El Trump que todos llevamos dentro
Lo que se cuestiona con el presidente de EE UU es la misma democracia: y frente a ello, nuestras prioridades partidistas deben resituarse

Todos llevamos un populista a lo Trump en nuestras entrañas. Y eso es lo que les hace tan peligrosos, porque sin seguidores, el mal no podría propagarse. El populismo trumpista representa esa cara B de los humanos donde se deposita la sinrazón y donde las emociones negativas (miedo, envidia, odio, amenaza…) toman el control de nuestras acciones como ha ocurrido tantas veces a lo largo de una historia que se entiende mejor como esa lucha permanente entre razón y pasiones que Platón sintetizó en la alegoría del carro alado.
Pero el populismo trumpista también tiene su lógica que debemos entender como la antítesis de lo representado durante décadas por el pensamiento neoliberal hegemónico en occidente y reforzado desde la caída del comunismo. De hecho, Trump rompe con el paradigma iniciado con la revolución de Thatcher y Reagan, que tanto contagió a la socialdemocracia y es lo contrario al liberalismo de un Hayek. Por eso, a cierta derecha política le resulta tan difícil adoptar una posición ante este personaje ególatra, pero no ignorante: sabe muy bien lo que quiere, aunque pensemos que repite todo aquello que ya ha fracasado en los últimos siglos de la historia humana. El trumpismo es un regreso, pero al fracaso.
Las mejores décadas de la humanidad se han producido bajo el paradigma de que las relaciones humanas son de suma positiva (todos ganan) si se fundamentan en la cooperación. Por eso, el establecer un orden mundial basado en reglas pactadas, con instituciones encargadas de hacerlas cumplir. A pesar de un funcionamiento claramente mejorable, eso ha definido la realidad mundial desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. El trumpismo, por el contrario, parte de la convicción de que las relaciones son de suma cero (uno gana, lo que otro pierde) por lo que solo la confrontación es admisible bajo la amenaza de la fuerza. Donde había hegemonía ideológica, se impone el dominio de la fuerza.
Multilateralismo y liberalización de los intercambios internacionales plasman las bondades del principio, todos ganan (aunque no todos lo mismo). Solo esto explica, por ejemplo, que se aceptara a China en la OMC a pesar de no cumplir, claramente, el principio de ser una economía de mercado, aunque confiando en que llegaría a serlo por la fuerza de los hechos. Relaciones bilaterales, ausencia de normas (arbitrariedad que refuerza la posición dominante) y recurso a sanciones en forma de aranceles o controles al comercio y a las inversiones exteriores es lo coherente con una suma cero donde solo la fuerza es útil porque se busca imponer, aplastar al otro, para ganar a su costa.
Globalización y dilución del papel de los Estados nacionales es coherente con el modelo de cooperación, mientras que la nación como baluarte y el estado como instrumento necesario para canalizar el uso de las amenazas responde al populismo trumpista. En pocos sitios se ve mejor la contraposición de ambos modelos que, en la Unión Europea, a pique de constatar su irrelevancia en el nuevo escenario y dividida entre aquellos que pedimos como respuesta, más Europa y los trumpistas europeos, en alza, que critican a la UE y exigen más nación, aunque con ello nos dividamos y debilitemos, haciendo el juego a los adversarios externos de Europa. Es paradójico pero los llamados patriotas europeos, están defendiendo, de hecho, los intereses de Putin y de Trump que buscan debilitar a Europa para sacarla del mapa internacional.
El populismo trumpista es, también, la antítesis en valores del neoliberalismo y la socialdemocracia. Mientras estos defienden al individuo como fundamento esencial de las libertades y los derechos iguales para todos, detrás de Trump y sus acólitos europeos hay un pensamiento iliberal, neoreaccionario, que antepone sobre el individuo la primacía de la comunidad, del grupo homogéneo, sus valores e instituciones tradicionales en lo que uno de sus teóricos ha llamado la “Ilustración Oscura” por ser la antítesis de valores como los derechos humanos o la democracia liberal. La nación, la raza y la religión configuran esta amalgama de relatos identitarios excluyentes, que tienen un denominador común: oponerse a la primacía de la razón y de la libertad individual, menospreciadas bajo el calificativo de “woke” y amplificados gracias al control de potentes herramientas mediáticas, como las redes sociales, y al uso desvergonzado del bulo y de la mentira. El ataque a la democracia europea lanzado por el Vicepresidente Vance en su reciente discurso en Múnich, sitúa el trumpismo en su dimensión ideológica antiliberal pareciendo, también en eso, una marioneta de Putin. En EE UU empieza a definirse lo que está haciendo Trump como de una “dictadura plebiscitaria”.
El negacionismo frente a evidencias científicas como el cambio climático o, en su momento, las vacunas frente al COVID (Trump recomendó inyecciones de desinfectante), refuerzan su asalto a la razón, siempre defendiendo por detrás intereses materiales de grandes corporaciones, difundiendo miedo y desconfianza entre la población “ante lo nuevo” y haciendo atractiva la nostalgia reaccionaria. Y la pieza fuerte del trumpismo: reforzar el control sobre la sociedad que ya ejercen los dueños de las grandes tecnológicas, evitando cualquier tipo de norma o control público por parte de una democracia que regula la seguridad en los coches, la edad para comprar alcohol o la información nutricional de los alimentos, pero se quiere no lo haga con la herramienta más beneficiosa o peligrosa desarrollada por los humanos: la inteligencia artificial, para que solo sea gobernada por el principio de maximizar beneficios privados y/o acrecentar la vigilancia del Estado sobre los individuos.
Trump no es un elefante en cacharrería. Sirve a un plan: construir una edad oscura basada en el rechazo a la razón y en la manipulación de las peores pasiones de los humanos, en los intereses de los más poderosos y en el poder arbitrario del fuerte frente a normas pactadas e instituciones independientes de control. Lo que se cuestiona es la misma democracia. Y frente a ello, nuestras prioridades partidistas deben resituarse.
Jordi Sevilla es economista.