Seis consejos para lidiar con el invierno más desafiante en los mercados

Las malas perspectivas económicas y la inflación invitan a la prudencia

Seis consejos para lidiar con el invierno más desafiante en los mercados

El primer semestre del año fue el peor para los mercados financieros en más de medio siglo. Hacía mucho tiempo que no se comportaban tan mal, de forma simultánea, las acciones y los bonos. Además, con las subidas de tipos de interés y la alta inflación obtener rendimientos reales positivos se ha puesto casi imposible. La parte central del verano ha sido un oasis. Más bien el espejismo de un oasis. Con las Bolsas recuperando buena parte de las pérdidas. Pero lo que se viene para la última parte del año es más que desafiante. Y los getores y banqueros cada vez encuentran menos opciones donde buscar cobijo para el dinero de sus clientes.

Jeremy Grantham es un célebre inversor británico, de 83 años. En una nota para clientes de su gestora GMO, explicaba el miércoles que “estamos aún en una superburbuja en el que los activos inmobiliarios, bursátiles y de bonos siguen muy sobrevalorados”. A su juicio, el mercado bajista solo está en una primera fase, y la recuperación veraniega (que ahora ya se está truncando) no es sino el prólogo para unas correcciones muy superiores.

El único argumento que ha servido para justificar las subidas de las Bolsas en julio es que parecía que los bancos centrales estaban siendo capaces de contener la inflación. Sin embargo, los datos no terminan de sostener esta tesis, y el mensaje del presidente de la Fed, Jerome Powell, en Jackson Hole, quiso subrayar que el mundo debe prepararse para un periodo prolongado de altos tipos de interés.

Michael Strobaek, director global de inversiones del banco suizo Credit Suisse, recuerda que nos vamos a tener que enfrentar a un entorno de “freno del crecimiento económico, incluso de recesión, altos niveles de inflación y subidas de tipos”. Esto, aliñado con una guerra en el corazón de Europa y recortes en el suministro de gas y petróleo, lo que puede provocar distorsiones en las cadenas de producción.

Ante este escenario, ¿qué puede hacer un pequeño inversor con su dinero? ¿Hay algún activo que presente mejores perspectivas? ¿Cómo protegerse ante tanta incertidumbre?

1. Menos riesgo en cartera

Cada vez son más las casas de inversión que se van sumando al coro que pide una reducción de riesgo en las carteras de los inversores. Una de las primeras fue el gigante BlackRock, que ya a mediados de julio recomendaba a sus clientes ir moderando la exposición en Bolsa.

La reducción en riesgo se puede conseguir bajando el peso de la renta variable frente a los bonos. Por ejemplo, un inversor equilibrado, que tuviera un 60% de Bolsa y un 40% de bonos, puede darle la vuelta a esos porcentajes. Otra forma es destinando una mayor parte de la cartera a efectivo. En el mundo de los fondos de inversión, se equipara el efectivo con los fondos monetarios o de deuda a muy corto plazo, que presentan un riesgo de depreciación mínimo.

Incluso dentro de un mismo activo, se puede reducir el riesgo. En la parte de renta fija, apostando más por fondos de deuda soberana o de compañías con la máxima calificación crediticia, y dejando a un lado los fondos con emisores con peor perfil.

Con todo, “infraponderar la Bolsa no significa salirse por completo de los mercados de renta variable”, apunta Strobaek. “Sería un mal consejo vender toda la cartera de Bolsa. Con una inflación cercana al 8% en muchos países, tener mucho dinero en efectivo puede acabar suponiendo una pérdida garantizada de poder adquisitivo”.

Intentar predecir lo que va a hacer el mercado puede ser muy tentador. Si creo con firmeza que la Bolsa va a ir mal durante lo que queda de 2022, ¿por qué no vender todo? Lo malo es que los estudios académicos han demostrado, una y otra vez, que adelantarse a los mercados, saliendo y entrando de forma arbitraria, no suele dar buenos resultados. Ni siquiera a los gestores profesionales.

Duncan Lamont, responsable de investigación y análisis de Schroders, recuerda que “salir del mercado y refugiarse en el efectivo tras una gran caída ha sido negativo para la rentabilidad de la cartera en el largo plazo”. Por ejemplo, los inversores que se decantaron por el efectivo en 2001, tras el desplome del 25% registrado en la crisis de las puntocom, pueden comprobar que, a día de hoy, su cartera aún sigue sin haberse recuperado por completo de las pérdidas.

Desde Credit Suisse también inciden en la importancia de la diversificación en un momento como el actual. El sector bancario lo ha hecho muy mal en Bolsa en la última década, pero podría beneficiarse de las subidas de tipos. Las tecnológicas han sido el gran motor de Wall Street, pero ahora se han desfondado, dejando su sitio a compañías mineras y petrolíferas que estaban olvidadas. China era la locomotora de la economía mundial, pero lleva varios años generando dudas por su endeudamiento y la fatiga de algunas políticas públicas... Mejor una cartera con amplias posiciones en sectores y economías que una apuesta muy concreta.

2. Control de costes

Cuando un mercado está en modo alcista, parece que los costes pasan a un segundo plano. Si un fondo de Bolsa de Estados Unidos está rentando a una tasa del 18% anual, ¿qué más da que cobre un 1% anual o un 1,5%? Si un fondo conservador sube en el año un 4%, ¿qué diferencia hay entre una comisión del 0,5% o del 0,8%?

