Tribuna

La trampa de la estabilidad

Conseguir un empleo simplemente estable es lo mejor y lo peor que le puede suceder a un joven, sobre todo si tiene educación superior. Porque quizás le proporcione la seguridad que necesita, pero, ¿es eso todo a lo que la generación más preparada de la historia aspira?

Rebajar las expectativas y conformarse con un puesto solo por los ingresos y por un contrato indefinido encierra peligros que solo se descubren varios años después. Es cierto que la situación actual, tras los estragos de la reciente crisis económica, no está como para exigir mucho: en España hay un 15% de desempleo entre los licenciados, una de las tasas más altas de la Unión Europea, y más de un 25% de los trabajos son temporales (según la oficina estadística comunitaria Eurostat), lo que genera un dualismo en el mercado laboral entre los empleados estables, con mejores puestos y prestaciones, y los demás, relegados a tareas de menor responsabilidad y sujetos a condiciones precarias. Son continuas las noticias en la prensa internacional sobre españoles en el paro que aceptarían cualquier cosa mientras les garantice un sueldo cada mes. En otros países desarrollados el panorama tampoco es alentador: en los Estados Unidos, donde resido desde hace varios años, el desempleo entre los que poseen una titulación es de un 8,6% (tres puntos por encima del de 2007), y en los últimos años han proliferado los contratos de consultores, empleados a tiempo parcial y por horas. A pesar de todo ello, antes de aceptar un trabajo que ofrezca cierta estabilidad, hay que preguntarse si se adecúa a nuestra preparación académica y profesional, si ofrece posibilidades de ascenso y si la retribución y prestaciones son realmente justas.

Asumir un trabajo para el que estamos excesivamente cualificados o que no está relacionado con nuestra formación solo sustituye la frustración económica por la profesional. Claro que la segunda no es tan acuciante, pero, ¿es la única salida? Y, ¿queremos verdaderamente trabajar diez, veinte años en esa empresa, en cualquier empresa? Preguntémonos si no conviene ser más estratégico y tratar de redirigir nuestros esfuerzos a hallar un puesto más acorde con nuestras ambiciones o a crear nuestro propio negocio. Ser más estratégico significa, por ejemplo, analizar los sectores laborales que están progresando, descubrir cómo puede ser de utilidad nuestra experiencia en alguno de esos ámbitos, y qué habilidad nos hace destacar especialmente entre los demás. Ser estratégico significa dejar de mandar currículos a cualquier dirección virtual y averiguar con quién debemos entrevistarnos personalmente y quién toma las decisiones de contratación.

Hay que tener en cuenta, además, que en ocasiones el trabajo estable no proporciona más que eso, una remuneración constante, pero no suficiente como para abordar proyectos futuros. El salario más frecuente en España es de 1.500 euros mensuales, como apunta el Instituto Nacional de Estadística, y los hogares ahorran solo un 10% de sus ingresos netos, debido en buena medida al precio desproporcionado de la vivienda. En los Estados Unidos cerca de la mitad de los ciudadanos percibe unos ingresos inferiores a los 2.000 dólares (unos 1.500 euros), y como los sueldos no ascienden en proporción al coste de la vida los hogares solo ahorran un 4% de sus ingresos, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos.

Lo peor de buscar la estabilidad, no obstante, no es que puedas terminar encontrando un trabajo que no te realiza por un sueldo que apenas te permite avanzar. Lo más preocupante es que esa situación se suele prolongar, porque, debido al cansancio laboral y al estrés por manejar las finanzas, las energías para cambiar el estado de las cosas disminuyen.

Un reconocido economista de la Universidad de Harvard, Sendhil Mullainathan, sostiene que existen tres tipos de pobreza: de dinero, de tiempo y de "ancho de banda" (bandwidth). Esta tercera, poco investigada hasta el momento, se refiere a la escasez de atención que se deriva de la falta de dinero y de tiempo. La escasez de atención impide a la gente centrarse en metas a medio y largo plazo porque solo tiene recursos cognitivos para resolver los problemas del aquí y ahora. Y cuanto más se posterga la solución, más obligaciones se acumulan, y más difícil es salir de ello. Es como tener un préstamo del que cada mes se abona solo la cuantía mínima. El razonamiento del profesor estadounidense se podría aplicar al contexto laboral: tu profesión actual te puede restar tiempo, aptitudes y empeño para hallar una mejor, te ancla en el presente y te hipoteca el futuro.

La estabilidad se ha convertido en un objetivo tan codiciado que a veces nos tiende una trampa, pues estamos dispuestos a sacrificar nuestros ideales por ella. A firmar un contrato indefinido para un trabajo que no queremos. A ahorrar aunque el resultado no nos lleve muy lejos. Y a terminar, simplemente, sobreviviendo.

Lidia Lozano González es doctora summa cum laude en Filología y antigua profesora en la Universidad de Princeton.