Bancos centrales: encadenados hacia tipos de interés del 6%

La tarea ‘macedónica’ de las autoridades monetarias choca con la terquedad de los Gobiernos, que ignoran las advertencias contra las ayudas fiscales

Parece que allá por el año 335 a.C., difícil verificarlo, al llegar a las costas de Fenicia, Alejandro Magno se dio cuenta de que sus enemigos le triplicaban en número y su tropa se veía derrotada incluso antes de pisar el campo de batalla. Desembarcó, mandó quemar todas las naves, reunió a todos sus hombres y les dijo: “Observad cómo se queman los barcos. Debemos salir victoriosos en esta batalla, ya que solo hay un camino de vuelta y es por el mar. Caballeros, cuando regresemos a casa lo haremos de la única forma posible, en los barcos de nuestros enemigos”. De una manera menos solemne, los bancos centrales han quemado sus naves y se han encadenado en la lucha contra la inflación y, como han hecho evidente, sincronizan sus medidas y también su lenguaje: la herramienta afilada de la política monetaria.

Jerome Powell, tras aplicar una cuarta subida de tipos que los sitúa en el rango del 3,75%-4%, los niveles más altos desde 2008, dejó claro que con los nuevos datos de inflación y de empleo el tipo oficial máximo a alcanzar será más alto. Un día después, el gobernador del Banco de España, Pablo Hernandez de Cos, afirmaba que la convergencia de la inflación en el objetivo del 2% a medio plazo exigirá incrementos de tipos de interés adicionales. En otras palabras, nos queda todavía camino por recorrer, porque están dispuestos a arriesgar y seguir adelante pase lo que pase.

Aunque las razones para actuar contra la inflación son las mismas en Estados Unidos y Europa, el origen de esta es muy diferente. Para combatir el parón económico de la pandemia, Estados Unidos inyectó en marzo de 2021 un total de 5,6 billones de dólares, el 32% de su PIB, en ayudas contra el coronavirus y en la Ley de Recuperación de América, el programa más radical desde el New Deal de Roosvelt en la década de 1930. Por su parte, la Unión Europea, inyectó cerca de dos billones de euros en forma de subvenciones y prestamos por medio del conocido y tan anhelado en España Next Generation para hacer una Europa más ecológica, digital y resiliente.

En el caso de Estados Unidos, su programa de gasto disparó la inflación al 8,5% en mayo de este año, el nivel más alto desde principios de la década de 1980, cuando hubo que subir los tipos hasta cotas muy altas para poder domesticarla, y se produjo una contracción de la economía del 1,4%. Es decir, allí la inflación ha subido por la fortaleza de la demanda, con un empleo que se mantiene fuerte y la tasa de desempleo a la baja. Ahora bien, el ahorro acumulado por las familias durante el Covid se ha gastado, la tasa de ahorro de las familias llegó al 33,8% en abril de 2020, y está ahora en el 3,1%.

En la zona euro los problemas de inflación se deben a la oferta. De hecho, alrededor del 75% del incremento de la inflación en el último año es consecuencia de la energía y de los alimentos. Pero detrás de ese aumento hay también un componente de demanda, de magnitud y persistencia “extraordinarias”, calificativo del Banco de España, y se ha ido extendiendo a cada vez un número mayor de componentes de la cesta de consumo. Todo ello aumenta a su vez la probabilidad de efectos de segunda ronda. Y para complicar más el panorama, las disrupciones en la oferta de gas han empeorado aún más la situación y se ha producido una caída rápida de la confianza de familias y empresas. Tras el fuerte crecimiento en la primera parte del año derivado de la eliminación de las restricciones causadas por la pandemia, la demanda en el sector servicios se está frenando y las encuestas muestran caídas de la actividad en el sector manufacturero.

En España, la elevada inflación ha reducido la renta real de las familias y ha aumentado los costes de las empresas. Por ahora los salarios aumentan una cuarta parte de lo que sube la inflación, pero cae el poder de compra, bajan las exportaciones a la zona euro y la industria afronta una crisis severa. Se ha producido también una desaceleración significativa del crecimiento en el tercer trimestre y se espera un debilitamiento adicional en lo que queda de año y en la primera parte de 2023. Al mismo tiempo que sube la inflación, Estados Unidos, la zona euro y China se desaceleran, y en el caso de las dos primeras con altas probabilidades de entrar en recesión. Desde 1970 cada recesión ha estado precedida por un debilitamiento del crecimiento global durante el año anterior. Así ocurrió en 1973, 1981, 1982, 2009 y 2020 (por el Covid).

La tarea macedónica de los bancos centrales choca con los Gobiernos, a los que avisan de que deben evitar un impulso fiscal generalizado que pudiera exacerbar las presiones inflacionistas ya existentes, y exigir un mayor endurecimiento de la política monetaria. Sea por la oferta o por la demanda, los bancos centrales son conscientes de que, a menos que las disrupciones en el suministro y las presiones del mercado laboral disminuyan, los aumentos de las tasas de interés podrían dejar la inflación básica mundial (sin incluir la energía) en alrededor del 5% en 2023, casi el doble del promedio quinquenal antes de la pandemia. Para reducirla a una tasa coherente con sus objetivos es probable que los bancos centrales deban aumentar las tasas de interés en dos puntos porcentuales adicionales, lo que los situaría en el entorno del 6%, como ha analizado el Banco Mundial.

El mensaje es claro, pero el efecto en los Gobiernos es nulo. Dos ejemplos: Alemania dedicará 200.000 millones a suavizar el impacto, y en nuestro país, el Gobierno se empecina en imponer un impuesto a la banca, sin fundamento alguno, según el BCE, y exige a los bancos cambios en los contratos para atenuar el impacto de la subida de los tipos de interés en las hipotecas variables, medidas contradictorias con las pretensiones de la autoridad monetaria. Como Penélope en la Odisea, el Gobierno deshace por la noche lo que tejen durante el día el Banco de España y el BCE. Así, es de temer que las cosas tarden en solucionarse porque los bancos centrales no van a retroceder, so pena de perder su prestigio.

Carlos Balado es Profesor de OBS Business School y director de Eurocofín