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Breakingviews
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Meta entra en el multiverso de la locura de los dividendos

Pagar en efectivo a los accionistas no les da nada que no tengan ya, e incluso puede hacerles pagar más impuestos

Meta
Logo de Meta Platforms.FRANCIS MASCARENHAS (REUTERS)

Una de las empresas más ingeniosas del mundo acaba de recurrir a un viejo truco de confianza financiera. Justo antes de su vigésimo aniversario, Meta dijo la semana pasada que empezaría a pagar un dividendo trimestral en efectivo a sus accionistas. Los receptores del dinero hicieron subir el valor de mercado de la dueña de Facebook un 20% al día siguiente, quizá considerando la decisión un símbolo de disciplina financiera. Pero deberían verlo como lo que es: una distracción.

El dividendo de Meta sitúa al gigante de las redes sociales dirigido y controlado por Mark Zuckerberg en un grupo con historia. El hábito de devolver periódicamente dinero en efectivo a los inversores, iniciado por la Compañía Holandesa de las Indias Orientales hace más de 400 años, es un elemento básico en más del 85% de las cotizadas mundiales con un valor superior a 10.000 millones de dólares, según datos de LSEG. Es más fácil distinguir a las que no lo hacen, incluidas las grandes tecnológicas Alphabet y Amazon, que a las que sí lo hacen. Los dividendos son populares y cada vez lo son más: los analistas de Morningstar contabilizan 1 billón de dólares de fondos dirigidos a pagadores de dividendos, una cifra que ha aumentado un 10% anual desde 2018. A las empresas que elevan sus pagos durante 25 años consecutivos, más tiempo del que ha existido Meta, S&P Global las llama “aristócratas”, y las encaja en su propio índice de nobleza. En enero había 67.

Los dividendos son sencillos. Son claros y equitativos, ya que todos los titulares de acciones ordinarias los reciben en proporción a su participación económica. Pero que algo sea común o codiciado no significa que sea inteligente. En la práctica, los dividendos aportan cero valor a los accionistas. Para algunos, son peores que no recibir nada en efectivo y, por razones fiscales, a menudo son menos atractivos que otras formas en que las empresas pueden distribuir fondos, si deciden que no tienen un mejor uso para el dinero.

Nada de algo

En un sentido muy directo, los dividendos no dan a los inversores nada que no posean ya. Si una empresa paga 1 dólar en efectivo a sus inversores, el valor de lo que queda, que está representado por el precio de sus acciones, debería caer exactamente 1 dólar. Esto hace que el pago de dividendos sea una propuesta muy diferente de, por ejemplo, el interés pagado por un bono. Un inversor que quiera sacar dinero de respaldar a Meta podría simplemente vender una fracción de acción cada tres meses. Antes, eso habría sido complicado. Ahora ya no lo es: corredurías como Robinhood Financial y Charles Schwab permiten a los clientes de EE UU descargar porciones de acciones sin gastos ni comisiones.

En el mundo real, cobrar dividendos puede ser peor que no cobrar nada. El inversor estadounidense típico cede hasta un 20% de lo que recibe al Tío Sam en impuestos si ha mantenido la acción durante más de un par de meses. Si, por el contrario, vende acciones para generar efectivo, se aplica un tipo impositivo similar, pero solo a la plusvalía obtenida desde la compra original. Suponiendo que acabe vendiendo todas sus acciones, los impuestos pagados se igualarán. Pero los inversores que fabrican ellos mismos los dividendos habrían elegido exactamente cuándo pagar, y diferido parte del coste. Para los numerosos inversores extranjeros que pagan tipos impositivos más elevados sobre la renta que sobre las plusvalías, los dividendos son ciertamente punitivos.

La cuestión entonces es por qué a los inversores les gustan los dividendos. Es difícil encontrar una respuesta racional. Samuel Hartzmark y David Solomon, de la Carroll School of Management del Boston College, llegaron a la conclusión de que una de las razones es una desconexión lógica: los inversores simplemente no entienden que los dividendos reducen el valor de las empresas que los pagan. En su lugar, actúan como si los dividendos y el rendimiento del precio de las acciones existieran en universos paralelos. De hecho, el estudio estima que la búsqueda de dividendos en plan rebaño, por ejemplo, cuando los tipos de interés son bajos, puede provocar distorsiones de valoración que resten un 4% de rentabilidad a los inversores en un periodo de un año.

Incluso a los inversores que entienden la mecánica puede gustarles la idea de tener dinero extra en el bolsillo. Es más probable que gasten los dividendos que los ingresos laborales en compras no recurrentes, según un estudio de académicos alemanes y austriacos, lo que corrobora la idea de que los dividendos se consideran dinero gratis.

No todos los inversores han caído bajo el hechizo, incluidos algunos famosos de la vieja escuela. Warren Buffett ha distanciado decididamente su Berkshire Hathaway del culto al dividendo. Prefiere la recompra de acciones, que le permite explotar los bajos precios percibidos en las acciones de su conglomerado. Pero Buffett también invierte en muchas empresas que pagan dividendos, y dice que le gusta cuando esos pagos aumentan, lo que sugiere que ni siquiera el Oráculo de Omaha es inmune a su encanto, y a su desafío a la lógica.

Algo de nada

Desde la perspectiva de una empresa, los dividendos tienen más sentido. Por un lado, son financieramente un poco más atractivos que las recompra. Joe Biden aprobó un impuesto sobre las recompras de acciones en 2022, basado en la dudosa noción de que las empresas invertirían así más en sus operaciones y empleados. Más tarde dijo que espera cuadruplicar el tipo del gravamen hasta el 4%.

Los dividendos también pueden ser algo más baratos de gestionar que las recompras, ya que eliminan las comisiones de los bancos de inversión por comprar acciones en el mercado.

Además, si los inversores mantienen su fetichismo por los dividendos, es perfectamente racional que altos ejecutivos como Zuckerberg se aprovechen de ello. Pagar un dividendo podría permitir que las acciones de Meta se incluyeran en fondos mutualistas y ETF que solo tienen acciones de empresas que pagan dividendos regularmente. Según los analistas de Goldman Sachs, estos fondos compran el 0,5% de las acciones en circulación de una empresa al año siguiente de que esta comience a repartir dividendos. En un informe publicado el lunes, el banco cita datos que sugieren que el estreno de un pago periódico puede hacer subir una acción un 2%, mientras que el incumplimiento de un pago de dividendos puede acabar con el 9% del valor de mercado de una empresa.

En última instancia, el principal atractivo de los dividendos es que son una señal: la empresa que los paga está diciendo que cree que sus beneficios respaldarán un flujo regular de efectivo, y que tendrá un ojo puesto en sus accionistas aunque invierta en proyectos futuros. Eso podría explicar la decisión de Meta de ofrecer 5.300 millones anuales en retribuciones, al tiempo que destina hasta 9.000 millones más de inversión este año que el pasado, principalmente en servidores y centros de datos.

Pero confundir correlación con causalidad entraña un gran peligro. Las empresas estables, responsables y en constante crecimiento pagan dividendos, lo que significa que esos valores en su conjunto pueden superar a otros valores. Eso no significa que el dividendo en sí mismo haga de una empresa una mejor inversión. Teniendo en cuenta que Meta es famosa por alterar el statu quo, su pago de dividendos está extrañamente fuera de marca. Y, sin embargo, para convertirse en una potencia de las redes sociales se requiere una plena comprensión de cómo la emoción suele triunfar sobre la lógica, lo que convierte al gigante en un participante perfectamente sensato en el multiverso de la locura de los dividendos.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías

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