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La crisis del euro solo está dormida

Puede que los responsables políticos de la zona euro crean que pueden permitirse el lujo de relajarse este verano. Sería un terrible error. La crisis del euro está dormida, no muerta. La región sufre de estancamiento, baja inflación, desempleo y la deuda. La crisis podría fácilmente levantar la cabeza ya que la zona euro no está en buenas condiciones para soportar un choque.

Además, no es difícil ver desde dónde podría venir tal golpe. Las relaciones con Rusia se han deteriorado rápidamente tras el derribo del vuelo Malaysia Airlines sobre Ucrania.

La zona euro tiene que tomar medidas para asegurarse ante los desastres. Primero, sin embargo, hay que observar el problema. Los mercados financieros han estado en calma durante los últimos dos años desde que Mario Draghi, presidente del BCE, dijera que iba a hacer “lo que sea necesario” para preservar la moneda única. Pero la zona euro apenas crece. El Fondo Monetario Internacional pronosticó la semana pasada que se apuntaría solo un 1,1% de crecimiento este año. Es un rebote patético dada la gravedad de la recesión.

Hay, es cierto, algunos puntos brillantes. España disfruta de una recuperación moderada, en gran parte como resultado de la aplicación efectiva de reformas de raíz en su mercado laboral y en el sistema bancario. Incluso Grecia parece estar en el camino de vuelta desde el infierno.

Pero las grandes economías no lo están haciendo bien. Italia crecerá solo un 0,3% este año, según el FMI; mientras que Francia se quedará en el 0,7%. Alemania lo hará mejor en el 1,9%. Pero incluso este motor parece estar perdiendo impulso.

La CE debería dar más tiempo a los países inmersos en reformas estructurales serias para cumplir los objetivos

Mientras tanto, la inflación de la zona euro es del 0,5% –muy inferior al objetivo de debajo pero cerca del 2% del BCE–. La baja inflación tiene dos consecuencias negativas. Contribuye a mantener la fortaleza del euro, lo que perjudica las perspectivas de los exportadores; y hace que las cargas de deuda sean más difíciles de soportar.

Algunos políticos de la zona euro, especialmente de Francia, parecen pensar que la solución es relajar la política monetaria y la fiscal. Sí, algo así.

Ahora que los tipos de interés no pueden caer aún más, el BCE sin duda necesita poner en marcha un determinado programa de flexibilización cuantitativa. Dado el estado de subdesarrollo de la mayor parte de los mercados de capitales de la zona euro, esto significa comprar bonos gubernamentales en grandes cantidades. Habría dos ventajas: la inflación subiría y el tipo de cambio caería.

La Comisión Europea también debería dar a esos países, que están inmersos en reformas estructurales serias, más tiempo para alcanzar sus objetivos de déficit. Este enfoque ha funcionado bien con España, que administra dos veces más margen de maniobra presupuestaria durante su programa de reformas. Pero incluso cuando la prórroga está justificada, esta se debería utilizar para evitar subidas de impuestos más que para empujar los recortes en el gasto público.

Además, un programa de que confía únicamente en una política monetaria y fiscal más laxas sería más perjudicial que útil. Ello quitaría presión a los gobiernos para la llevar a cabo reformas. El resurgimiento de la crisis probablemente se retrasaría, no se prevendría. Y su vuelta, incluiría una venganza.

La mayor preocupación es Francia. Francois Hollande ha hecho muy poco para frenar el gasto público o liberalizar los mercados de trabajo. Su nuevo primer ministro, Manuel Valls, está intentando reformar la economía, pero carece del apoyo incondicional de su presidente, el partido socialista y el país. Al menos Italia sabe que tiene que hacer reformas y tiene un primer ministro, Matteo Renzi, que está decidido a llevarlas a cabo.

Alemania también debería tomarse la situación en serio. Aunque Berlín reformó su mercado laboral a principios de siglo, desde entonces se ha relajado. La prioridad es liberar sus mercados de servicios, lo que daría más opciones a los consumidores alemanes y abriría sus mercados a los proveedores de otros países europeos.

Si los gobiernos están preparados para llevar a cabo reformas estructurales por la vía rápida, no es solo la Comisión quien debería estar dispuesta a dar a aquellos que lo necesitan más tiempo para frenar su déficit. El BCE también debería estar más dispuesto a lanzar la flexibilización cuantitativa. Las autoridades deberían utilizar las vacaciones de verano para acordar un pacto que contenga estos tres elementos.