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Análisis
Tribuna
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Falta de innovación en el Ibex

Mientras en América priman las firmas tecnológicas de reciente creación, en España las empresas reguladas son las que dominan el índice bursátil

Bolsa de Madrid. EFE/Altea Tejido
Bolsa de Madrid. EFE/Altea TejidoAltea Tejido (EFE)

Invertir en Bolsa con un enfoque “value” es, en palabras de Charlie Munger, sencillo, pero no fácil. La economía es una ciencia social y lidia con el comportamiento humano que se ve afectado por el ciclo de pánico y avaricia característico de los mercados. Eso ha sido así desde que el ser humano existe y seguirá siendo así hasta el fin de los tiempos. Como decía John Templeton; “las cuatro palabras más peligrosas en las inversiones son “esta vez es diferente”.

Por no mencionar que el futuro no se puede predecir y que la mente humana está llena de sesgos que afectan al comportamiento. De hecho, Daniel Kahneman recibió el Premio Nobel de Economía en 2002 por sus estudios relativos a la toma de decisiones desarrollando la llamada “economía del comportamiento” que, sorprendentemente, no se enseña en la gran mayoría de las universidades. Que tampoco se enseñe la escuela de economía austríaca (Von Mises, Rothbard, Menger, Hayek) es como hablar de baloncesto sin saber quién es Michael Jordan.

Solo dos de las diez empresas más grandes del S&P 500 estaban entre las diez primeras a principios de siglo; Microsoft y Exxon. Quién iba a decir en el año 2000 que empresas como GE, Pfizer, Walmart, IBM, Intel o Johnson & Johnson no se iban a encontrar entre las más grandes un par de décadas más tarde. Y quién iba a decir que empresas que o bien ni existían o eran irrelevantes iban a entrar en el Top 10; Apple, Amazon, Nvidia, Alphabet, Tesla o Meta.

El caso español es más llamativo. La empresa más grande del Ibex-35 a principios de siglo era Telefónica con una capitalización de 81.000 millones de euros y hoy día, con una capitalización de poco más de 20.000 millones (-80% desde máximos) no se encuentra ni entre las diez más valiosas. Pero en España sí que hay cuatro empresas entre las diez más grandes que estaban, de una forma u otra, en el índice a principios de siglo; Iberdrola, Santander, BBVA y Naturgy (Gas Natural). La diferencia con EE UU es que el sistema económico, jurídico y fiscal no favorece la innovación.

Por eso, mientras que en América priman las empresas tecnológicas de relativa nueva creación, en España el índice lo dominan las empresas reguladas o dependientes de la administración como bancos, eléctricas, energía o construcción. Curiosamente, la empresa más grande del país, Inditex, es, precisamente, la que no está regulada y casi la más joven (menos de 40 años). Por el contrario, el 50% de las empresas más grandes de España tienen sus orígenes en s. XIX…!!

Y los ciclos de locura se repiten constantemente. A principios de siglo yo trabajaba en Nueva York y me impresionaba ver que mis compañeros de trabajo ganaban más dinero especulando en empresas de internet que trabajando. No se me olvida aquella empresa que se definía en Bloomberg como “dominio de internet sin objetivo alguno, pero algo pensaremos” (no es broma) que llegó a tener una capitalización de unos 40 millones de dólares. Una locura en toda regla.

Visto con perspectiva, aquello parece un desfase de otra época, pero no es así y baste un ejemplo histórico y uno presente. La Burbuja de los Mares del Sur, que colapsó en 1720 llevando prácticamente a la quiebra a la economía británica, representa un ejemplo perfecto del comportamiento de manada. Numerosas compañías surgieron junto al South Sea Company, entre ellas una en la que el listillo de turno consiguió capital del público con el objetivo social de llevar a cabo “una empresa de gran beneficio, pero no le vamos a decir a nadie de qué se trata”. Tampoco es broma.

Sir Isaac Newton perdió prácticamente toda su fortuna (el equivalente a unos 20 millones de euros de hoy día) invirtiendo en el South Sea Company, lo que le llevó a acuñar su famosa frase; “puedo predecir los movimientos de los cuerpos celestiales, pero no puedo entender la locura de la gente”. Newton, un genio, dedicó solo una porción de su vida a la física. Otra parte importante la dedicó al esoterismo y la religión y, sobre todo, a la alquimia, en una búsqueda infructuosa de la Piedra Filosofal capaz de convertir metales en oro. Un estudio de 1979 demostró que el pelo de Newton contenía una concentración de mercurio, usado en alquimia, 15 veces superior a lo normal.

La búsqueda de la Piedra Filosofal continúa hoy día. No en forma de un mago en un sótano mezclando pócimas, sino en la forma de los Bancos Centrales manipulando los mercados de forma grosera desde hace más de 15 años. Las generaciones venideras observarán con asombro los eventos actuales y se preguntarán cómo fue posible esta locura colectiva que, sin ningún género de duda, pasará a ser un capítulo más del famoso libro de 1841 de Charles Mackay “Engaños Populares Extraordinarios y la Locura de las Masas”.

Entretanto, saber si el mercado está caro o barato es cosa de ciencia ficción. Hace mucho que no vivimos en un libre mercado financiero, sino en unas economías planificadas por los burócratas de los bancos centrales que imposibilitan el proceso de cálculo económico.

Pero, como referencia, el ratio de Precio/Beneficios del S&P 500 de Case-Shiller (la medida de valoración estándar, conocida como CAPE) se encuentra en 31 a día de hoy frente a una media de 17 desde 1871. Solo en dos ocasiones en 153 años ha estado a este nivel; en 1929 (33) y en la burbuja de internet (44). Warren Buffett usa como referencia la capitalización del mercado americano dividida por el PIB que se considera “muy sobrevalorado” si se encuentra por encima del 150%. A día de hoy, estamos hablando de un ratio del 178%, el segundo más alto desde que se empezó a construir la serie en 1971.

Me vienen a la cabeza las palabras de Gideon Gono (gobernador del Banco de Zimbabue) antes de destruir la economía del país a base de imprimir dinero; “no se debe infraestimar la capacidad de las autoridades monetarias”. Efectivamente, yo llevo siempre conmigo un billete de 100 trillones de dólares de Zimbabue (un 1 seguido de 14 ceros) para que no se me olvide. También, estamos de acuerdo con otra de sus citas “el mundo entero está haciendo lo que me dijeron a mí que no hiciese”.

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