Hasta dónde puede llegar la guerra comercial

Una batalla total entre EE UU y China sería un desastre: hay muchas razones para negociar

Guerra comercial EEUU China

El pasado viernes 6 de julio, Estados Unidos implementó de forma efectiva un arancel del 25% a más de 800 rúbricas de importaciones chinas, por valor de 34.000 millones de dólares, a las que seguirán en dos semanas productos adicionales por valor de 16.000 millones de dólares. La respuesta de China fue inmediata, poniendo en marcha la imposición de aranceles del 25% a productos estadounidenses por valor equivalente. Además, aunque todavía no se ha concretado, el presidente norteamericano anunció la elaboración de otra lista de productos chinos, por valor de 200.000 millones de dólares, que serían gravados con aranceles del 10% en caso de represalia por parte del gigante asiático, que podrían incluso extenderse a otros 200.000 millones de dólares adicionales, abarcando con ello la práctica totalidad de importaciones estadounidenses de productos chinos.

El efecto económico de estas medidas todavía no es muy significativo, ya que la lista de productos chinos a los que se empezará a aplicar el arancel representa el 0,35% del PIB chino. El verdadero potencial de impacto está por determinarse. Dependerá de la elasticidad de las importaciones o de la posibilidad de que China encuentre mercados alternativos. El riesgo es que se produzca una escalada de represalias que ponga en peligro el mantenimiento del actual ciclo económico y que tenga efectos secundarios en las tasas de inflación (como ya se ha puesto de manifiesto con el repunte de los precios de las lavadoras, del acero y del aluminio y de las viviendas, tras el arancel a la madera canadiense) y en los beneficios empresariales (con el baño de realidad que dio la empresa Daimler o el fabricante Harley-Davidson).

A pesar de que las amenazas proteccionistas de Trump se están extendiendo a otros mercados, entre los que cabe destacar el sector de automoción europeo (temor que se ha moderado recientemente, al sugerirse que Estados Unidos aceptaría un abatimiento total de aranceles por parte de las dos áreas geográficas), parece que el verdadero objetivo del gobierno de Estados Unidos es poner fin a la apropiación de tecnología estadounidense por parte de las empresas chinas y proteger sus derechos de propiedad intelectual. Si este fuera el caso, no parece probable que la actual tensión disminuya en el corto plazo y solo la aceptación por parte de China de las normas internacionales de la Organización Mundial del Comercio, permitiría un tono menos beligerante del presidente Trump.

Algunos analistas opinan que la escalada en la retórica proteccionista responde a intereses electorales de Trump, cuya popularidad aumenta entre sus votantes a las puertas de las elecciones de mitad de legislatura, que se celebrarán en noviembre. Según estos expertos, tras las elecciones, el incentivo para seguir manteniendo las presiones tendrá una menor intensidad, aunque también cabe ser escépticos en este punto.

¿Y qué decir de China? Pues en primer lugar, que estas tensiones tampoco benefician a una economía en desaceleración, cuyo banco central ha tenido ya que bajar el ratio de reservas exigido a la banca e inyectar liquidez en los mercados financieros. El desequilibrio comercial entre Estados Unidos (importa más de 500.000 millones de dólares en productos chinos) y China (que importa unos 130.000 millones de dólares en productos norteamericanos), hace que resulte imposible para el país asiático tomar represalias comerciales por el mismo importe que Estados Unidos. Esto obliga a China a buscar alternativas “cualitativas” para penalizar a EE UU. Alternativas que podrían tener también efectos adversos sobre la economía mundial.

Las más simples y directas son subsidiar los productos incluidos en la lista de artículos sometidos a aranceles o aumentar la regulación sobre las compañías estadounidenses radicadas en China. También podrían promoverse boicots a los productos estadounidenses o al turismo chino en Estados Unidos, cuya balanza está muy desequilibrada a favor del país asiático.

Quitando estas medidas, existen otros dos botones nucleares a disposición de China, que podrían tener efectos más profundos tanto sobre Estados Unidos como sobre la economía mundial. El primero de ellos sería actuar sobre las reservas de deuda pública en manos de China, que es el principal acreedor de Estados Unidos, con un total de 1,2 billones de dólares en deuda estadounidense. El anuncio por parte de Pekín de su intención de diversificar estas tenencias de deuda o simplemente no renovarla, dispararía los tipos de interés americanos, que a su vez impactarían negativamente sobre la financiación del Tesoro estadounidense y sobre la calidad crediticia de su deuda.

Esta medida, por otra parte, también tendría efectos negativos para China: apreciaría el renminbi respecto al dólar, propiciando así una pérdida de competitividad exterior que agravaría el cargo arancelario y, por otra parte, produciría una depreciación de sus enormes reservas de divisas.

Otro elemento de represalia que no podemos descartar sería la propia devaluación del renminbi, para compensar el efecto arancelario, que podría incluso hacerse con el aval del mercado: es probable que la actual tendencia de devaluación de la divisa china pudiera acelerarse simplemente con un anuncio por parte del banco central chino de permitir que sea el mercado el que fije su precio libremente o de levantar los controles de capital. En este caso, los grandes perdedores serían de nuevo los países emergentes, aunque a la vista de la reacción de los mercados tras la devaluación de la divisa china en enero de 2016, podríamos esperar movimientos de mayor magnitud en los mercados financieros mundiales.

En conclusión, la probabilidad de una guerra comercial total entre Estados Unidos y China sigue siendo escasa en el medio y largo plazo: no habría ganadores en este escenario, por lo que los incentivos para la negociación son poderosos. A corto plazo la escalada de tensión podría seguir penalizando a los mercados financieros mundiales y podrían ser necesarias unas mayores turbulencias para forzar la negociación.

Álvaro Manteca es miembro de CFA Society Spain, y responsable de Estrategias de inversión Banca Privada de BBVA

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