Tribuna

El crudo y la cumbre del clima

En el estreno de 2016 se ha acentuado la volatilidad en el mercado del petróleo y el precio del barril marca estos días sus mínimos de los últimos años. La caída de la demanda por la ralentización de la economía china preocupa a los inversores.

Además, la crisis diplomática entre Arabia Saudí e Irán ha renovado el temor a dificultades temporales en el suministro de crudo derivadas del conflicto. Aunque las diferencias religiosas son el factor más relevante en su rivalidad, también el esperado aumento de la oferta de petróleo por parte de ambos países parece ser uno de los motivos de hostilidad entre ellos.

Por un lado, en los primeros meses del año Irán comenzará a elevar su producción. Tras el levantamiento de las sanciones a la exportación de petróleo, tratará de recuperar su posición como segundo mayor productor de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) aportando a la oferta mundial entre medio millón y un millón de barriles al día.

Por otro lado, parece que el país líder de la OPEP, Arabia Saudí, continuará intensificando su bombeo defendiendo su cuota de mercado. Aunque la eficacia de esta estrategia para presionar a los productores alternativos, como el fracking, sea cuestionable. Esta mayor extracción esperada de los yacimientos petrolíferos de ambos países es relevante en la inestabilidad reciente del precio del Brent.

Y considerarla a la luz de lo tratado en la cumbre del clima me parece oportuno. En el acuerdo de París firmado por representantes de 195 países reunidos entre los pasados 30 de noviembre y 11 de diciembre no se incluyó finalmente ninguna referencia a dejar los combustibles fósiles sin extraer del subsuelo, como aconsejan hacer los entendidos para evitar ahondar en el cambio climático. En lugar de tender hacia una sustitución completa de esas fuentes de energía, que hoy no parece asumible, se pretende que las emisiones netas tiendan a ser cero. Se podrá seguir emitiendo carbono a la atmósfera si se equilibra gradualmente con tecnologías de captura y secuestro de los gases, bien por medios biológicos bien mediante procesos físicos y químicos. Semejante reto debe ser liderado por las economías desarrolladas, pero los países en vías de desarrollo son animados a intensificar sus esfuerzos para conseguirlo. Es de vital importancia que así sea.

Ya en 1997, el Protocolo de Kioto dirigía sus esfuerzos a conseguir la reducción de gases de efecto invernadero, principalmente de dióxido de carbono, cuya concentración en la atmósfera ha aumentado más de un 40% con respecto al nivel anterior a la Revolución Industrial. Pero Kioto entró en vigor en 2005 vinculando solo a 37 Estados responsables del 12% de las emisiones mundiales. En la firma se quedaron fuera las principales potencias emisoras, entre ellas, EE UU y China. Sus logros, tras diez años de aplicación, han sido relevantes, pero no suficientes para evitar que las emisiones globales hayan seguido creciendo.

Los científicos sostienen que si continuamos con el ritmo de emisión de gases, sin tomar medidas de mitigación, la temperatura media del planeta en 2100 será entre 3,7 y 4,8 grados centígrados más alta, y cada vez serán más frecuentes los fenómenos climáticos extremos. Por fin, el pasado diciembre, en la vigésima primera Conferencia de las Partes (COP21) se logró el primer acuerdo global para intentar frenar el cambio climático.

El acuerdo de París ha sido un éxito no solo por el reconocimiento de que el cambio climático es una seria amenaza para la Tierra, sino porque ha fijado el objetivo de limitar el aumento de la temperatura a 1,5o C por encima de los niveles preindustriales. Para no superar dicho límite se requiere lograr un equilibrio entre las emisiones originadas por el hombre y su absorción en la segunda mitad del siglo.

Con el fin de mitigar estas emisiones y que los Estados más vulnerables puedan adaptarse al cambio climático, los países desarrollados deben contribuir con 100.000 millones de dólares por año. Dicha magnitud queda ensombrecida si se compara con los 548.000 millones que todavía en 2013 se destinaron a subvencionar el consumo de combustibles fósiles en el mundo, según la Agencia Internacional de la Energía. La aportación financiera se revisará en 2025 pero ya hoy parece insuficiente.

 Anabel Laín Aliaga. Ibercaja Gestión