El crédito postcrisis en tres actos

Es el protagonista de la mayoría de las recuperaciones, pero un actor secundario en esta

Mario Dragui, presidente del BCE.
Mario Dragui, presidente del BCE. Getty Images

Tras un entorno post-crisis ya demasiado largo parece oportuno plantearse qué está pasando con el crédito, un protagonista de la mayor parte de las recuperaciones económicas y actor secundario en la actual. No abundan los préstamos. Los que podrían tenerlos no los piden en la medida que sería deseable. Los que los piden son pocos y, en algunos casos, no son los que los deberían obtener. Algo no cuadra. Quizás es otro síntoma de que con la política monetaria de expansiones cuantitativas ocurren fenómenos extraños.

Los tipos de interés siguen siendo muy reducidos (o negativos) porque la prioridad es que no falte liquidez. A pesar de las subidas en Estados Unidos, también allí la importancia de la expansión cuantitativa sigue siendo notable y Powell ha declarado que la Reserva Federal puede moderar/retrasar aún más la retirada de estímulos y las elevaciones de tipos de interés (hasta 2020). Parece preocupante que, durante mucho tiempo, esa abundancia de dinero no se convirtiera en crédito al sector privado en la proporción en que cabría esperar. O, al menos, que no lo hiciera de forma más alegre. Lo que está en juego es el engrasado de los mecanismos de financiación e inversión. Especialmente en Europa.

En todo caso, tras años de escasa viveza de los préstamos bancarios, el Banco Central Europeo estaba observando algo más de crecimiento del crédito a finales del pasado año. Coincidió con una expectativa de mayores tasas de inflación. Entonces se pensó desde Fráncfort que 2019 era un buen año para para ir reduciendo las facilidades extraordinarias de liquidez, por un lado, y elevar el precio del dinero, por otro. Se trataba del primer acto de un cambio de época, en el que el crédito volvía y, al tiempo, se entraba en una fase de normalidad financiera.

Se ha llegado al mes de marzo y el BCE ha constatado que el crecimiento económico de la eurozona anda fatigado y, con su resople, la inflación vuelve a desvanecerse. Es el acto II: vuelta a las andadas en el menú monetario. En una escena, tipos de interés congelados otro año más. En otra, un nuevo programa de financiación a largo plazo (TLTRO-III) que viene a ser una prolongación indisimulada del QE. Desesperación para los bancos, porque tener liquidez es importante, pero poder prestarla a tipos de interés que cubran el coste de mercado, reflejen el riesgo de la operación y dejen un margen razonable es muy complicado.

La consideración del programa TLTRO-III ilustra que se abandona la idea de un crecimiento sostenido del crédito y se pasa al conformismo, al “Virgencita que me quede como estoy”. En España, por ejemplo, la financiación a hogares registra tasas interanuales positivas desde mediados del pasado año, pero le está costando horrores pasar del 0,5%. El caso de las empresas es aún peor, porque la tasa interanual de la financiación ha pasado del 2,1% en septiembre de 2018 al 0,3% en enero de 2019.

En el tercer acto, aparece el BCE, como deus ex machina que, elevándose por detrás del escenario, viene a salvar al pobre crédito. Observan atónito los bancos, que tratan de buscar respuestas que les lleven a la promesa de la rentabilidad. Para muchos, la respuesta es la digitalización. En una primera instancia, porque obliga a aligerar estructuras y, mediante menos costes, la rentabilidad emerge. Esto es posible hoy, pero es una vía limitada. En segundo término, porque tal vez tecnologías adheridas a la digitalización como el big data y el machine learning pudieran ayudar a dar más y mejor crédito.

Pero la historia aquí se vuelve a retorcer para cerrarse con un final inquietante. Cuando se presta dinero se pueden cometer dos errores estadísticos que los economistas catalogamos de tipo I y tipo II. El primero de ellos ocurre cuando se da crédito a un mal prestatario que, finalmente, acabará siendo moroso. El de tipo II es no darle crédito a un potencial prestatario que hubiera sido un buen pagador. Los bancos podrían minimizar estos errores haciendo más y mejor uso de los datos y reducir el error tipo II. Pero la regulación y la protección de datos les sigue orientando mayoritariamente a minimizar el de tipo I. Sería conveniente que estas tecnologías de explotación de la información se fueran aplicando, sobre todo a nichos de importante crecimiento potencial y de más complicada evaluación crediticia, como el de las pymes.

Surge también un problema de selección adversa. Como las empresas y hogares con mayor perfil de riesgo suelen obtener respuestas responsablemente negativas de los bancos a sus peticiones de financiación, acuden a otras vías para obtenerla. Irrumpen entonces nuevos proveedores y empresas poco sofisticadas en gestión de calidad crediticia que reparten financiación haciendo alarde de avanzadas técnicas de screening mediante big data y hasta inteligencia artificial. Son pocos los casos en los que esa tecnología superior es demostrable. Sucede especialmente en algunos segmentos de negocio como el crédito al consumo. Hay casos internacionales preocupantes, como las de las plataformas de crédito entre particulares (peer-to-peer) en China – aparentemente, un escándalo de fraude– o la proliferación de préstamos apalancados en Estados Unidos. Como en tantas tragedias, se vuelve al principio de la historia, pero en una situación aún peor para los protagonistas que la de inicio: quienes pueden pedir crédito por su capacidad de pago siguen sin demandarlo porque les viene mejor reducir deuda o renegociarla a un coste reducido. Y quienes no deben tener más crédito, piden y ahora, además, se les da.

Francisco Rodríguez Fernández es catedrático de Economía de la Universidad de Granada

y economista sénior de Funcas

 

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