Humanismo
El presidente de Bankia, José Ignacio Goirigolzarri, junto al ensayista y director de la Fundación Juan March, Javier Gomá.

Un filósofo y un banquero en busca de la empresa humanista

Javier Gomá y José Ignacio Goirigolzarri ligan competitividad y humanismo

Los expertos debaten en una jornada de Deusto Business School

La visión y los preceptos del humanismo clásico están puestos en duda. El torrente de la corriente posmodernista ha revuelto sus aguas y ha puesto en jaque la fortaleza de todos sus postulados. Esto, hasta hace unas décadas, era casi incuestionable. En todo este conglomerado resulta imposible obviar el papel de la transformación científica y tecnológica, que ha convertido muchos imposibles en factibles, y en ocasiones, trastocado ideas humanistas que hasta la fecha eran innegables. Abordar muchas de las ideas que engloban al humanismo se ha convertido en una difícil tarea: en qué ha quedado esta corriente, qué le depara, dónde puede aplicarse... Pero quizá, más difícil aún es intentar introducirla en el mundo de la empresa, aunando dos dimensiones que tradicionalmente han entrado en conflicto, como son la competitividad y el propio humanismo.

Quién mejor que un conocido banquero para intentar resolver algunas de estas preguntas. Es el caso de José Ignacio Goirigolzarri (Bilbao, 1954), presidente de Bankia, uno de los perfiles del sector empresarial con quizá más autoridad para hacerle frente a esta dualidad, a caballo entre la gran empresa y el estudio de la razón. El ejecutivo, que pasó por el Banco de Bilbao, BBVA, Telefónica o Repsol, preside Bankia desde 2012, habiéndose enfrentado a la difícil sucesión de Rodrigo Rato, al ERE que sufrió la entidad en 2013 o al litigio de las cláusulas suelo. Recibe semanalmente dos horas de clases particulares de Filosofía, disciplina de la que no oculta ser adepto. Entre sus autores favoritos se encuentra Javier Gomá (Bilbao, 1965), ensayista, escritor y director de la Fundación Juan March. Fue precisamente con él con quien disertó esta semana acerca de los postulados humanistas y de su peso en las empresas, en una jornada organizada por Deusto Business School en Madrid.

Conviene, antes de nada, situar esta disciplina en el contexto actual. “La crítica de la posmodernidad al humanismo clásico viene determinada por ese regusto aristocrático que ha llegado hasta nuestros días. Algo que establecieron unas pocas personas. Todos hombres, occidentales, blancos y de clase alta. La posmodernidad nos ha enseñado que tras ese discurso hay una tendencia dominadora”, introdujo Gomá, autor de obras como la Tetralogía de la ejemplaridad. Hoy, prosiguió, ser culto no consiste en guardar en la memoria infinidad de datos e información, sino en tener conciencia histórica: “Personas analfabetas pueden ser cultas si saben que toda realidad humana es cambiante, incluso el humanismo”. ¿Y cuál es uno de los aspectos en los que la situación se ha transformado? “Vivimos en una sociedad igualitaria, donde no caben los discursos autoritarios y jerárquicos del humanismo tradicional. Solo existe un pueblo: la humanidad. Y solo existe un principio: la dignidad”.

¿Hay, por lo tanto, algún hueco posible para el movimiento humanista del siglo XXI en las compañías? Goirigolzarri cree que sí: “Yo entiendo la competitividad en cualquier proyecto, incluido el empresarial, como su capacidad para ser sostenible en el tiempo”. En opinión del banquero, tras esta afirmación se esconde algo más. “La primera condición es que la sociedad quiera que existas. Para que el cliente nos quiera, tenemos que tener una propuesta de valor. Para que la propuesta cobre forma hay que producirla con eficacia, de forma rentable. Y para que haya rentabilidad, el proyecto debe ser sostenible en el tiempo”. En definitiva, es indispensable un equipo motivado que sienta como suyo el objetivo final y una sociedad que vea a la compañía como un agente responsable, para no castigarla y consumir sus servicios. “Eso solo es posible con el humanismo”.

