Editorial

Un Gobierno euroescéptico y pragmático

Theresa May, primera ministra británica.
Theresa May, primera ministra británica. Getty Images

El casi equilibrio númerico de fuerzas euroescépticas y europeistas del Gobierno de Theresa May –cuatro de sus ministros han apoyado la permanencia en la UE y otros tres han hecho lo mismo con el brexit– es más una apariencia que una realidad, al menos si se tiene en cuenta el peso específico de los nombres antieuropeístas y las carteras que se les han concedido. Boris Johnson, ex alcalde de Londres y líder destacado de la campaña probrexit, ocupará el ministerio de Exteriores y será, por tanto, el interlocutor por excelencia en las relaciones del país con Bruselas. Pese a la inevitable cortesía diplomática con que ha sido acogido el nombramiento –la Comisión Europea afirmaba ayer estar dispuesta a “trabajar y cooperar” con él mientras Johnson destacaba su “orgullo” ante la oportunidad que se le presenta– no hay duda de que la apuesta de Theresa May es un signo claro de su intención de mantener la decisión ciudadana de los británicos respecto a la salida de Europa, así como una muestra de su posición de firmeza frente a Bruselas.

También David Davis, el hombre que pilotará el ministerio encargado de gestionar el brexit, presenta un perfil euroescéptico que supone un guiño a los eurófobos del partido conservador. Davis tiene muy clara su hoja de ruta al frente del ministerio que le ha concedido May: lograr que Reino Unido limite su dependencia económica de la demanda doméstica. El tercer nombre del club probrexit será Michael Fallon, líder del departamento de Defensa, un puesto que los conservadores consideran esencial para mantener la influencia internacional de Reino Unido. En el ala favorable a permanecer en la UE, destaca el ministro de Economía, Philip Hammond, que es partidario de relajar la disciplina presupuestaria en el país, en clara oposición a Bruselas, y que tiene como gran objetivo negociar un nuevo canal para acceder al mercado único europeo.

El equipo de Gobierno de May no ofrece, a priori, un perfil conciliador respecto a Europa. Desde el punto de vista de la política interna británica, tiene su sentido, dado el resultado de referéndum favorable al brexit, pese a que este haya sido logrado por un margen estrecho. En ese sentido, la nueva primera ministra no va a dirigir un país unido, sino quebrado por una decisión cuyas consecuencias todavía están por ver. Sin embargo, es probable que el perfil euroscéptico del nuevo Ejecutivo se module con el potente pragmatismo económico que se desprende ya de algunas de las manifestaciones que han realizado sus miembros. No en vano, Reino Unido tiene a sus espaldas siglos de hegemonía comercial y de diplomacia internacional. El reto ahora está más bien en la estrategia que adoptará Bruselas para reubicar estratégicamente las necesarias relaciones con Londres sin mandar el peligroso mensaje de que es posible –y deseable– tener lo mejor de ambos mundos.

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