Guindos: El hombre que sabía lo que había que hacer

Luis de Guindos solventa lo difícil, la crisis bancaria, y renuncia a las reformas fáciles por imperativo político

Luis de Guindos y Jean-Claude Juncker.
Luis de Guindos y Jean-Claude Juncker.

No descartemos que el sistema financiero necesite un programa de ayuda de la Unión Europea”. Luis de Guindos hizo en otoño de 2011 fuera de los círculos políticos este comentario premonitorio de lo que terminó ocurriendo al final de la primavera de 2012, y entonces no sabía que tendría que administrarlo él desde Economía en la etapa más difícil que se recuerda en ese departamento desde la Transición. Guindos, virtual vicepresidente del BCE hasta 2026, hablaba en los últimos meses de 2011 todas las semanas con Mariano Rajoy, que le consultaba, como a unos pocos más, cómo afrontar la crisis económica, bancaria y financiera del Estado que latía bajo la superficie, pero sobre la que los mercados financieros habían dado serias advertencias desde hacía ya más de un año. Los círculos políticos especulaban en la que fue la campaña electoral más larga de la democracia (Zapatero anunció en julio elecciones para el 20 de noviembre y se quitó de en medio) con la estructura que debería tener el equipo económico pasa sacar a España del pantano y qué personas estaban capacitadas para hacerlo. La apuesta era una vicepresidencia fuerte con plenos poderes y decisiones inmediatas.

Pero la víspera de Nochebuena optó el presidente por lo viejo conocido y con una estructura sencilla: Luis de Guindos en Economía y Cristóbal Montoro en Hacienda. Y no le ha ido mal con la pareja, aunque hayan tenido sus disputas en la sombra, generalmente porque el uno se metía en asuntos del otro, y el otro, en los del uno.

Luis de Guindos (Madrid, 1960) había sido director general de Política Económica y ‘número dos’ de Rato los ocho años de Aznar en Moncloa, conocía los resortes del poder, y sin adscripción política en el PP ni escaño en el Parlamento, ha tenido siempre pleno respaldo de Moncloa y del grupo parlamentario. Liberal tamizado de convicciones democristianas, su gestión ha convertido la crisis en historia en seis años, y aunque la variable social no se ha recompuesto, el empleo avanza a buen ritmo, la banca está saneada y el Estado tiene quien le preste.

Hizo intensa pedagogía sobre qué hacer y cómo hacerlo y llevó el peso de la disputa con Bruselas cuando pintaban bastos. Algunas de sus decisiones han pisado dolorosos callos en algunas sensibilidades del PP, como el descabalgamiento de Rato de Bankia, que traería efectos secundarios en el afloramiento de sus malas prácticas con la tarjetas black, e incluso su cuota de responsabilidad en la salida a Bolsa de la entidad.

Guindos tenía in mente nada más llegar a Economía la búsqueda de una salida para el sistema financiero, que tras la caídas del irlandés, el portugués y el griego, irradiaba desconfianza y era candidato a ser arrastrado a la ciénaga por unos mercados ávidos de cobrar nuevas víctimas. Convencido de que sobre la solvencia y credibilidad bancaria pivota el crecimiento económico, puso en marcha dos duros decretos de exigencias de provisiones para los activos dañados de los bancos, Guindos I y Guindos II, que trataban de cubrir las hipotéticas pérdidas que los procesos de capitalización blanda, las ayudas del fondo de garantía y del FROB y las fusiones frías ensayadas no habían resuelto. La banca renegó de las dos embestidas y la parte más débil, las cajas de ahorros, chocaron con la incapacidad para generar las provisiones reclamadas.

La consecuencia más inmediata fue que Bankia saltó por los aires, dado que sus gestores consideraban que precisaban una cantidad de recursos, el Gobierno identificaba otra, y el Banco de España, que mantenía una pasividad desconcertante, otra; pero lo más sorprendente es que la inyección de dinero público no encontraba financiador en los mercados. Aunque las necesidades estaban cifradas en torno a los 45.000 millones de euros, nadie estaba dispuesto a ponerlos a disposición de España, y no quedó otra que aceptar en junio de 2012 una línea de ayuda de la UE de 100.000 millones de euros para rescatar las cajas de ahorros: “No descartemos que el sistema financiero necesite un programa de ayuda”, recuerden.

La víctima secundaria, pero tan importante e incluso más cara que el rescate de las cajas, es la credibilidad del Banco de España, que también salta por los aires. Un desentendimiento crónico y creciente entre el ministro de Economía y el entonces gobernador, Fernández Ordóñez, abre una espiral de confrontación que se salda con la salida precipitada de Ordóñez a petición propia, y el vaciado del tradicional prestigio del Banco de España como autoridad económica, y como supervisor, una tarea ya cuestionada por los acontecimientos. Ni Guindos ni Ordóñez, política e ideológicamente irreconciliables, pueden sentirse satisfechos del legado del Banco de España, que enterró en una primavera el prestigio de décadas. Y si Guindos entra en el BCE sin consenso político nacional, así pasó por allí también Ordóñez, ambos víctimas de la ruptura del espíritu de la Transición, una quiebra que se ha apoderado de la vida pública, y que tiene paralizado al país.

Guindos ha cerrado la crisis bancaria con la absorción de Popular por Santander, y dispone en resultados económicos de los mejores desempeños en las peores circunstancias. Hizo lo difícil, y dejó en el aire lo fácil, un buen número de reformas económicas que taponan nuevos espacios de libertad económica, y cuyo desatasco abriría nuevas posibilidades de crecimiento.

Y si Rajoy experimentó los más bajos niveles de presencia de España en las instituciones decisivas de la Unión Europea, por torpeza política y por los problemas que el país ocasionó a Europa y al euro, Rajoy ha logrado recomponer el desequilibrio con Guindos, amparado, entre otras cuestiones, en el éxito que él personifica de la recuperación de la economía.

 

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