COLUMNA

En los atajos de Europa, España se pierde

Los avances institucionales más importantes en Europa se han llevado a cabo a través de atajos para alcanzar los objetivos perseguidos sin correr demasiados riesgos cuando no se daban las condiciones necesarias. El primer atajo se hizo con el Tratado de Roma. Los seis países fundadores no contaron con el parecer de los ciudadanos porque la elite dirigente creía tener más visión del futuro que la gente corriente.

Vino después el atajo de una moneda única antes de la indispensable unión política. Al no llevarse a cabo las reformas estructurales que exigía la disciplina del euro, los efectos del deterioro de la competitividad no se hicieron esperar. Algunos países importantes, como Francia e Italia, que antes tenían un superávit notable en el comercio exterior, pasaron a registrar un déficit significativo.

Pero el caso más emblemático fue España. El deterioro de las relaciones con el sector exterior durante el largo periodo de bonanza fue mucho mayor que los demás países: un déficit corriente exterior y el correspondiente endeudamiento crecientes hasta el día de hoy a niveles históricos. Sin embargo, lo más grave es que la mitad de ese deterioro financiaba la construcción de viviendas, es decir, el consumo. La economía, pues, ha estado viviendo durante largos años por encima de sus posibilidades, exceso cuya corrección va a hipotecar la salida de la recesión en que ahora está sumida.

El tiempo dirá si Europa alcanzará la integración política que se intentaba a través del euro, pero se siguen cometiendo errores en la persecución de ese objetivo. El Tratado Constitucional y su sucesor el Tratado de Lisboa fueron, por su redacción, excesivamente largo el primero e ininteligible el segundo, prototipos de lo que no debe ser una Constitución.

Pero el error principal es que se ha vuelto a recurrir al atajo. Se ha querido establecer una Constitución anticipándose a las aspiraciones de los ciudadanos cuando era evidente que para ellos Europa era todavía algo lejano y era incapaz de responder a sus preocupaciones.

Y ahora ¿qué? Con el no irlandés la Unión Europea ha vuelto a instalarse en la crisis institucional que la mina desde hace una decena de años.

La lección irlandesa es esencialmente ésta: incluso el país que sobre el papel exhibe las credenciales más sólidas a favor de Europa no está inmune a un cambio drástico de parecer. España, por ejemplo, siempre ha dado muestras de gran europeísmo que ahora se podría apagar a la vista de una economía que sale mecánica y difícilmente de una recesión y que probablemente va a ser incapaz de mantener la recuperación a un ritmo aceptable porque el agotado motor del ladrillo no será relevado por el sector exterior, mientras el paro alcanza niveles no vistos en mucho tiempo.

Pero la Unión Europea no es culpable de que los responsables políticos de la economía española pensasen al parecer que el acceso al euro permitía una financiación sin límites de un fuerte y creciente déficit corriente exterior y un crecimiento económico basado exclusivamente en la expansión de la demanda interna, la construcción.

Quizás por eso los bancos y cajas no vieron peligro alguno en endeudarse en el exterior y dedicar una parte muy elevada de su cartera crediticia a los préstamos hipotecarios vinculados a la construcción de viviendas.

Parece que el supervisor prudencial, el Banco de España, tampoco vio riesgo alguno en esta situación ya que era evidente que la cuantía de ninguno de los préstamos individuales superaba el 25% de los recursos propios de la correspondiente entidad de crédito, límite que la normativa española fija para la concentración de riesgo. Pero si en vez de atenerse a la letra se tiene en cuenta el espíritu de esa normativa, o si se quiere al sentido común, se vería que si esos innumerables préstamos individuales no están relacionados formalmente para ser considerados grupo de clientes, sí lo están funcionalmente por la coyuntura, pues muchos de ellos pueden verse afectados simultánea y negativamente por un agente externo, un estancamiento económico, una subida de tipo de interés, etcétera.

El inevitable estallido de la enorme burbuja inmobiliaria se ha acabado reflejando en fin de cuentas en un práctico parón en la expansión del crédito, con el riesgo de que la crisis del sector se extienda a una economía ya en recesión. Como era de esperar, se ha empezado a agitar el espectro del aumento del paro a que esto llevaría, proponiendo medidas para que el Estado siga el ejemplo de Estados Unidos.

Pero estas ayudas serían pan para hoy y hambre para mañana y pasado mañana. La construcción impulsaría la economía temporalmente pero ésta volvería inexorablemente a decaer por el peso del desequilibrio exterior que la esperada economía del conocimiento no habrá logrado corregir.

Anselmo Calleja. Economista y estadístico