Vuelve el miedo alemán

El país percibe su propio futuro económico como cada vez más incierto y el temor colectivo intrínseco al pueblo alemán resurge con fuerza

A pesar de la pandemia, Alemania va bien. “Nunca los alemanes vivieron con tanta abundancia como hoy, tan sanos, tan ricos, tan bien formados, tan libres y tan seguros frente a la violencia como hoy”, dice Walter Wüllenweber, escritor y autor del semanario Der Spiegel. Sin embargo, su percepción colectiva de cómo está el mundo es negativa: pandemia, crisis, catástrofes, corrupción, escepticismo profundo respecto al futuro. En este caldo de cultivo, el populismo lo tiene relativamente fácil; por lo que los partidos democráticos tratan de responder cada uno a su manera a la petición ciudadana de justicia social. El socialdemócrata Olaf Scholz ganó las elecciones en septiembre por esa razón y la clave del éxito de su Gobierno será cómo manejará los diferentes intereses de los partidos de coalición –socialdemócratas, liberales y verdes– ante el reto social en una economía en profunda transformación. Alemania es un país seguro. El número de actos violentos es el más bajo desde la unificación alemana. Ha superado relativamente bien la pandemia y en el pasado reciente superó los inmensos retos de la reunificación y del paro masivo de principios de milenio. En 2005 registró hasta cinco millones de parados. Hoy hay casi pleno empleo. Cuenta con uno de los mejores Estados sociales del mundo (aunque la condición para acceder a muchas prestaciones –ayuda social tras el subsidio de paro o plaza pública en residencia de ancianos– sea no tener patrimonio). También sorprende que Alemania haya conseguido incluso acoger sin grandes dificultades a casi 2 millones de refugiados desde 2013.

Sin embargo, hay miedo. Alemania da por supuesto que las nuevas generaciones no lo van a tener mejor que las anteriores. Vivienda, condiciones laborales, desigualdad de patrimonio. La sociedad alemana ha pasado de ser una cebolla (todos formaban parte de la clase media, solo una minoría era muy rica o muy pobre) a una pera (bastantes ricos, muchos pobres). Solo el 10% de los alemanes está completamente convencido de que sus hijos estarán mejor que ellos. En España ese porcentaje se casi duplica, según datos de European Council on Foreign Relations.

La creciente inflación, del 4,5% en octubre, alarma. La respuesta del BCE a la crisis sanitaria tampoco ayuda a mejorar la perspectiva de justicia social desde el punto de vista alemán. Con el aumento de la inflación Alemania se pregunta hasta cuándo la política monetaria expansiva del BCE. Desde hace cinco años el tipo interés básico es de cero. El crédito es barato, pero ahorrar no vale la pena. El BCE evitó lo peor en la crisis sanitaria, pero a costa de la desigualdad. De hecho, la desigualdad de patrimonio está creciendo en Alemania, como advierte Gerhard Schick, jefe del think tank Finanzwende, que defiende una reforma de los mercados financieros para que sean sostenibles. Finanzwende es partner de la europea Finance Watch. Durante la crisis financiera crecieron los activos totales del BCE a 813.000 millones de euros entre 2007 y 2010; el año pasado ascendieron a 2.261.000 millones entre febrero y diciembre. Sube la Bolsa, sube el precio de los inmuebles. El BCE compra deuda a alto precio para presionar los tipos e impulsar la economía. Acciones e inmuebles ganan así atractividad para los inversores. Una espiral que beneficia a quienes más patrimonio tienen en forma de acciones e inmuebles. Pero en Alemania solo el 17,5% de la población mayor de 14 años tiene acciones o dinero invertido en fondos; y solo el 46,5% tiene una vivienda propia. En 2020 el número de multimillonarios pasó de 29 a 136.

Alemania percibe su propio futuro económico como cada vez más incierto y el miedo colectivo intrínseco al pueblo alemán resurge con fuerza. El temor germano suele referirse al pasado traumático de la primera mitad del siglo XX, primero por la primera Guerra Mundial y luego por la gran inflación que destruyó los ahorros de los alemanes hasta 1923 y por último la completa ruina generada por el nazismo, el Holocausto y la Segunda Guerra Mundial. Catástrofes que han provocado una necesidad fuerte de seguridad. La periodista y autora Sabine Bode describe en su libro La enfermedad alemana: el miedo (Stuttgart 2006), su tendencia a la reflexión y su desconfianza generalizada hacia el futuro. Según Bode, precisamente los miedos colectivos del pasado han sido y son una carga pesada para el futuro de país. Por otro lado, ese recelo profundo que parece estar en los genes de los alemanes (investigadores holandeses de la clínica universitaria de Ámsterdam han demostrado como la experiencia bélica y la hambruna se transmite genéticamente) explica avances como el gran invento politícoeconómico que fue la fundación del Estado Social alemán y también el fenómeno de la expansión de los seguros de todo tipo para asegurarse ante todas las eventualidades en la vida. Ese desasosiego lleva también a una obsesión por innovar y vender con éxito productos líderes en el mercado global. Es la razón de ser del Made in Germany. Y ahora ante la nueva revolución digital en un mundo global incierto, Alemania reincide en esa actitud de miedo colectivo. Un ejemplo es el Estado de Baviera, que ha alcanzado un elevado nivel de bienestar gracias a la industria del automóvil. Este sector se enfrenta ahora a una transformación gigantesca, por lo que los bávaros temen ahora por su futuro económico. En cualquier caso, los robots ya están en Múnich (BMW) y en Ingolstadt (Audi).

El próximo canciller Scholz y el futuro Gobierno de coalición de tres partidos son frutos de esos miedos. El mismo Scholz ha reconocido que no hay partidos que ganen elecciones generales como antes con un 35% o un 40%. La razón, dice, es “una inseguridad desconocida en los años setenta u ochenta, una inseguridad por el futuro personal y colectivo. En el mundo hay miles de millones de personas, sobre todo en Asia, que saben hacer lo que nosotros sabemos hacer”. Scholz propone una política que ofrezca buenas perspectivas para Alemania, para disponer de trabajo con futuro y bien pagado y una seguridad social estable. Además, falta vivienda barata, hay demasiado trabajo precario, aumentan las diferencias entre quienes tienen patrimonio y quienes no tienen nada.

Alemania se encuentra en una encrucijada: política social y protección climática sin perder de vista el futuro de la economía. Muchos consorcios se encuentran en un momento delicado, sobre todo la industria del automóvil. Se trata de empresas que dan trabajo a millones de ciudadanos. Los expertos apuntan desde hace años que Alemania no está bien posicionada en la competencia fiscal global. Se reclama al nuevo Gobierno que se ocupe más de generar riqueza y aumentar la productividad. Y optimismo. Dice Walter Wüllenweber que el pesimismo agresivo amenaza lo alcanzado en el pasado. “Solo si somos conscientes de los avances de los pasados decenios, tenemos una posibilidad de superar los retos políticos.” Defiende el mensaje positivo para responder a las tergiversaciones populistas.

 Lidia Conde es analista de economía alemana