El verdadero coste de la transición a cero emisiones netas

El proceso destruirá unos 185 millones de empleos, pero creará una economía con 200 millones de nuevos puestos

Aunque cada vez hay un número mayor de países comprometidos en lograr cero emisiones netas para el 2050, las implicaciones de lo que supone llegar a ese objetivo siguen sin estar claras. La ecuación que iguale a cero las emisiones de los gases efecto invernadero sigue sin resolverse. Entre otras razones, porque las promesas de los gobiernos están muy por debajo de lo que se requiere para llegar a dicha fecha con las emisiones globales de dióxido de carbono relacionadas con la energía reducidas a cero neto. Así, el retraso para llegar al objetivo deseado es grande y ello priva al mundo de la oportunidad equitativa de limitar el aumento de la temperatura global a 1,5°C.

Se busca que en 2050 todas las emisiones de gases efecto invernadero creadas por la acción humana se eliminen de la atmósfera a través de medidas impuestas al efecto. El reto es tremendo, pero los detalles de esta nueva realidad siguen sin estar definidos. Llegar a alcanzar esta situación exige una transformación radical de la economía mundial, con cambios que afectan a todos los sectores que la sostienen, empezando por los más contaminantes (energético, moda o transporte) y terminando hasta los menos contaminantes (gestión de residuos e industria forestal).

Tamaño reto pasa por poner de acuerdo a todos los países y sus respectivas relaciones económicas, con especial atención a los más contaminantes: China, Estados Unidos o la Unión Europea. En este escenario parece lícito plantearse cuáles son las preguntas que los dirigentes actuales deben hacerse, y el primer obstáculo es la contradicción entre la visión cortoplacista condicionada por los ciclos electorales y la necesidad de sentar los cimientos sobre lo que construir la futura realidad enunciada. Por ello nace el deber social de actuar ya, bien sea a título individual, institucional o empresarial, sin esperar a que los gobernantes accionen las palancas necesarias para el cambio.

Un estudio reciente realizado por la consultora americana McKinsey estima que el capital que deberá destinarse a activos para modificar los sistemas de energía y de cultivo desde el 2021 hasta el año 2050 ascenderá a 275.000 millones de dólares o lo que es lo mismo 9.200 millones de dólares anuales de media, lo cual equivale a casi 8 veces el PIB que produce España en un año. Por plasmarlo en una imagen lo más gráfica posible, es como si 8 países del tamaño de España dedicasen todos sus recursos desde ahora hasta el año 2050 a trabajar para lograr el objetivo de cero emisiones. Este coste lo calcula la consultora atendiendo a la descarbonización de seis sistemas económicos de alto impacto ambiental: energía, industria, transporte, construcción, agricultura y gestión de residuos.

Este cambio deberá ser promovido mediante nueve puntos. Tres componentes estructurales para construir este cambio: innovación tecnológica, capacidad para crear cadenas de suministro e infraestructura de soporte a escala y disponibilidad de recursos naturales. Tres ajustes socioeconómicos: relocalización de capital y financiamiento, gestión de los cambios en la demanda con control de costes a corto plazo y mecanismos de compensación. Tres compromisos institucionales: estándares de gobierno con mecanismos de regulación de mercados, colaboraciones público-privadas globales y el apoyo de los ciudadanos y consumidores, el más importante.

Para llevar a cabo el plan es necesario repensar sector a sector las implicaciones que tiene su actividad y qué mecanismos se deben tocar para conseguir una reducción de las emisiones. Habrá sectores que incrementen su importancia en la economía mundial, como la producción de electricidad, y otros que reduzcan su importancia relativa como, por ejemplo, la extracción de carbón. Lo mismo ocurrirá con los países cuyas economías sean más dependientes de sectores más contaminantes, mientras que los que hayan apostado por industrias de bajas emisiones estarán menos expuestos al cambio.

Esta transición no solo comporta sacrificios como la pérdida de más de 185 millones de puestos de trabajo, sino que supondrá la creación de una nueva economía con más de 200 millones de puestos de trabajo, así como oportunidades para diferentes negocios y países en áreas que apuesten por activos de bajas emisiones, descarbonización de procesos y otros servicios que apoyen este cambio. Hay que tener en cuenta que en este proceso de cambio existen riesgos asociados, por ejemplo, la volatilidad de la energía, el aumento de su precio, que estamos experimentando, y otros problemas de desbalance de activos.

Aunque a día de hoy aún no está claro que podamos conseguir el escenario de 1,5ºC ni cómo llegar a él, se confía en que la innovación tecnológica podrá reducir las inversiones necesarias de capital para llegar a las cero emisiones netas más rápidamente. Por ello urge elegir a líderes que tengan claro que la inversión en innovación es primordial para poder construir el futuro que vislumbramos, cambiar ciertos hábitos de consumo y apostar por aquellas iniciativas empresariales que promueven y contribuyen a que esta realidad sea un hecho. Instituciones y empresas tienen que velar porque esta transición sea una realidad que suponga los menores costes operativos a la vez que gestionen activamente los peligros que comporta el cambio para no incrementar las desigualdades sociales existentes.

Guillermo Campoamor es CEO de Meep