Tribuna

Enderezar el rumbo del barco europeo

La Europa que se perfila en el horizonte, si no ponemos remedio a tiempo, es débil, desordenada, introvertida e inclinada hacia la derecha más radical

La ampliación de la Unión Europea la ha convertido en algo demasiado grande. Su estructura arquitectónica y su método comunitario la hacen excesivamente rígida para avanzar en la consecución de su objetivo original: la integración de la economía y una mayor competitividad en un mundo globalizado.

Hoy, muchas voces lamentan no haber antepuesto la profundización a la ampliación. Que conste que no se trataba de dilatar en el tiempo la integración de los nuevos países, sino de reformar el edificio comunitario antes de dar cabida a nuevos países que debían hacer un inmenso esfuerzo para adaptarse y superar uno de los problemas que destaca en la actualidad, y que no es otro que la dependencia de las decisiones que se toman fuera de sus países vulnerando su identidad.

La imagen que la Unión Europea está dando a raíz del estallido de la crisis de los refugiados es lamentable, y se coloca muy lejos de aquella Europa cercana a ser el paraíso del respeto de los derechos humanos y de la defensa de los valores éticos y morales.

Actualmente, Europa es una región con un fuerte potencial de conflicto: el Gobierno polaco se sitúa en la extrema derecha del nacionalismo y del euroescepticismo, en el otro extremo se encuentra Grecia o, quizás también, Portugal. El arco parlamentario está más fragmentado que nunca con profusión de coaliciones de extrema derecha o discursos xenófobos (Finlandia, Dinamarca). En Hungría, la extrema derecha avanza, y está ya muy presente también en Eslovaquia, Holanda o Bélgica. Por no citar a las dos potencias europeas, Alemania y Francia, en las que no cesa de crecer la extrema derecha (Alternative für Deutschland y el Frente Nacional de Marine Le Pen).

La Europa que se perfila en el horizonte, si no ponemos remedio a tiempo, es una Europa débil, desordenada, introvertida y muy inclinada hacia la derecha más radical.

"Hoy muchos lamentan no haber antepuesto la profundización a la ampliación"

En este entorno tan diverso, asistimos recientemente a dos eventos que deberían marcar el camino hacia una recuperación del espíritu europeo: el discurso en el Parlamento Europeo del presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker sobre el estado de la Unión y la cumbre europea de Bratislava.

El presidente Juncker ha intentado recuperar la ilusión por el proyecto de la Unión y volver a darle la coherencia perdida en estos últimos años, no sin reconocer que la Unión Europea está atravesando una “crisis existencial”. Todos podemos coincidir en el diagnóstico de la situación, pero algunos dudamos que vaya a ser fácil aplicar un tratamiento eficaz. No basta con pedir a los Gobiernos nacionales y a las instituciones europeas que aúnen esfuerzos para superar la crisis existencial, hay que pedir que sean flexibles en las negociaciones para llegar a acuerdos unitarios. Las ventajas que de ello se obtengan serán en beneficio de todos los ciudadanos.

En este sentido, es muy importante que la Comisión negocie con cada uno de los Estados miembros una agenda de acciones concretas que, en un plazo corto, sea capaz de poner en práctica. Hay que demostrar a la ciudadanía que los proyectos están dando resultados.

Por ejemplo, ¿qué pasa con el Fondo de Inversiones (plan Juncker)? Hay que publicitar con mayor intensidad los resultados que está consiguiendo este plan. La evidencia de que, gracias a este plan, están aumentando los puestos de trabajo y se está contribuyendo al crecimiento económico sustraerá a muchos ciudadanos de su escepticismo. Lo que ocurre es que, generalmente, el crecimiento y la creación de empleo es un punto a favor que se adjudican los Gobiernos nacionales como mérito propio. Práctica que considero necesario erradicar.

Por otro lado, la reunión de los jefes de Gobierno de 27 Estados en Bratislava fue la primera cumbre sin la presencia de Gran Bretaña. Allí, tras reconocer que la Unión Europea no es perfecta, pero sí “el mejor instrumento de que disponemos para abordar los nuevos desafíos a que nos enfrentamos”, se acordó buscar soluciones comunes, principalmente en temas de seguridad económica y social.

Una declaración algo ambigua, como era de esperar; sin embargo, solo el cumplimiento de sus promesas, si estas permiten una recuperación de la economía y de la seguridad, evitará que el barco europeo siga navegando a la deriva. Ahora, deberemos esperar a la cumbre del mes de marzo que celebrará el 60 aniversario del Tratado de Roma. Confiemos en que sea una celebración feliz.

Agustín Ulied es profesor del departamento de Economía de Esade Business School. Miembro del Team Europa.

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