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La punta del iceberg
Tribuna
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Entre el chantaje y la dependencia: el reto de la autonomía estratégica de la UE

El Viejo Continente no sólo busca ser más autosuficiente en materia de seguridad y defensa, sino avanzar en el plano económico y productivo

Ilustración con medios militares sobre una bandera de la Unión Europea.
Ilustración con medios militares sobre una bandera de la Unión Europea.NurPhoto (NurPhoto via Getty Images)

Desde hace un tiempo en Europa venimos hablando de autonomía estratégica. Por este nombre entendemos la capacidad de la Unión para tomar decisiones en el ámbito político, económico y de seguridad sin depender en exceso de otros actores internacionales, como son otros socios, caso de Estados Unidos, o de otras potencias, con China como ejemplo.

En los últimos años esta idea ha ganado relevancia debido a la toma de conciencia sobre cuestiones que hasta ahora habían recibido poca atención. Así, la UE busca con dicha autonomía tener una mayor independencia en materia de seguridad y defensa, sin renunciar a la OTAN, pero fortaleciendo su capacidad para responder a amenazas y conflictos en la región; reducir su dependencia económica (comercial) de otras potencias, especialmente en sectores estratégicos como la tecnología, la energía y la salud y, finalmente, aumentar la capacidad de toma de decisiones políticas, actuando como un actor global en temas como el cambio climático, los derechos humanos, el comercio internacional y la diplomacia.

Al principio, el concepto de autonomía estratégica se relacionaba con el primero de los objetivos, concretamente en los de defensa y seguridad. Sin embargo, la llegada del COVID nos mostró cómo la ruptura de las cadenas de suministro de productos esenciales podría afectarnos de forma severa. Es por esta razón que, con el tiempo, este concepto se ha expandido más allá de la seguridad, abarcando aspectos económicos y tecnológicos. La invasión de Ucrania nos abrió finalmente los ojos al mostrar que la interdependencia económica puede ser utilizada como herramienta de poder coercitivo. A diferencia de la idea romántica de finales del siglo pasado sobre que la integración comercial global llevaría a la adopción de valores occidentales por parte de países considerados antagonistas por occidente, hoy hemos despertado bruscamente de dicho sueño. Aunque no podemos renunciar a la interdependencia comercial con países de todo tipo, es evidente que debemos reconocer que algunos podrían usar nuestra dependencia (ya lo hacen) como un medio de chantaje.

Una vez que hemos definido qué es y por qué es necesaria la autonomía estratégica, es crucial situar este concepto dentro del contexto de las relaciones internacionales europeas. Algunos países de la Unión temen que esto implique romper vínculos que se han desarrollado en las últimas décadas y que definen el concepto mismo de Europa. Sin embargo, como ha señalado Wolfgang Münchau, la autonomía es compatible con otras asociaciones, no solo económicas, como podría ser la OTAN, ya que una Europa más capacitada sería un mejor socio para Estados Unidos. La autonomía no se limitaría, así, a únicamente la defensa de la Unión, sino que también abarcaría aspectos comerciales, financieros y de inversiones. Es necesario desarrollar herramientas en estos ámbitos, tal como se ha hecho durante la crisis del COVID-19 en sectores estratégicos como la salud o los materiales críticos. La autonomía representa un proceso mediante el cual los europeos pueden defender de manera más efectiva sus intereses y valores en un mundo cada vez más hostil.

Sin embargo, la instauración de una autonomía implica, en cierto modo y bajo el halo que la rodea, una ruptura relativa con la integración económica global. El traslado de actividades al continente europeo representa un desafío a lo que podríamos considerar las reglas de eficiencia del mercado.

La incorporación en el pasado de países como China o Rusia a los mercados globales tuvo un impacto evidente en la prosperidad de las economías occidentales. A pesar de que esta globalización explica algunos de los problemas identificados recientemente, como el aumento de la desigualdad, también llevó a un incremento del poder adquisitivo de los ciudadanos europeos al acceder a bienes a precios considerablemente más bajos que los que se hubieran obtenido si los mercados no hubieran asignado la producción de la manera en que lo hicieron. Este aumento se produjo mediante un proceso rápido de desinflación e incluso de abaratamiento de bienes industriales. Romper con esta dinámica significaría, en los sectores en los que se desee hacerlo, aceptar un proceso contrario.

La pregunta clave es si vale la pena o no. Es evidente que los desequilibrios experimentados recientemente se deben, en gran medida, a la amenaza mencionada anteriormente: la de dejar en manos de socios comerciales poco fiables el suministro casi exclusivo de ciertos productos estratégicos. Es poco sensato depender únicamente de un país o de un grupo limitado para acceder a bienes energéticos o productos tecnológicos, o dejar en manos de estas naciones cuestiones tan importantes como nuestros datos o información sobre nuestras actividades. En esto tenemos pocas dudas, pero aceptar este reto significa, nuevamente en palabras de Münchau, cambiar la política económica de la Unión, y diría más, de la Unión misma.

Lograr autonomía en ciertas actividades, o al menos reducir dependencias significativas, conlleva un coste inicial nada despreciable. Este coste surge debido al traslado de actividades que queremos recuperar para nuestro continente o en buscar zonas más confiables, lo que implica un precio más elevado. Evitar un coste excesivo implica, a su vez, buscar una escala eficiente de las actividades que regresan. Una vez lograda una escala eficiente, seremos más competitivos. Pero mientras esto sucede, deberemos soportar un coste asociado a precios más altos y/o a mayores subsidios al tejido productivo. Mientras sigamos enrocados en políticas que enfocan solo en el control de la inflación o en la estabilidad presupuestaria en una idea de Europa, será difícil lograrlo. Necesitaremos una política común, al menos en términos fiscales, que facilite la acción a nivel continental para poder abordar estos desafíos, algo que Estados Unidos o China pueden hacer por su propia naturaleza política. Requerimos, así, para acompañar a esta autonomía una nueva política europea más unificada e integrada. Necesitamos más Europa.

Así pues, la autonomía estratégica europea es un concepto que ha ido evolucionando con el tiempo para abarcar no solo la defensa y la seguridad, sino también aspectos económicos y tecnológicos cruciales. Lograr esta autonomía es necesario para que Europa mantenga su peso global, reduzca su vulnerabilidad ante chantajes externos y pueda defender mejor sus intereses y valores. Si bien la autonomía no implica romper vínculos con socios como Estados Unidos, sí requiere repensar políticas económicas y avanzar hacia una mayor unificación e integración dentro de la Unión Europea. Esto conlleva importantes costes iniciales que habrá que asumir, pero a largo plazo permitirá una mayor competitividad y control de áreas estratégicas. En definitiva, la autonomía estratégica es un concepto clave que debería guiar la transformación de Europa en los próximos años.

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