Sin embargo, cuando vienen las curvas, es un buen momento para fijarse bien sin las comisiones que se están pagando a los gestores de los fondos o a la entidad con la que se tiene un contrato de gestión discrecional de carteras está dentro de los parámetros del mercado.

Las comisiones en los fondos llevan años cayendo. Desde hace una década han aparecido en Europa, y algo en España, los fondos de bajo coste que replican la evolución de índices de acciones o de bonos. Estos productos, que pueden ser tanto fondos de inversión indexados como fondos de inversión cotizados (ETF), han permitido rebajar con fuerza las comisiones, porque no tienen que afrontar los costes de análisis o los gastos de personal. Además, han demostrado que los resultados obtenidos suelen ser mejores que los de la mayoría de los fondos activos.

Hoy por hoy, pagar en un fondo de Bolsa estadounidense un 2,5% o un 1,5% por otro que replica la evolución del Nasdaq, está poco justificado. Igual que pagar más de un 1% por un fondo de renta fija.

3. Fondos flexibles

El auge de la llamada gestión pasiva, con los citados fondos indexados, ha supuesto una competencia muy fuerte para los gestores activos. Eso no quiere decir que todos hayan claudicado. Sigue habiendo mucho talento en la industria de la inversión, pero hay que dedicar un tiempo a encontrarlo.

En el actual contexto de mercado, uno de los dogmas que más repiten las casas de análisis es la flexibilidad. Con una situación tan volátil, en la que un pequeño fallo de la política monetaria o un avance inesperado de la guerra de Ucrania puede cambiar por completo el panorama, lo mejor dentro del mundo de la gestión activa es estar invertido en un fondo que no tenga un mandato encorsetado, que pueda ir buscando diferentes oportunidades de inversión.

Es el caso de uno de los inversores españoles más célebres, Luis Bononato, que ha conseguido una rentabilidad del 55% en lo que va de 2022. Y lleva un retorno medio anual del 18% en la última década, lo que lo convierte en uno de los mejores del mundo.

4. Bonos ligados a la inflación

Combatir la inflación no es fácil. Ni para los Gobiernos y banqueros centrales, ni para los pequeños inversores. Los fondos de renta fija llevan varios meses con rentabilidades nefastas. Una de las estrategias que mejor han funcionado es la inversión en bonos referenciados a la inflación. A medida que suben los precios, aumenta el cupón que ofrecen. El gran problema es que se han vuelto tan atractivos que llegan a estar muy sobrevalorados, por lo que cuando la inflación afloje pueden sufrir importantes correcciones.

5. Activos reales

Otra de las fórmulas que están probando los gestores de fondos para tratar de cubrirse respecto a las subidas de precios es comprar activos reales, cuya valoración no dependa tanto de los precios. Por ejemplo, cada vez hay más fondos de infraestructuras. Estos productos invierten en compañías que se dedican a gestionar autopistas, o torres de telefonía, o que son propietarias de terrenos en los que puede haber prospecciones petrolíferas o mineras... En todos estos casos, las compañías tienen una fuerte capacidad para poder trasladar las subidas de los precios. Por lo que el valor de los activos se va ajustando de una forma suave al avance de la inflación.

6. Compañías de calidad

En un momento de subidas generalizadas de los costes de financiación y de ralentización de la actividad económica, el que una empresa tenga un balance saneado se vuelve fundamental. Los gestores sacan la lupa para ver el grado de apalancamiento. Comprueban si los préstamos están referenciados a tipos variables o si son a un tipo fijo. Miran los colchones de liquidez... Pero también analizan el posicionamiento de mercado: si opera en un sector con barreras de entrada; si tiene una tecnología o una marca dificilmente igualable por parte de sus competidores...

Un buen ejemplo es la compañía neerlandesa ASML, líder mundial en la fabricación de la maquinaria necesaria para producir microchips. La demanda de estos productos es creciente, tanto en la electrónica del hogar como en los coches inteligentes o en la industria. Hay muchos fabricantes de semiconductores, pero solo un puñado dedicados a las maquinas que fabrican los chips. Francisco Ruiz, cogestor del fondo EDM Strategy, recuerda que es una empresa de máxima calidad: “tiene unas ventajas competitivas muy claras, opera en un mercado en expansión y es capaz de financiar su crecimiento con sus propios recursos”.

El sector del lujo, con grupos como los franceses LVMH y Kering o la suiza Richemont, que controlan algunas de las marcas más poderosas de champagne, ropa o perfumes, también siguen siendo un buen refugio en tiempos convulsos.

La entrada de activos ilíquidos

Los bancos privados lo tienen claro: si los inversores quieren tener un poco más de rentabilidad y descorrelacionarse de los mercados cotizados deben destinar una parte de sus carteras a productos ilíquidos. Los fondos de capital riesgo (que invierten en compañías no cotizadas), los fondos de deuda privada, los de impacto y los dedicados a compañías de nueva creación están creciendo con fuerza. Conllevan el no poder disponer del dinero durante un periodo de siete a nueve años. Pero la rentabilidad obtenida suele compensar.

Hasta ahora, este tipo de inversiones estaban reservadas a clientes con altos patrimonios, puesto que el mínimo de inversión suele superar los 100.000 euros. Pero cada vez más las entidades buscan fórmulas para acercarlas a todo tipo de clientes.

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