los mejores empleos del mundo y los mejores salarios. Los independentistas han destruido el efecto sede y eso implica menos empleo, peores empleos y peores salarios en el futuro. La marca Cataluña ha sufrido por culpa de estos inconscientes un grave daño en su reputación. Barcelona, junto con Madrid, ocupaba las primeras plazas del ranking europeo de ciudades innovadoras. Hoy, Barcelona proyecta la imagen de caos e inestabilidad de donde las empresas y los bancos huyen en estampida. La reputación se pierde en una semana pero tardas años en recuperarla.

Andreu Mas-Colell, Pol Antras, Jordi Gali y muchos economistas del grupo Wilson, que alimentaron de argumentos a los políticos independentistas, se han desconectado de este caos. Pero por ética deberían salir y advertir a los ciudadanos catalanes que creyeron en ellos que sus modelos teóricos han fallado y que hay que parar esta locura.

Otros, como Xavier Sala, que anticipó explícitamente que los bancos no se irían en 2015, la pasada semana seguía inasequible al desaliento defendiendo que la independencia era la única solución y minimizando los efectos que ha provocado el tsunami de estos días. Xavier ha pasado de publicar libros editados por FAES y prologados por Esperanza Aguirre a ser el Varoufakis catalán que, junto a la CUP, quiere llevar a los ciudadanos catalanes al precipicio y provocar otra crisis del euro que ponga en riesgo la recuperación del empleo que ha conseguido Mario Draghi con sus compras de deuda.

Como vengo anticipando en mi blog y en este periódico desde hace años, no habrá independencia. Tras la pasada semana, buena parte de los ciudadanos que apoyan el independentismo también comienzan a asumirlo. En estas circunstancia, lo lógico sería convocar elecciones, hacer una campaña con pedagogía sobre los efectos negativos para los trabajadores catalanes de la independencia, que los partidos recuperen los consensos de 1978 y volvamos a construir un proyecto común de progreso en la era de la tecnología global.

El problema es que Puigdemont ha arrancado el volante, lo ha tirado por la ventana y dirige a millones de catalanes a toda velocidad al precipicio. La incertidumbre es máxima y hasta que renuncien a la independencia y retornen a la Constitución y al Tratado Europeo, como exigió el Rey la pasada semana, no volverá el orden. Pero no olvidemos la sentencia de Keynes, el problema no es solo Puigdemont, el verdadero poder son las ideas que la realidad ha refutado que han provocado esta paranoia.

 José Carlos Díez es profesor de Economía de la Universidad de Alcalá.

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