Es obligado, por lo tanto, encontrar esas fórmulas que se encuentran en este movimiento ideológico y cultural, y que actúan a su vez como barrera ante situaciones reprochables socialmente. Quizá, la mayor de ellas sea la dignidad de las personas, “el sentimiento más transformador de la historia de la humanidad”, sostuvo Gomá. La autoestima, en opinión del filósofo y ensayista, es lo que molesta. Estorba al exceso de competitividad, al intento de producir a cualquier precio, a convertir a las personas en solo máquinas. Por eso, de la misma manera que, a día de hoy, puede ocurrir que algo sea posible científicamente, pero no humano, puede darse el caso de que algo factible en la empresa carezca de ese aprobado humanista, recalcó Gomá.

La dignidad de las personas es el elemento más transformador de la historia

Javier Gomá

En consecuencia, el humanismo ha demostrado que no todo vale. Y tampoco en las compañías. José Ignacio Goirigolzarri recogió el testigo: “Una empresa es un mosaico de derechos, de obligaciones y de principios”. Por eso, y a colación de una de las muchas frases hechas y recurrentes en los últimos tiempos, que aseguran que tratar bien a los empleados redunda en una mejor productividad, el banquero se mostró tajante: “No hay que respetar a una persona porque sea rentable, sino porque es una persona”. Si esto se hace así, la propia compañía entrará de lleno en unas dinámicas diferentes, humanistas y realmente transformadoras, dando pie a la meritocracia, a la implicación de los profesionales y a un objetivo que dependa de absolutamente todos los miembros del equipo. El respeto, aseguró este banquero, es una forma de gestión coherente con la propia competitividad del mercado. “En Bankia estamos llevando ese principio a la realidad: personas que tienen buenos resultados pero que tratan mal a alguien, fuera”.

Personas que tienen buenos resultados pero que tratan mal a alguien se van fuera

José Ignacio Goirigolzarri

Decía el novelista ruso León Tolstói que es más fácil escribir diez volúmenes de principios filosóficos que poner en práctica uno solo de sus principios. Pero en el caso de poder llevar este propósito a la realidad, esta evolución humanista redundaría a su vez en el resto de la sociedad, aunque, eso sí, moviéndose a un ritmo pausado y sin consecuencias a corto plazo. “Una sociedad ilustrada compraría solo productos decentes y castigaría a las empresas que no siguiesen esa conducta. Pero eso solo se consigue haciendo de la mayoría una excelencia, superando el concepto de masa”, añadió Javier Gomá. Esto, cómo no, presenta sus desafíos, ya que la sociedad ilustrada obliga a la empresa a ir más allá de los principios establecidos. “Llegado el caso, te puedes equivocar en la aplicación de un principio concreto, pero no en ese principio en sí”, reconoció Goirigolzarri. Por eso, la empresa humanista también debe emplear sus esfuerzos en comunicar, en demostrar haber adoptado ese cambio, “porque solo el ejemplo legitima el liderazgo. Alguien no está motivado por escuchar un discurso cada seis meses, sino por lo que ve en su día a día. Para que una empresa esté bien dirigida, lo que necesita es ser un vivero de líderes”.

Sin menospreciar los retos que las organizaciones y el humanismo tienen por delante es de justicia, insistió Javier Gomá, recordar que a pesar de todo lo ocurrido, el avance del ser humano, no solo científico, sino también moral, ha sido imparable a lo largo de toda su historia. El director de la Fundación Juan March recurrió a un término de cosecha propia en el que engloba toda esta transformación, y al que se refiere como el poder creador de la chapuza. Los humanos “somos mezquinos, ruines y vulgares, pero cuando se trata de sobrevivir se produce una mutación genética que hace que nos adaptemos. Lo cierto es que en los últimos siglos no hemos hecho más que progresar material y moralmente, no sin rodeos, no sin regresiones, no sin caídas al abismo. Pero al mirar con vista de pájaro qué ha hecho la humanidad se ve que, chapuceramente, ha ido adaptándose y progresando”. El escritor desarrolló esta idea con tan solo una pregunta: “Si fueses un parado, un pensionista, un preso, un enfermo o un inmigrante, ¿en qué época de la humanidad te hubiese gustado vivir?”.

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