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Tribuna
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A las compañías que cotizan en Bolsa los deslices les salen caros

Cada vez hay menos empresas que optan por cotizar en mercados abiertos, por los altos costes, la volatilidad y la excesiva presión del mercado

Estreno de ARM en el mercado bursátil Nasdaq de Nueva York.
Estreno de ARM en el mercado bursátil Nasdaq de Nueva York.BRENDAN MCDERMID (REUTERS)

Toda la gente que realmente quiera a Lolita puede entrar en la iglesia. Estáis todos invitados a la boda” dijo Lola Flores en una entrevista en la tele en mayo de 1983. Cinco mil personas se lo tomaron al pie de la letra, obligando a la Faraona a soltar aquel “Si me queréis, irse” que es ya parte de la Historia de España. Cuando tienes los focos apuntándote, incluso los pequeños errores se pagan caro.

El 8 de noviembre el fabricante de semiconductores Arm, publicó sus primeros resultados desde que salió a Bolsa en septiembre. Basándose en los datos que había publicado, los analistas esperaban que anunciaran unas expectativas de ventas para el último trimestre de entre 730 y 805 millones de dólares. Arm se quedó un poco corto, aproximadamente un 1% por debajo. Las acciones cayeron un 7%, siete mil millones de dólares de valor de mercado se esfumaron en un día. Es decir, un castigo de siete mil millones por vender diez millones menos de lo esperado.

Para las empresas, el equivalente a ser una celebridad es salir a Bolsa, el proceso por el que los propietarios de una empresa venden parte de la propiedad en forma de acciones que pueden ser compradas por cualquier persona o institución.

Se sale a Bolsa por dos motivos. El primero es recaudar capital de manera sencilla. No es igual financiar una ampliación de actividad teniendo que llamar a una decena de potenciales de inversores cuando eres privada (es decir, no cotizas en Bolsa) que contar con decenas de millones de potenciales inversores con una empresa listada. El segundo motivo es el prestigio. Cotizar en Bolsa se asocia con una reputación sólida y credibilidad, lo que a su vez permite contratar a mejores profesionales y acceder a financiación más barata a través de bonos y préstamos bancarios.

¿Cómo es posible entonces que cada vez haya menos empresas en Bolsa? Está pasando en todo el mundo, pero el fenómeno es más obvio en EE UU: de las 6.000 empresas cotizadas en Bolsa en los años 90, sólo quedan la mitad.

El motivo es que cotizar en Bolsa tiene sus costes, y cada vez más empresas sienten que son superiores a los beneficios. Para empezar, salir a Bolsa obliga a adoptar estrategias cortoplacistas. Cada trimestre hay que publicar resultados y dar estimaciones de futuro, que los analistas comparan con las suyas.

Los deslices, como ha comprobado Arm en sus carnes, se pagan caras. La presión para aumentar beneficios en el corto plazo es muy elevada y puede ir en detrimento de estrategias de crecimiento a largo plazo. Además, el proceso es costoso: abogados, banqueros de inversión, contables y consultores externos se pueden llevar el 7% del valor de una empresa que salga a Bolsa por unos 100 millones de euros. Y, por último, la presión regulatoria se multiplica. Las cotizadas se comprometen a publicar y distribuir periódicamente todos sus informes financieros, lo que implica un esfuerzo burocrático significativo y caro.

¿Significa eso que los inversores ya no están interesados en invertir en este producto? No. Sigue siendo un producto demandado. Primero porque el precio suele estar muy ajustado. Las acciones se ofrecen con un descuento importante sobre el precio de mercado para asegurarse de que haya una revalorización para los primeros inversores (12% de subida media en el primer día de cotización para empresas americanas en el período de 1946 a 1986). Segundo, porque suelen ser compañías en sectores punteros con alto potencial de crecimiento y que han sido auditadas de forma exhaustiva. Y todo eso con la liquidez asociada a invertir en Bolsa.

Apetito por los estrenos bursátiles

Por todo ello, siempre hay apetito por este tipo de inversión. La encuesta de septiembre de JP Morgan a inversores institucionales dice que un 51% de ellos tiene un interés “alto” o “muy alto” en poner su dinero en nuevas salidas a Bolsa, lo que podría suponer el fin de la sequía que se está viviendo desde hace dos años. Pero, para que eso ocurra se deben dar tres condiciones.

Primero, hay que tener claridad acerca de qué va a pasar con los tipos de interés. La rentabilidad de una operación siempre se compara con la tasa de interés libre de riesgos (el bono de gobierno). Si no hay un mínimo de certeza es casi imposible ponerle precio a una nueva emisión de acciones. Hoy, la incertidumbre es menor que hace un año: el mercado está muy convencido de que los tipos estarán estables en la primera mitad de 2024 y luego caerán de manera suave.

Lo segundo que se requiere es confianza respecto al futuro cercano. Una empresa vende un proyecto, una historia, y hoy, aunque no lo parezca, las expectativas son mejores que hace un año. Hay menos tensión geopolítica y la inflación cae.

La tercera condición es que le haya ido bien a las empresas que hayan sido listadas recientemente. Es lo que se llama el “pop” (por el sonido de la botella de champán) de una nueva empresa listada. Aquí los datos no acompañan. En los últimos tres meses, el índice de Renaissance de empresas americanas recién listadas ha perdido un 7%, comparado con una caída del 2% del índice general. La salida a Bolsa más importante del año, Arm, ha perdido casi un 20% desde septiembre.

En resumen, la demanda está ahí, y las condiciones para que vuelvan las salidas a Bolsa, sin ser perfectas, son mejores que hace un año. Pero el mercado de hoy es muy diferente al de 2021, cuando se vivió el último boom de salidas a Bolsa. Han pasado muchas cosas desde entonces. Los inversores de hoy son más sobrios, como un joven que vuelve de la guerra transformado. Valoran otros factores. Buscan empresas más sólidas, más maduras, de mayor tamaño, más value que growth, con ejecutivos experimentados, y planes de negocio bien aterrizados, aunque sean más conservadores. Quieren invertir en nuevas cotizadas, pero no hay apetito por experimentos.

Francisco Quintana es director de estrategia de inversión de ING

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