El riesgo de recesión debe moderar la lluvia de dividendos en el sector bancario

La buena salud con la que el sector financiero afronta el futuro en términos inmediatos, con sólidos niveles de cobertura y unos márgenes generosamente ensanchados por la política monetaria del BCE, ha llevado a las entidades a planificar fórmulas para mejorar la retribución de los inversores, a través de aumentos del dividendo y de nuevas recompras de acciones. Es el caso de Santander, por ejemplo, que apuesta por repartir el 40% del beneficio para ese fin, o de BBVA, cuyo objetivo es dedicar entre el 40% y el 50%. Las cuentas respaldan esa decisión, porque el sector va camino de registrar las mayores ganancias de los últimos años, con rentabilidades de doble dígito, una morosidad en niveles más que manejables y un nivel de provisiones que supera con comodidad las exigencias del regulador. Ese cóctel de felices variables alimenta también las expectativas de unos inversores que se vieron privados de su remuneración en 2020, debido al veto del BCE por la pandemia.

Pese a esa radiografía, tanto el BCE como el Banco de España han pedido prudencia al sector y advertido contra la tentación de confiar en exceso la rentabilidad a las alegrías de la política monetaria. Los reguladores insisten en la necesidad de que las entidades revisen sus trayectorias de capital para incluir escenarios macroeconómicos adversos en sus peores formulaciones, sin perder de vista un horizonte de probable recesión a la hora de fijar el pay out que repartirán entre sus accionistas. Aunque desde Fráncfort no se plantea de momento un veto generalizado al reparto de dividendos, no es descabellado pensar que el BCE pueda llegar a restringirlos o limitarlos en entidades concretas en función de sus niveles de capital y de su rentabilidad.

Las presiones de los reguladores, que pueden desencadenar un enfriamiento en la euforia del mercado, chocan de frente con el músculo de un sector que, tras años de estrangulamiento de márgenes por los bajos tipos de interés y después de haber hecho todos sus deberes de aprovisionamiento durante la pandemia, contempla ante sí una etapa dorada de altas rentabilidades. Sin embargo, es un dato objetivo que las previsiones sobre la evolución económica tanto en España como en el resto de Europa no son optimistas y que la situación puede empeorar más allá de lo esperado. En una recesión, el riesgo para la banca radica especialmente en el comportamiento de las empresas –pymes y autónomos– que constituyen los eslabones más débiles del tejido productivo y cuya fragilidad puede desatar una tormenta financiera. Ese posible escenario hace aconsejable adoptar una política de dividendos no austera ni restrictiva, pero sí moderada y razonable.