¿Sufre España el síndrome de deudo-dependencia?

El lastre que supone el endeudamiento solo puede afrontarse con reformas estructurales

La ministra de economía, Nadia Calviño.
La ministra de economía, Nadia Calviño. EFE

De pequeño recuerdo haber leído el famoso cuento de la cigarra y la hormiga: en verano la cigarra cantaba mientras se reía de la hormiga, que trabajaba para acumular comida para el invierno, hasta que éste llegó y la cigarra buscó a la hormiga para que le prestase grano; el final todos lo conocemos. Muchos de los países desarrollados o en vías de desarrollo y algunos emergentes están enormemente endeudados; son cigarras y el FMI ya ha alertado de que deben convertirse en hormigas porque muchos de ellos no están preparados para hacer frente a situaciones adversas, como un cambio de ciclo económico o políticas monetarias que endurezcan los tipos de interés o el acceso al crédito. Y es que no aprendemos de la literatura popular, ni siquiera de los errores del pasado cuando hace muy pocos años hemos sufrido una crisis económica y financiera mundial que ha puesto contra las cuerdas al euro y que se ha solventado con el rescate de varios países, mientras el BCE sigue regando con dinero las necesidades financieras de las economías de la eurozona.

Hoy me he despertado pensando que debo a alguien que desconozco tres euros más que ayer, pues la deuda pública per cápita ha crecido un 2,7% en los últimos nueve meses hasta situarse en unos 25.200 euros, a escote, como se dice popularmente. Sin embargo, no hago más que oír que la deuda se va a mantener estable en un 98% del PIB, similar al año pasado, y que incluso el déficit público se reducirá alcanzando superávit primario en 2019; no lo entiendo. Porque claro, yo sé que los Estados no son los que deben ese dinero sino que somos los ciudadanos, los de ahora o los del futuro, quienes pagaremos los excesos del pasado mediante más impuestos; eso y la muerte son hechos seguros.

España es uno de los países más endeudados del mundo y ha cerrado el tercer trimestre de 2018 con un total acumulado de deuda pública de 1.174.917 millones de euros y se estima que el déficit público será similar al del año pasado, manteniendo una senda de crecimiento incesante. Así pues, en los primeros nueve meses del año el aumento del stock de deuda respecto al cierre de 2017 ha sido de 30.500 millones de euros, 7.000 millones menos que en todo el año anterior, y el déficit público a mitad de año suma más de la mitad del total con el que cerró 2017. En este sentido, Bruselas ha criticado la viabilidad de los presupuestos de 2019 poniendo en duda su capacidad recaudatoria y, por tanto, el cumplimiento del objetivo de déficit y deuda pública conforme al Plan de Estabilidad y Crecimiento.

En el fondo, cuando alguien se endeuda no hace más que anticipar al presente los gastos corrientes que podría tener en el futuro y con ello, disfrutar con antelación de un bienestar del que no podría gozar si no fuese por el crédito. El único inconveniente que tiene el sistema es que, 1) no es gratis, pues hay que pagar intereses, 2) hay que devolver el dinero prestado y 3) hay que cruzar los dedos para que se mantenga la capacidad de generar ingresos de modo que no ponga en riesgo la obligación de hacer frente a los dos primeros puntos.

Al igual que una familia, el endeudamiento moderado permite acometer nuevos proyectos e inversiones que posibilitan crecer gracias al efecto multiplicador del apalancamiento financiero. Sin embargo, elevadas dosis de deuda frenan dicho crecimiento debido a que la gran mayoría de nuestros ingresos debemos dedicarlos al servicio de la deuda impidiendo invertirlos eficientemente en mayor crecimiento económico.

En cualquier caso, nos encontramos ante un círculo vicioso en el que los desequilibrios de las cuentas públicas se transforman en incrementos de la deuda que a su vez generan mayores intereses que a su vez aumentan el déficit. Por muchos esfuerzos que los gobiernos realicen para ajustar y recortar el gasto público corriente, la mochila de los intereses tiene un elevado peso y, por ello, es fundamental acometer reformas estructurales que permitan mejorar la recaudación tributaria junto a recortes (palabra políticamente incorrecta) del gasto público improductivo que permitan atacar de raíz el déficit como prioridad estratégica de Estado.

Por otro lado, la clase política habla de la equidad social, la redistribución de la renta y riqueza, pero lo hace con las luces cortas sin pensar que el exceso en el dispendio público no fomenta la solidaridad intergeneracional, pues se está dando una patada hacia delante a un problema que afrontarán las generaciones futuras. Además, algunos políticos se han habituado de tal manera a pagar todas sus decisiones sin el necesario equilibrio presupuestario, con cargo a la emisión de deuda, de forma cómoda, que parecen haberse creado un síndrome de deudo-dependencia aguda del que será difícil desengancharlos. Y los nuevos equipos de Gobierno que llegan se encuentran con una bola cada vez mayor que no saben cómo detener sin afectar a sus intereses electorales, por lo que pasan la patata caliente a los venideros a sabiendas de que nadie les va a responsabilizar por sus malas decisiones ya que muchas veces sus efectos adversos se evidencian a largo plazo.

Si añadimos a la ecuación a los bancos centrales, cuyas políticas monetarias alimentan el fuego de la deuda y facilitan los desequilibrios presupuestarios, tenemos todos los ingredientes para la gran fiesta del gasto en la que vivimos y en la que terminaremos con una fuerte resaca. Para evitar lo que está por llegar, siguiendo las recomendaciones del FMI, Bruselas y la OCDE, habría que diseñar, de forma consensuada y sin paños calientes, una hoja de ruta para reducir significativamente el déficit dejando a un lado los tintes populistas de unos y otros, con sentido de Estado, donde prime la sensatez y la viabilidad económica que nos permita disfrutar ahora del bienestar que podemos permitirnos para que las futuras generaciones también puedan hacerlo. Necesitamos para ello gobernantes hormiga y no cigarras que disparan con pólvora ajena, pues a la larga será beneficioso para todos.

Juan Carlos Higueras Redecillas es Consultor y profesor de EAE Business School

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