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Para pensar
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Europeos, empresas y ascenso del populismo

En vez de hacernos todos fuertes en la unión, la opción en ascenso hoy entre los europeos ofrece una regresión histórica hasta conseguir una Europa debilitada

Protesta contra la extrema derecha alemana, Afd, delante del Parlamento alemán, el 21 de enero pasado.
Protesta contra la extrema derecha alemana, Afd, delante del Parlamento alemán, el 21 de enero pasado.FILIP SINGER (EFE)

Si, como dijo Burke, para que triunfe el mal, solo es necesario que los buenos no hagan nada, la mitad de los europeos no han hecho nada: se abstuvieron en las elecciones de la pasada semana pensando, sin duda, que ganara quien ganara, no cambiaría su vida cotidiana. Si esto es siempre un error cuando más de la mitad de nuestra legislación interna viene de Europa, lo es todavía más en momentos de cambio como los que vivimos con el ascenso de China, el desafío de Putin y el retraso acumulado por Europa respecto a Estados Unidos. Y, sobre todo, lo es cuando las fuerzas que más han subido en votos, hasta situarse en el segundo puesto en el Parlamento, son las que recogen el malestar que ellas mismas han azuzado y que pretenden canalizar hacia fórmulas fracasadas, que debilitan nuestras opciones de salir airosos en el nuevo contexto internacional al buscar una marcha atrás en el proceso de integración europeo. En vez de hacernos todos fuertes en la unión, la opción en ascenso hoy entre los europeos ofrece una regresión histórica hasta conseguir una Europa debilitada que hará las delicias de nuestros adversarios y enemigos externos y nos precipitará hacia la irrelevancia mundial.

¿Cuánto tardará la actual desconfianza hacia las instituciones europeas de estos votantes populistas en tornarse recelos hacia el vecino y nuevos enfrentamientos en territorio europeo? Justo lo contrario de lo que indica el sentido común y el propio conocimiento de nuestra historia reciente y menos reciente. El asalto a la razón por parte del populismo, en medio de la indiferencia generalizada, trae los peores recuerdos de la fratricida historia europea.

Al menos, así lo entendieron la mayoría de los grandes empresarios alemanes que decidieron hacer algo. Y alzaron su voz ante las elecciones europeas, creando una alianza llamada Defendemos los Valores que publicó un comunicado llamando a votar, en primer lugar, y a no hacerlo por opciones extremistas, racistas y populistas. Esta declaración sorprendió a algunos que siguen pensando que los empresarios no deben meterse en política. Pues yo defiendo que sí deben, como deben tener, exponer y defender valores que muestren compromisos sociales con sus grupos de interés, como, por ejemplo, cuando les pedimos que asuman los Objetivos de Desarrollo Sostenible aprobados por Naciones Unidas.

También se ha señalado en el comunicado la contradicción entre el objetivo manifestado por estas fuerzas extremistas y populistas de regresar a una “Europa de las naciones” cuando los empresarios defienden una Europa “fuerte, abierta y democrática” porque es lo que mejor apoya sus negocios y los puestos de trabajo. Desde esa perspectiva, no es extraño que los empresarios señalen a las opciones populistas como un peligro, por ser su nacionalismo trasnochado una amenaza a la integración europea que tanto tenemos que cuidar, porque nos va en ello la prosperidad de todos, ya que necesitamos más Europa si queremos competir con China y EE UU, o resistir las amenazas de Putin.

Otro ámbito, no menor, donde se evidencia la contradicción entre intereses empresariales y fuerzas populistas es en las perspectivas del mercado laboral europeo: “Tenemos una escasez de mano de obra que solo pueden cubrir los extranjeros”, dice el español López Borrego, consejero delegado de Thyssenkrupp. El envejecimiento de la población europea y la baja tasa de natalidad nos fuerza a recurrir a mano de obra inmigrante a una escala creciente en el tiempo. Y esta necesidad evidente se puede ver perjudicada por la obsesión antiinmigración expresada por las fuerzas extremistas y populistas europeas.

Repasando, pues, los asuntos que están en juego, sorprende que haya tantos europeos que no se sientan motivados a actuar, depositando su voto en las urnas (un privilegio del que solo gozamos un 8% de la población mundial, según el índice de The Economist), pero, también, que haya habido tantos empresarios que se hayan quedado mudos ante las opciones de futuro expuestas para Europa. Es posible que los empresarios alemanes recuerden lo que implicó su silencio en los años treinta del siglo pasado, cuando no se tomaron en serio a Hitler y luego, pensaron que, llegado al poder, lo domesticarían (El orden del día, de Éric Vuillard).

Pero, además, sostengo que en el mundo actual es necesario que las empresas, como parte destacada de la sociedad civil, se involucren en la solución a los nuevos problemas comunes, ya que las viejas categorías de individual y colectivo, así como de público y privado, han cambiado de sentido. Por ejemplo, para que funcione el reciclaje de las basuras es necesario alinear el compromiso individual de cada uno de nosotros en nuestros domicilios separándolas de forma adecuada, con el compromiso colectivo expresado por el ayuntamiento garantizando la separación en todo el tratamiento posterior. A otro nivel, los dos grandes desafíos globales, la crisis ecológica y la Inteligencia artificial, no se pueden resolver solo desde lo público, ni solo desde lo privado. Es necesario poner a trabajar de manera conjunta y coordinada a ambos, porque la realidad desborda a cualquiera de ellos por separado.

Además, en una economía globalizada, pero sin gobierno mundial, las empresas globales deben asumir como propias algunas reglas de acción que incluyan sus valores explícitos. Por ejemplo, negarse a emplear mano de obra infantil, aunque ello no esté prohibido en el país donde fabriquen sus productos. En defensa de sus valores y porque sus consumidores en los mercados occidentales las penalizarían si lo hicieran.

Es hora de que los valores socioliberales se dejen oír, cuando están siendo agredidos desde fuera y desde dentro. Y no solo por los votantes, sino también por parte de las empresas y la sociedad civil en general, porque eso, hoy, no es política. Es defender nuestro modelo de vida: la convivencia democrática. Un firmante del comunicado empresarial alemán ha declarado: “Es el momento de defender los valores universales y no subordinarlo todo al éxito económico porque tenemos una responsabilidad histórica”. Ojalá nuestros partidos políticos se lo aplicaran.

Jordi Sevilla es economista

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