América se va de vacaciones con los deberes hechos

La preocupación por el estallido de la deuda es mayor en Europa: EE UU actúa con rapidez para espolear el crecimiento

La última semana de julio culminó positivamente la primera parte del año para Joe Biden. Más importante aún, fue una buena semana para la economía y las empresas norteamericanas. El PIB del segundo trimestre creció un 6,5%: el mayor crecimiento desde 1983, y más tamaño de la economía que en la prepandemia.

Los resultados empresariales batieron récords: Alphabet (Google), Apple, Microsoft, Starbucks, Facebook, Netflix, Mattel, Mondelez, 3M, Archer-Daniels-Midland, JetBlue, UPS, Visa, Ford, etc. Las peticiones de subsidios de desempleo descendieron a 400.000.

Si las cosas pintan bien, ¿dejará la Reserva Federal de comprar activos? ¿Subirá los tipos de interés, casi en 0% desde que comenzó la pandemia? No está claro. En lenguaje enrevesado, la Fed indicó que la economía está progresando hacia sus objetivos de empleo e inflación. Y quizá podría empezar a pensar en reducir la compra de activos a finales de año: Jerome Powell quiere ver si la recuperación económica se consolida en la segunda mitad del año antes de retirar estímulos.

Los mercados de valores están contentos: DJIA bate récord histórico superando los 35.000 puntos; S&P 500, 4.400; Nasdaq, 15.068; Russell, 2.224; y DJ Total Mkt alcanza los 45.704. La marcha de la economía, el aumento de las ventas y los beneficios y la prudencia de la Fed tienen contentos a los inversores institucionales. Bitcóin, oro y petróleo también saltan de alegría. ¿Hay agoreros que presagian el pinchazo de otra burbuja? Sí: Roubini y El-Erian, entre otros economistas, advierten de “la gran burbuja de deuda pública y corporativa”. Sin embargo, la preocupación por el estallido de la deuda es mayor en Europa que en EE UU: en el primer caso, el crecimiento económico se basa en previsiones, no hay postura común en la UE-27 y Reino Unido se mira al espejo del Brexit. En cambio, América actúa con rapidez para espolear el crecimiento.

Por fin, demócratas y republicanos aprueban el plan de infraestructuras de Biden, de 1,2 billones de dólares. Quedan fases hasta su aprobación definitiva, pero, en el Senado, la ley de infraestructuras empieza a tramitarse con los votos necesarios. Remozar las infraestructuras de EE UU es cuestión de Estado, tanto para América en sí misma, como para contrarrestar el creciente poder de China.
Si China se orienta más a la manufactura que a las TIC, tras las fuertes restricciones y regulaciones impuestas a sus empresas tecnológicas, “para que estén más al servicio del Partido comunista”, como sostiene Fraser Howie, autor de Red Capitalism y Privatizing China, Biden ha dado un paso de gigante para contrarrestar a China con su iniciativa, Made in America-Buy American. Biden, en Pensilvania, presentó su plan de manufactura y empleo en una fábrica de camiones (Mack Trucks): pidió más inversiones en suelo americano y el crecimiento de empresas con sede en EEU U. Se comprometió a que el Gobierno compre “más productos hechos en América”.

Las familias tienen gran parte de su riqueza invertida en vivienda y, en mayo, el crecimiento de su precio superó récords. El índice nacional del precio de la vivienda S&P CoreLogic Case-Shiller, que mide el precio medio de la vivienda en las 20 mayores áreas metropolitanas, creció un 16.6%, el mayor incremento desde que el índice nació en 1987. Hay mucha compraventa de vivienda y, junto al inversor particular, están inversores institucionales como Blackstone, Black­rock y OakTree, que están comprando grandes cantidades de viviendas.

Como todos los veranos desde 2008, el Gobierno se quedará sin dinero a no ser que aumente el techo de gasto. Es posible que este año la negociación entre demócratas y republicanos sea más sencilla: los muchos proyectos de gasto público en marcha benefician a la población, por supuesto, pero también a los políticos de ambos partidos que, en cada estado, los sacan adelante. Por eso, se ha iniciado la tramitación de la ley que sustanciará el plan de infraestructuras de Biden: demócratas y republicanos salen ganando.

Como de algún sitio hay que ahorrar –para no fiarlo todo al crecimiento económico y a la subida de impuestos a los más ricos, de la que hace tiempo no se habla en América–, el presidente Biden anunció recientemente la retirada de las tropas norteamericanas de combate de Afganistán y de Irak. Estos conflictos en Oriente Próximo son los más largos de la historia militar de EE UU. Han durado 20 años. Por comparación, la Guerra de Vietnam duró diez años y sus reverberaciones llegan hasta hoy, no por la ideología o la Guerra Fría, sino por sus 58.000 muertos y millones de veteranos.

Biden tiene muy en la cabeza Vietnam porque, cuando anunció la retirada de tropas de Afganistán, dijo muy serio ante las cámaras: “Kabul no es Saigón”. La inmensa mayoría de norteamericanos recuerda que, en 1975, cuando se fueron los últimos marines de la embajada americana en Saigón (capital, entonces, de Vietnam del Sur), miles de refugiados vietnamitas intentaban salvarse de los comunistas del Norte forzando su entrada en la embajada. El mundo entero lo vio en televisión. Cuando América se fue de Vietnam, Hanoi ejecutó a un millón de vietnamitas del Sur. Ahora que los talibanes están ganando terreno en Afganistán, y China ya se ha sentado a hablar con ellos, Biden dice que reubicará 35.000 intérpretes afganos en países aliados.

En diez años, América ahorrará 20 billones de dólares de los agujeros negros Afganistán e Irak. Sobre la sabiduría de meterse en esas guerras para no culminarlas, pudiendo ganarlas, responde el actor afroamericano Samuel Jackson: “No perdimos la guerra en Vietnam. Simplemente, la abandonamos”.

Jorge Díaz Cardiel es socio director de Advice Strategic Consultants. Autor de ‘El New Deal de Biden-Harris: la nueva política económica para el siglo XXI’