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El PIB y el empleo se concilian

Que el PIB haya crecido algo menos que la ocupación puede deberse a dos factores, la productividad o a la “intensidad laboral”

PIB
Infografía: Belén Trincado

Desde el final de la etapa más dura de la pandemia, cuando termina el confinamiento, la evolución de algunos de los agregados macroeconómicos centrales han mostrado un comportamiento que ha desafiado la capacidad de los analistas para explicarlos.

Tanto la incertidumbre como los cambios estructurales subyacentes ocurridos durante este período han dificultado no solo la capacidad de predecir el futuro más inmediato de dichos agregados (predictibilidad) sino, además, interpretar lo sucedido cuando se analizan en su conjunto.

Un ejemplo muy paradigmático de lo que estoy contando lo encontramos en el divorcio entre dos de los agregados cuya evolución parecen haber contado historias relativamente diferentes. Hablo del Producto Interior Bruto (PIB) y del empleo.

Desde mediados de 2020, las cifras de empleo y de PIB parecen demostrar ímpetus diferentes. Mientras el PIB mostraba un lastre que ha impedido en este tiempo, según cifras oficiales, recuperar el nivel perdido en primavera de 2020, los indicadores del mercado de trabajo mostraban mayor alegría, de tal modo que algunos de ellos, incluso, marcaban récords históricos.

Esta excepcional evolución ha llevado a preguntarnos sobre la validez de algunas cifras. Los datos del PIB han estado en tela de juicio casi desde el mismo momento del fin del confinamiento. Es cierto que en las entrañas de los datos algunas cifras resultan difíciles de explicar, como la evolución de la productividad en el sector de la construcción.

Además, en tiempos de zozobra no es raro que algunas costuras del modelo de estimación del PIB trimestral hayan saltado por los aires. Otros han considerado que son los indicadores del mercado de trabajo los que mandan señales extrañas, dadas las situaciones complejas vividas en buena parte de este tiempo (con los ERTEs a la cabeza) o por los cambios regulatorios con trascendencia estadística.

Pero, dicho esto, tampoco resulta comprensible, como otros han planteado, que los errores sean de tal calado que, por ejemplo, estemos infravalorando el PIB en porcentajes superiores a un 2-3%.

Así, si se mira con tranquilidad los datos tampoco es tan evidente que la evolución de los agregados de actividad y empleo sean tan diferentes, al menos, dos años después de acabado el confinamiento. Si nos centramos en series que son metodológicamente comparables, al estar sometidas a metodologías coherentes, la imagen no es tan extraña.

Así, utilizando la serie de PIB y ocupados y horas de la Contabilidad Nacional Trimestral del INE (CNTr) podemos medir la brecha en la evolución del PIB y de la ocupación hasta el cuarto trimestre de 2022 (publicado el pasado viernes) en términos de crecimiento acumulado – lo crecido desde el primer trimestre de 2020 hasta final de 2022-.

Así, la diferencia acumulada entre PIB y ocupados era tan solo un 1,8 %. Es decir, comparado con el cuarto trimestre de 2019, la ocupación es un 0,9 % mayor y el PIB un 0,9 % menor. Esta diferencia acumulada llegó a ser de un 13,9 % en el segundo trimestre de 2020. Por lo tanto, parece que a medida que la situación se ha ido normalizando la aparente desconexión entre ambos agregados se ha ido eliminando.

Que el PIB haya crecido algo menos que la ocupación puede deberse a dos factores. Uno de ellos es la productividad, medida como producción por horas necesarias para obtenerla. El otro es por la “intensidad laboral”, es decir, las horas trabajadas por cada trabajador. Si la productividad cae, la ocupación crece más que el PIB por razones obvias.

Si la intensidad cae, la ocupación crece más que el PIB porque, en realidad, las horas no crecen tanto como las personas ocupadas. Así, si durante estos dos años hemos contratado a más trabajadores, pero por menos horas de media y, además, con menos productividad media, la actividad crecerá menos que la ocupación.

Mirando los datos, parece que sería la intensidad la que explicaría la, aún, brecha existente. Podemos ver en el gráfico que la intensidad laboral (horas por ocupado) ha caído en este período, es decir, ha aumentado más el número de ocupados que las horas. Esto puede deberse o bien que los nuevos contratos son, en media, por menos horas o bien que, por determinadas razones, un mismo trabajador ha trabajado menos horas de media desde la salida de la pandemia. Seguramente algo hay de ambas cosas.

La pandemia ha seguido golpeando hasta hace relativamente poco, con las bajas laborales aún elevadas durante amplios periodos de tiempo y, además, los ERTEs han seguido presentes durante bastante tiempo. Así, sin la caída de esta intensidad laboral, la diferencia entre PIB y empleo sería la misma que en el cuarto trimestre de 2019.

A partir de aquí otras explicaciones complementarias a la anterior podríamos ofrecer: cambios estructurales de producción, cambios en las decisiones de participación en el mercado laboral (dimisión), cambios organizativos (teletrabajo y dificultad de medida de las horas de trabajo), incentivos a la afloración de un empleo que no ha tenido necesariamente reflejo en una afloración de actividad, etc… Todo ello ha podido jugar un papel en esta brecha que parece, en todo caso, reducirse conforme pasa el tiempo.

En definitiva, la evolución diferencial de los indicadores de actividad y de empleo han existido. Pero que no podamos explicarlo más allá de una mera suposición de que estamos midiendo mal las cosas es otra cuestión.

Existen hipótesis y razones para creer que no es necesariamente una cuestión de mala medición, sino de cambios en fundamentos económicos, aunque es evidente las dificultades a las que se han debido enfrentar el INE para captar una estimación que no ha sido fácil. En todo caso, estas diferencias parecen atenuarse con el tiempo.

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