El éxito de la ‘revolución verde’ exige escuchar a la industria

La transformación que debe acometer la industria obliga a realizar sacrificios inmediatos

A tenor del ingente paquete legislativo que la Comisión Europea anunció ayer en Bruselas, la denominada revolución verde del Viejo Continente nacerá con mano de hierro y guante de seda. Con el objetivo de reducir las emisiones comunitarias en 2030 al menos un 55% respecto a las de 1990 y de descarbonizar totalmente la economía en 2050, la CE ha ultimado un conjunto de medidas históricas que endurecen considerablemente el acervo comunitario en varios ámbitos y que elevarán al máximo la presión que soporta la industria europea para poder cumplir con los estándares de Bruselas. La prohibición de vender coches de combustión a partir de 2035, las nuevas tasas impuestas al carbono o la obligatoriedad de que las viviendas sean sostenibles forman parte de una estrategia de sostenibilidad sumamente ambiciosa, pero también compleja y exigente. Como recordó ayer la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, la construcción de una economía europea limpia exige que la emisión de carbono tenga “un precio”, es decir, que el que el contamine, pague.

Pese a ello, el enorme esfuerzo que supone esa transformación hace inevitable preguntarse si la férrea hoja de ruta fijada por Bruselas ha tenido suficientemente en cuenta el impacto que tendrá ese plan sobre una industria y una economía europeas golpeadas por una crisis histórica e inmersas en una recuperación plagada de incertidumbres. Como argumenta la propia Bruselas, la implementación de esa estrategia traerá retornos, pero estos llegarán mayoritariamente a largo plazo, mientras que la revolución que debe acometer la industria obliga a realizar sacrificios inmediatos.

Entre las grandes apuestas que persigue la estrategia de la UE destaca, por su importancia económica y geopolítica, la reducción de la dependencia energética, cuya factura en importaciones tiene un montante de unos 27.500 millones al mes, y que traerá consigo una implantación creciente de energías renovables. La prohibición de los vehículos de combustión en 2035 y la generalización del coche eléctrico constituye otro de los ejes del plan, y también una de sus imposiciones más polémicas por el elevado impacto que tendrá sobre el sector. Como señalaba hace unos días la patronal del automóvil, Anfac, para fabricar coches limpios es imprescindible contar con una demanda que, hoy por hoy, al menos en España, está lejos de existir. Por esta y otras razones, la puesta en marcha de una revolución como la anunciada por Bruselas exige escuchar a la industria y dialogar con las empresas sobre sus límites y sus necesidades. Pero hacerlo no solo por ser destinatarias de buena parte de las reformas, sino porque de ellas depende la creación de riqueza.