El cónclave de los bancos centrales en Sintra: subir tipos aun a costa del crecimiento

Han dejado claro que con tal de conseguir su objetivo de inflación sacrificarán la economía, al consumidor, a los mercados y a cualquiera que se ponga por delante

Pese a la reticencia natural de políticos y bancos centrales a expresar la cruda realidad a la que se van a enfrentar los ciudadanos, a lo largo de las últimas semanas se ha producido un cambio drástico en el lenguaje que utilizan y en las expectativas que presentan.

La reciente reunión organizada por el Banco Central Europeo en Sintra, a la que acudieron Jay Powell, presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos, y Andrew Baley, gobernador del Banco de Inglaterra, ha sido el mejor ejemplo de cómo va cayendo el telón que oculta la cruda realidad que nos espera. En un abrir y cerrar de ojos hemos pasado de la transitoriedad de la inflación y las buenas perspectivas económicas para el futuro a la inflación sin control y la fuerte desaceleración económica que amenaza con convertirse en recesión. Algunas de las frases que más me sorprendieron fueron la declaración de Lagarde cuando dijo: “No creía que fuésemos a volver a un entorno de baja inflación y que estábamos ante un cambio del panorama en el que operábamos antes”; o cuando Powell dijo: “Entendemos mejor ahora lo poco que entendemos de la inflación”; o cuando Bailey comentó: “Se ha producido un cambio radical en el funcionamiento de las economías que afecta al mercado laboral y tendremos que aprender a convivir con menos empleo y mayores aumentos salariales”.

Los ciudadanos han comenzado a cansarse de unos precios que no paran de subir desde hace más de un año. Según la estadística oficial sufrimos cotas de inflación del entorno del 8,5%, pero cualquiera que lleve un cierto control de sus gastos sabe perfectamente que lo que paga hoy por los bienes y servicios que consume no ha subido un 8,5% de precio en el último año, sino mucho más. La realidad es que para muchos llegar a fin de mes se está convirtiendo en una auténtica aventura, y eso que todavía no hemos sentido el impacto de la desaceleración económica, no digamos ya de la recesión. En pleno verano, con el turismo actuando de flotador, tasas de desempleo aun a la baja y con algunos ahorros generados durante la peor época de la pandemia cuando no podíamos consumir, hace que las cosas no parecen tan malas como en realidad son.

En la reunión de bancos centrales que tuvo lugar en Portugal se dijeron muchas cosas relevantes para el panorama económico de medio y largo plazo. Se habló de la necesidad imperiosa de reducir la inflación, pero solo atacando parte del problema, la demanda, ya que los bancos centrales no tienen ningún control sobre la otra variable, la oferta. Dejaron claro que, con tal de conseguir su objetivo, inflación del 2% a largo plazo, sacrificarían a la economía, al consumidor, a los mercados financieros y a cualquiera que se pusiese por delante. Para encontrar un mensaje tan crudo como este hay que remontarse a la década de los 80, cuando Volcker, presidente de la FED en aquella época, provocó dos fuertes recesiones económicas en EE. UU. subiendo los tipos de interés hasta el 20% a fin de frenar las presiones inflacionistas existentes. Es cierto que ni los bancos centrales de hoy son lo que eran antes, ni tampoco es comparable el nivel de endeudamiento de entonces al de ahora, ni el tejido industrial de las economías de hace cuarenta o cincuenta años se parece al de la actualidad. Pero como se suele decir, aunque la letra cambia la música tiene el mismo ritmo.

En la segunda parte de este año vamos a presenciar como se intenta recuperar el tiempo perdido en la lucha contra la inflación, para evitar una crisis social que ponga contra las cuerdas a la mayoría de los políticos que nos gobiernan. Los bancos centrales, cada vez menos independientes de los gobiernos, tendrán que seguir subiendo el coste del dinero, aunque para ello hundan el barco del crecimiento económico. A medida que el barco zozobre, las presiones de inflación remitirán y darán paso a otra realidad muy dura, la recesión económica. Esta nueva fase obligará a muchas empresas a plantearse su viabilidad y a muchos ciudadanos a perder su trabajo. Los mercados financieros vivirán una gran crisis, porque no están acostumbrados a vivir sin el cuidado continuo de la política monetaria ultra expansiva. Como en todas las grandes crisis, aparecerán otros cadáveres en la economía que hoy ni siquiera sabemos que existen, porque en todo ajuste severo la caída de las piezas de domino destapan desequilibrios y excesos que a primera vista no eran aparentes.

Y todo esto no será sino una repetición más de un ciclo económico que llevamos décadas repitiendo una y otra vez. Tal vez lo más curioso del tema es que tratamos con el mismo remedio cada ciclo de enfermedad, lo que nos lleva a que en cada recaída tengamos que suministrar una dosis mayor de medicina, hasta el punto de que nos hacemos adictos al fármaco, es decir, al estímulo monetario sin medida y al endeudamiento crónico en el que incurrimos para mantener con vida este modelo económico que es evidente que no funciona.

Dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Pues la piedra que tenemos delante es una que ya hemos visto en otras ocasiones y no cuesta mucho recordar lo doloroso que es tropezarse con ella.

Pablo Gil es Estratega jefe de XTB