Reino Unido, el mayordomo del mundo, ha descuidado su mansión

Es probable que sustituya a los plutócratas rusos por los de Brasil, China u Oriente Próximo

Hora punta en Canary Wharf, distrito financiero de Londres.
Hora punta en Canary Wharf, distrito financiero de Londres. reuters

Están siendo semanas tumultuosas en Londres. Con gran parte de la atención mundial centrada en la guerra de Ucrania, era fácil pasar por alto la importancia de la decisión del Gobierno británico del jueves pasado de congelar tardíamente los activos de un puñado de oligarcas, incluido Román Abramóvich, el propietario del club de fútbol Chelsea. Sin embargo, dado el estatus del Reino Unido como destino preferido de los plutócratas mundiales, cualquiera que pensara que la capital británica seguía siendo un lugar seguro para las riquezas dudosas habrá tomado nota.

La invasión del presidente ruso Vladímir Putin ha provocado un examen largamente esperado de la acogida que brindó Gran Bretaña a sus ricos compatriotas en las últimas tres décadas. Muchos de los políticos, banqueros, abogados y otros profesionales que sirvieron a los oligarcas se han distanciado discretamente de sus antiguos amos. Sin embargo, a pesar de todos los titulares sobre el saneamiento de Londongrad, hay menos debate sobre lo que hizo del Reino Unido un destino tan atractivo.

Oliver Bullough ha pasado años examinando esta cuestión. Su libro de 2018 Moneyland retrató la red global de paraísos fiscales, empresas ficticias y bancos privados como un país cuyas fronteras solo estaban abiertas para aquellos con suficiente dinero en efectivo. En Butler to the World: How Britain became a servant of oligarchs, tax dodgers, kleptocrats and criminals (Mayordomo del mundo: Cómo se convirtió Gran Bretaña en un servidor de oligarcas, evasores de impuestos, cleptócratas y delincuentes, Profile Books) despliega una metáfora igualmente vívida para describir al lacayo que abre esas puertas.

Para Bullough, la transformación de Gran Bretaña en un conserje de la élite mundial comenzó con la pérdida de sus colonias tras la Segunda Guerra Mundial, y culminó con la humillación del conflicto de Suez de 1956. Explora cómo el país y sus antiguas ramificaciones encontraron un nuevo papel: la City londinense facilitó las operaciones offshore de dólares estadounidenses; las Islas Vírgenes Británicas se transformaron en un paraíso fiscal; la legislación escocesa permitió la creación de sociedades limitadas anónimas, etc.

En el proceso, escribe Bullough, Gran Bretaña se convirtió en “un facilitador amoral a sueldo, un ejecutor a cambio de dinero, que oculta la realidad de lo que está haciendo detrás de tradiciones pintorescas, alusiones literarias, sastrería inmaculada, referencias a la Segunda Guerra Mundial y una altiva forma de actuar”. Las consecuencias de este sistema globalizado se dejan sentir en otros lugares: las víctimas del fraude y la delincuencia se encuentran en países como Moldavia y Ucrania, mientras que las ganancias acaban en entidades jurídicas escocesas o en propiedades inmobiliarias en el rico barrio londinense de South Kensington.

La transformación no fue el resultado de un plan gubernamental maligno. Por el contrario, surgió del realismo sobre los límites de la influencia británica, de la reticencia a ejercer demasiado control sobre los pequeños territorios extraterritoriales y de una actitud obsequiosa hacia los extranjeros ricos. Por encima de todo, había una reticencia a realizar cualquier cosa que pudiera hacer que Londres fuera menos atractiva para el capital extranjero o diera ventaja a los centros financieros rivales.

La salida de Gran Bretaña de la Unión Europea no hace más que reforzar este impulso defensivo. Es una profunda ironía que los activistas que veían el Brexit como una forma de revivir el glorioso pasado del país sean participantes entusiastas en la complacencia con los extranjeros ricos. Incluso la supuestamente burocrática Unión Europea ha demostrado ser más implacable a la hora de confiscar los yates de los oligarcas sancionados que los autodenominados bucaneros de la Gran Bretaña Global.

La reacción contra la riqueza rusa puede llevar a un ajuste de cuentas más amplio. Sin embargo, hay pocos indicios de que Gran Bretaña esté dispuesta a replantearse el sistema que la hizo tan atractiva para gente como Abramóvich. Un desenlace más realista es que los magnates de Brasil, China u Oriente Próximo compren las mansiones y fincas que dejan los rusos, instalen a los mismos exministros del Gobierno británico en sus consejos de administración y creen fundaciones benéficas para lubricar su entrada en el establishment de Reino Unido.

Resulta revelador que, mientras Abramóvich intenta deshacerse del Chelsea, Arabia Saudí haya comprado el club de fútbol Newcastle United en un acuerdo que exigió a la Premier League aceptar la ficción de que el fondo soberano del país no está bajo control gubernamental.

El problema es que la que fuera una gran casa con un mayordomo servicial ha dejado atrás su mejor momento. El atractivo de Gran Bretaña depende en gran medida de un Gobierno democrático estable y de un sistema jurídico que funcione bien. Pero los magnates han socavado la legitimidad de la democracia con grandes donaciones financieras y favores políticos, mientras sus abogados utilizan los tribunales británicos para intimidar a los rivales comerciales y a los periodistas de investigación. Los ricos del mundo siempre podrán encontrar otro servidor corporativo más amable. Los cimientos de Gran Bretaña serán más difíciles de reparar.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías