Tribuna

Modelos más complejos de medición de impacto

En los últimos años hemos asistido a la publicación de multitud de informes sobre el impacto económico de diferentes proyectos de inversión pública, como la Alta Velocidad, los nuevos aeropuertos, espectáculos deportivos, Mundiales, Juegos Olímpicos o eventos culturales, por citar algunos ejemplos. Calcular la repercusión y el retorno de este tipo de iniciativas parece esencial como principal argumento para la “venta” de las mismas.

Partiendo de la base de que los modelos de medición de impacto se fundamentan, principalmente, en dos pilares, la generación de riqueza y el empleo, sin embargo, ninguno cualifica si ese gasto o esa inversión han merecido realmente la pena. Si realmente supone una mejora o progreso específico que conlleva una mejora en la situación socioeconómica del país. No todos los proyectos de inversión nos ayudan a progresar como sociedad, a pesar de que tengan un impacto económico sobresaliente.

Los modelos económicos actuales precisan, por tanto, evolucionar hacia un nivel más sofisticado. El objetivo debe estar enfocado al desarrollo de modelos complejos a través de los que ser capaces de medir múltiples activos, tangibles e intangibles, que abarquen de una forma holística los capitales socio-económicos por excelencia: capital social, capital conocimiento, capital relacional, capital tecnología, capital medioambiental y capital imagen. Y es que todos estos activos aportan, contribuyen y generan valor para un país.

Es preciso conocer, por ejemplo, desde el punto de visto social, cuál es la contribución de los proyectos a la transformación de los modelos sociales, incluyendo perspectivas que favorecen la inclusión, la solución de problemas sociales y el desarrollo de un tejido social más sofisticado y profesionalizado.

En relación al conocimiento, es fundamental tener en cuenta la aportación de los proyectos a la generación de talento, nuevas capacidades y oportunidades profesionales para las personas, factor básico de progreso de la sociedad. Si a esto unimos la orientación de los proyectos a la generación de nuevos activos tecnológicos, desgranando la capacidad de los proyectos de utilizar y transformar las tecnologías existentes y desarrollar nuevas, estaremos realmente invirtiendo en la generación de nuevos sectores, nuevos ámbitos de producción y nueva economía.

La riqueza del análisis debe medir también la capacidad de los proyectos para generar y construir relaciones, tanto profesionales como personales, vínculos estables con nuevos agentes, públicos y privados, nacionales e internacionales. Estos agentes, cuanto más ricos, diversificados e influyentes sean, nos permitirán explotar mejor los resultados y difundir los mismos más allá de nuestras fronteras, extendiendo de esta manera nuestra influencia más allá de lo local.

Junto a estos, no se puede excluir en la medición de una inversión la contribución de la misma al respeto medio ambiental, como principal elemento impulsor del progreso, fomentando la utilización de prácticas sostenibles, eficientes y respetuosas con el medio natural.

Por último, y no menos importante, cualquier proyecto puede contribuir a transformar las organizaciones con las que trabaja. La difusión de nuevos valores, nuevas formas de hacer y la propuesta de sofisticar el entorno empresarial, debe formar parte de la medición del impacto.

Si no conocemos y no medimos estos atributos intangibles, será difícil actuar sobre ellos. Si queremos entender el mundo debemos trabajar en modelos complejos, explicar la realidad desde la perspectiva de la contribución real, no solo medida en euros. Los modelos actuales de impacto económico deben evolucionar. Se pueden gastar millones que, medidos desde la perspectiva de generación de PIB y empleo interesen, pero por contra dejar un pobre y escaso legado para nuestra sociedad. ¿Es realmente esto lo que perseguimos? Quizá es precisamente lo que debamos evitar.

Ana Andueza es socia de la industria de Sector Público de Deloitte.