Tribuna

Contradicciones económicas

A nadie se le escapa que estamos ante una situación económica inédita, donde no son aplicables las premisas de la economía convencional, ni lo aprendido de los éxitos macroeconómicos del neokeynesianismo aplicado a otras crisis de nuestro pasado más reciente. Ha sido poco lo aprendido de esta crisis; hemos aprendido poco del sufrimiento que han padecido las capas más vulnerables de la sociedad, a las que se les ha arrebatado su trabajo y sus viviendas, y cuya respuesta espontánea ante lo ocurrido, más allá de la indignación, ha sido la resignación y la aceptación de la fatalidad y de las duras políticas de ajuste ante una crisis especialmente compleja.

Complejidad que se agrava aún más para nuestro país ante las singularidades estructurales y productivas de la economía española, de las que podemos destacar: una relacionada con la ley de Okun, que viene a advertir que para nuestro país el crecimiento de empleo neto, en condiciones estables de otros factores, se produce solo a partir de un crecimiento del PIB superior al 2,5%; y otra relacionada con la tasa Nairu, que es de un 11% de desempleo, mientras que en EE UU es del 6%. Esto quiere decir que por debajo del 11% de paro se genera inflación. Estas singularidades hacen que los efectos de las políticas económicas implementadas no sean tan automáticos ni tan desambiguados como advierte la teoría económica.

Si los economistas no entienden lo que está pasando ante la complejidad de un sistema económico perverso, lleno de contradicciones, de aporías y de círculos viciosos, incapaz de generar mayor felicidad para un mayor número de personas, cómo queremos que lo entiendan las clases más desprotegidas y menos formadas financiera y económicamente. La respuesta ante lo desconocido, ante la incertidumbre, inevitablemente, es el miedo y la aceptación. Especialmente cuando los economistas se han encargado de convertir leyes financieras en leyes naturales; cuando todos sabemos, por ejemplo, que la regla que rige la economía financiera, es decir, la función exponencial de capitalización compuesta, no se encuentra precisamente en la naturaleza, ni siquiera en la economía productiva. Para eso los financieros y especuladores ya han tirado de la serie de Fibonacci, que sí se encuentra en la naturaleza (en los girasoles, en las caracolas…), para hacer previsiones bursátiles chartistas.

Además los economistas, y subsecuentemente los políticos, han trasladado torticeramente, con agravantes de nocturnidad y escalamiento, conceptos morales a cuestiones meramente técnico-económicas desustancializadas. Por ejemplo, nadie dudaría de que el ahorro es un concepto moralmente defendible, o que el trabajo y el esfuerzo son valores morales a preservar. Pero en el ámbito económico capitalista, el ahorro no siempre es bueno, pues genera subconsumo; ni el trabajo es siempre apreciado, pues genera problemas de falta de productividad. La instrumentación moral de mecanismos económicos perversos ha generado una enorme confusión entre la gente, para la que es difícil desligar lo éticamente conveniente de lo éticamente reprobable. Sin ir más lejos, no hace mucho en nuestro país, en plena crisis económica, nos hemos encontrado de forma simultánea a un ministro que defendía la austeridad y el ahorro, mientras otro animaba a la gente a consumir y gastar compulsivamente para estimular la economía y la demanda interna. Pero la cosa cambia cuando hablamos de crecimiento económico.

El crecimiento económico queda establecido como el horizonte necesario y de consenso para lograr una mayor felicidad para un mayor número de personas: trabajadores, empresarios, rentistas, etc. Pero resulta que crecer es cada vez más costoso en términos financieros, energéticos o ambientales. Es decir, cada vez se requiere de una mayor cantidad de dinero financiero para generar un euro de PIB; a su vez, cada vez se requiere un mayor crecimiento de PIB para generar un puesto de trabajo estable. Por lo que, aplicando la regla de transitividad, cada vez se requiere de mayor economía financiera para generar un mismo puesto de trabajo, por lo que nos encontramos con un círculo vicioso endemoniado que tiende a hacer crecer de forma incontrolada la economía financiera para satisfacer las peticiones electorales de un mayor crecimiento del empleo.

Por tanto, lo que parecía un objetivo básico de consenso, el crecimiento económico, no es sino un problema a medio y largo plazo para nuestras economías, cada vez más obesas y saturadas financieramente. Muchas de las premisas económicas que compartimos son erróneas, y mucho de lo que se viste de complejidad económica o financiera no es sino la manifestación de numerosas contradicciones encadenadas.

Francisco Cortés García es doctor en Economía e investigador de la Universidad Autónoma de Chile.