Una ayuda sin precedentes que exige una respuesta seria y responsable

La artillería de Fráncfort no debe inducir a España a caer en el exceso de confianza y en la autocomplacencia

La respuesta del BCE a la grave crisis que las medidas de contención contra la pandemia del Covid-19 ha abierto en Europa pasará a los anales de la UE no solo por su magnitud cuantitativa, inédita en la historia de la institución, sino por su firmeza y su contundencia. Tras unos titubeos iniciales que llegaron a generar dudas sobre la idoneidad de una Christine Lagarde apenas recién llegada al cargo para pilotar una crisis de tales dimensiones, Francfort ha tomado el control de la situación con una decisión y un sentido de la responsabilidad encomiables. El banco superó ayer las expectativas del mercado al anunciar un incremento de su plan extraordinario de compras por la pandemia (PEPP, por sus siglas en inglés) de 600.000 millones de euros, lo que suma una artillería de 1,35 billones de euros. Con un tono de firmeza sin fisuras, muy similar a aquel whatever it takes de Mario Draghi, Lagarde ha dejado claro que el programa se extenderá en principio al menos hasta junio de 2021 y que la deuda vencida se reinvertirá hasta finales de 2022, pero que las medidas se mantendrán en todo caso el tiempo necesario para superar la crisis.

La ampliación del programa de compras anunciada ayer es la respuesta adecuada al intenso deterioro que está experimentando la economía de la zona euro, así como al hecho de que Fráncfort ha consumido ya un tercio del plan que aprobó el pasado marzo. Sin embargo, este enorme volumen de compra de activos no debe interpretarse como una ayuda directa a los países con más dificultades para acceder a financiación, entre ellos España, sino como una forma de evitar la fragmentación financiera dentro del euro y de lograr una adecuada transmisión de la política monetaria que favorezca a familias y empresas. La intervención sin precedentes de Fráncfort es además la herramienta adecuada para prevenir una espiral deflacionista en un momento en que la institución admite que las previsiones de inflación están muy por debajo de su objetivo oficial próximo al 2%.

El hecho de que esas medidas tengan sentido desde el punto de vista estricto de la política monetaria no oculta que favorecen de manera muy directa a los países periféricos, al reducir sus primas de riesgo y abaratar su financiación. Precisamente por ello, la artillería de Fráncfort no debe inducir a España en ningún caso a caer en el exceso de confianza y en la autocomplacencia, sino a ser plenamente consciente del valor de esa ayuda y de la necesidad de aumentar el nivel de autoexigencia y responsabilidad en respuesta ella, con el objetivo de alcanzar una política fiscal seria, equilibrada y sostenible en un horizonte de futuro a medio plazo.