Por qué salvar a las abejas es importante para la economía mundial

La pérdida de polinizadores haría caer la producción global entre un 2,3% y un 10%

La interdependencia entre el medio rural y la actividad económica obliga a acelerar la transición ecológica

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Salvar a las abejas para evitar la pérdida de 577.000 millones de dólares en cultivos. Esa es una de las pruebas de cómo la pérdida de biodiversidad compromete cada vez más los resultados de las empresas e inversiones alrededor del mundo.

“La biodiversidad merece protección por lo que es en sí misma, pero también por su importancia para nuestra economía y bienestar”, afirma Beatrice Crona, académica del Centro para la Resiliencia de la Universidad de Estocolmo, quien participó recientemente en un encuentro virtual organizado por la firma de asesoría financiera y de inversión Pictet Asset Management.

El deterioro de la biodiversidad pone en peligro a todos los sectores, desde la agricultura hasta la energía nuclear

Para la investigadora, el ejemplo más palpable es el de la selva amazónica. Ese entorno se caracteriza por albergar una gran variedad de especies animales y vegetales que reducen el carbono, al mismo tiempo que su propia respiración genera el 50% de las lluvias que necesita para preservarse, indica Crona.

Sin embargo, la tala indiscriminada que sufre la Amazonia, en parte motivada por la actividad agrícola, conlleva una importante pérdida de biodiversidad y una reacción en cadena que hace que las sequías se multipliquen. “Está perdiendo capacidad de reciclar humedad, derivando en un ecosistema completamente diferente: la sabana, más seco y con mucha menos biodiversidad, que se quema con más frecuencia y almacena menos carbono”, apunta Crona.

Por qué salvar a las abejas es importante para la economía mundial

Póliza de seguro natural

Pero no solo se trata de los bosques tropicales. Una práctica común también es la reforestación de amplias zonas de terreno con la misma especie de árbol, como el pino. A veces, las características de estos tipos de árboles, que como el pino son altamente inflamables, puede favorecer que se produzcan incendios como los que hemos visto este verano en toda Europa. Por eso, Crona incide en que se debe apostar por cultivos diversos que creen espacios resilientes que sirvan como una “póliza de seguros natural” para el medio y, por tanto, también para el aprovechamiento que las personas podemos sacar de él.

Para poner en valor todos estos servicios naturales, Gabriel Micheli, gestor de inversiones de Pictet, cita un estudio del Boston Consulting Group, según el cual alrededor de 150.000 millones de dólares en inversiones dependen directamente de la naturaleza, el doble del PIB global. El informe estima también que la pérdida de polinizadores podría suponer una bajada del 2,3% de la producción mundial de bienes, que en algunos de los países podría llegar incluso hasta el 10%.

Para Fernando Rodríguez, profesor de Economía Aplicada de la Universidad de Salamanca, la clave más importante pasa por señalar la interdependencia naturaleza-inversiones. “Todos los sistemas de producción dependen en mayor o menor medida del medio natural, por lo que el deterioro ambiental podría terminar afectando a todas las empresas”, sostiene.

La subida de las aguas

El profesor pone de ejemplo el impacto que puede tener la subida del nivel del mar para la industria turística, o para la agricultura la pérdida de lluvias debido a la deforestación de pulmones verdes como la Amazonia, ya que sus efectos no repercuten solo en el ámbito local, sino en muchas zonas del planeta.

Esa falta de agua podría afectar incluso a las centrales nucleares, cuyos reactores precisan de agua para refrigerarse, agrega por su parte Micheli, de Pictet. El valor de los ecosistemas, abunda Rodríguez, se mide en los bienes directos que proporcionan, como los alimentos, pero también en todos los procesos “reguladores” que mantienen su producción. “Esos procesos controlan la erosión del suelo, el filtrado natural de gases de las plantas, la polinización que hacen algunos insectos o el control biológico que llevan a cabo determinados hongos”, explica el profesor.

Incendio en una zona deforestada de la Amazonia brasileña.
Incendio en una zona deforestada de la Amazonia brasileña.

Micheli advierte de que se necesita conseguir un “impacto en la cadena de valor”, que vaya de la mano de la ciencia, en estos tiempos en los que la conciencia empresarial aún va “por detrás de la conciencia de los consumidores”. “Necesitamos que los científicos nos orienten, con el tiempo tendremos prototipos y cálculos que nos llevarán a una valoración final. De momento, tenemos una idea relativamente buena de qué sectores intensivos en recursos causan más daños a la biodiversidad y cuáles menos”, afirma el experto de Pictet.

En este punto también coincide Steve Freedman, director de investigación en sostenibilidad de Pictet, que ahonda en la necesidad de trabajar con un enfoque “multidisciplinar”. “El clima es un fenómeno relativamente simple de entender, mientras que la biodiversidad abarca múltiples factores. En contacto con la comunidad científica podremos ser más rápidos en incluir la biodiversidad a los procesos de inversión”, asevera.

Crona, como investigadora, reivindica ese papel científico ya que, según señala, la comunidad científica no ha sido aún incluida como se merece en el debate. Aunque sí reconoce cambios en las estrategias de los negocios que van calando poco a poco.

Colaboración público-privada

Puente. La Fundación General CSIC, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, se encarga desde 2008 de tender puentes entre los avances científicos y las empresas que apuestan por nuevas maneras de producir en España, con el objetivo final de reducir el impacto de su actividad en el medio ambiente y la biodiversidad. Su director de innovación, Jorge Cabero, insiste en que la “colaboración público-privada” es fundamental. “Somos un nexo entre la investigación y las empresas para desarrollar co­labo­ra­ciones y proyectos de futuro”, expone Cabero.

ComFuturo. Uno de los programas de colaboración es ­ComFuturo, que se encarga desde 2014 de prestar asesoramiento y apoyo a la cooperación entre distintas entidades, y ya da sus frutos. Destaca, por ejemplo, un proyecto desarrollado junto a Cepsa, comandado por la investigadora Ana Belén Dongil, que lleva por nombre GrafCO2.

Captura de car­bono. Esta iniciativa, el GrafCO2, ha conseguido capturar el CO2 resultante de la producción de cemento o acero y transformarlo en metanol, un líquido que luego puede ser reutilizado como combustible o material de partida para obtener plásticos.

Comte. Otros proyectos similares de la fundación se adhieren a otro de su programa, el Comte. Siguiendo las mismas pautas, esta iniciativa ha dado pie a proyectos que fomentan la producción de materiales de alta calidad relacionados con la nutrición, la cosmética, los biofertilizantes, la electrónica, la biomedicina o nuevos embalajes especiales.

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