El mundo al revés de la economía bajo cero

Petróleo y deuda cotizan en negativo en un abierto desafío a los libros de texto

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En un año en el que, en un momento dado, un tercio de la humanidad estuvo encerrado en casa, que ciertas categorías de activos cotizaran en negativo es poco más que una nota a pie de página. Pero una nota que da la vuelta a gran parte de los mantras aprendidos por los estudiantes de economía a lo largo de décadas: los bienes cuestan dinero y es preferible tener 100 euros en la mano que la promesa de tener 100 euros dentro de un año.

Por si fuera poco, la mayor recesión económica en décadas ha convivido con máximos históricos en las Bolsas. En el año más irreal y distópico de nuestras vidas, las finanzas mundiales han entrado en su propio universo paralelo, inverso al actual y con otras reglas de juego.


Petróleo

El mejor ejemplo, quizá, esté en el petróleo. El contrato de materias primas más negociado del planeta, el del crudo tipo West Texas en su primer vencimiento, cerró en -37 dólares el 20 de abril. Es decir, se podía cobrar esta cantidad a cambio de recibir un barril de petróleo tipo West Texas en una fecha determinada. Pagar fortunas por empresas de dudosa actividad, hipotecarse hasta las cejas por infraviviendas, o fiar los ahorros de una vida a colecciones virtuales de sellos son aberraciones que entran dentro de la experiencia colectiva. Pagar para deshacerse de algo llamado “oro negro” es un salto cualitativo en los desafíos a la lógica

La banca, reacia a cobrar por los depósitos

  • Tipo negativo. Como a los bancos se les cobra por el exceso de liquidez, parte del sector ya traslada este coste a sus clientes institucionales, como grandes patrimonios o empresas. Una práctica que aplican tanto bancos extranjeros domiciliados en España como buena parte del sector doméstico.
  • Particulares. No obstante, de momento, ningún banco que opera en España cobra por el dinero que está depositado por parte de clientes particulares, una práctica que sí se ha desarrollado en otros países europeos.
  • Comisiones. Las entidades intentan, por el contrario, compensar este efecto con mayores comisiones. En la mayoría de los casos éstas dependen no del efectivo depositado sino del grado de vinculación del cliente con la entidad, es decir, de la rentabilidad que obtiene el banco de cada depositante.

En plena primera ola de la pandemia, el consumo de carburantes se paró, y las refinerías cesaron su actividad. Habían parado las fábricas, los aviones se quedaron en tierra y se vaciaron calles y autopistas en todo el mundo. Y, ante un colapso sin precedentes en la demanda, hubo desencuentro entre los productores; ante la negativa de Rusia a recortar en la escala que demandaba Arabia Saudí, Riad anunció que bombearía a la máxima capacidad posible, hasta 13 millones de barriles al día.

El pulso duró poco, pero el mercado se había empezado a romper por la combinación de exceso de producción y una demanda congelada. Los barriles se convirtieron en un estorbo: nadie los necesitaba, valían poco y, sobre todo, no había capacidad de almacenar en Estados Unidos (país productor) el crudo sobrante: medio centenar de petroleros rondaban la costa californiana sirviendo de almacén, con unos 20 millones de barriles.

En el mercado financiero el movimiento se agudizó por la cercanía del vencimiento, que llevó a deshacer las posiciones de los ETF, y por la liquidación de apuestas alcistas. Pero no fue un precio negativo virtual: publicaciones especializadas dieron cuenta también de precios negativos en el mercado real, es decir, entre refinerías y operadores de oleoductos. Tampoco fue un colapso generalizado ni duradero: el vencimiento del West Texas para junio no bajó de los 30 dólares y el barril del Brent, que ahora cotiza sobre los 50 dólares, hizo mínimo en 19,33.


Deuda

Si la cotización negativa del petróleo fue un evento extraordinario, un cisne negro, el mercado de bonos está más acostumbrado a los tipos bajo cero. Y, de hecho, uno de los elementos que ha llevado inestabilidad al petróleo ha sido la afluencia de inversores que buscan en otros activos como el crudo la rentabilidad que no encuentran en los clásicos, mucho menos en un mercado de bonos donde no hay mucho que rascar. El bono alemán a 10 años lleva cotizando en negativo desde principios de 2019 y el japonés ronda el cero desde 2016. España cobra por su deuda a dos años también desde 2016.

La diferencia de 2020 frente al pasado es que los tipos negativos se han convertido casi en norma y han llegado a los plazos más largos. Los bonos a 10 años de Suecia, Suiza, Alemania, Francia, Holanda están bajo cero. El bono español a 10 años ha marcado un hito histórico este mes en el -0,019%. Berlín, de hecho, cobra por prestar dinero a cualquier plazo, incluso a 30 años. Y no solo los estados: Lufthansa, Santander, Goldman Sachs o Pirelli tienen deuda cotizando en negativo. En total, el mundo hay 14,2 billones de euros de deuda que, si el inversor la compra y espera a su vencimiento, pierde dinero. 

El motivo de este aparente contrasentido es la acción de los bancos centrales: si el BCE compra deuda en el mercado a tipos negativos, un inversor puede comprar bonos a precios aparentemente sinsentido porque después la autoridad monetaria los recomprará, en una tendencia que contagia a todo el mercado, más allá de las compras estrictas. La respuesta de los bancos centrales a la pandemia ha acelerado la tendencia.

A cierre de 2019 los bonos globales en negativo eran 10 billones. No obstante, el histórico desplome de los mercados en las semanas en las que estalló el coronavirus en Europa dispararon la aversión al riesgo de los inversores: la prima de riesgo de la Europa periférica se disparó y España pagó por emitir letras por primera vez en cuatro años. Pero poco tardaron los bancos centrales de la eurozona, EE UU y Reino Unido en tomar medidas para evitar el enquistamiento de la crisis. Los programas masivos de compras de activos llevaron a la deuda cotizando en negativo de los ocho billones de euros en marzo a un récord de 15,2 billones en este mes de diciembre.


Euríbor

Si el mercado de bonos está condicionado por los bancos centrales, más lo está el interbancario. El BCE estrenó en 2014 los tipos bajo cero: Si los bancos no prestan el dinero, qué mejor forma de motivarles a ello que cobrar por el dinero que sobra. Draghi elevó la apuesta en 2019 poniendo el tipo en el -0,5%, aplicado sobre tanto sobre el dinero depositado por los bancos en el BCE como al exceso de reservas de las entidades. El tipo al que se prestan los bancos (es decir, el euríbor) se ha acercado a este umbral, con sustos de por medio.

El euríbor subió en los peores momentos de la pandemia, reflejando la desconfianza de los bancos a prestarse dinero y, particularmente, a las entidades de la periferia. Un revival de 2012 que escondía, también, un mejorable sistema de cálculo. El BCE suavizó estas tensiones en pocas semanas, inyectando cantidades masivas de liquidez y ahuyentando el fantasma de la fragmentación del euro. El indicador está ahora al filo del -0,5%, una señal que, pese a ser contraria a lo aprendido por generaciones de economistas, es positiva: los bancos pagan por prestarse entre sí, mala noticia para sus cuentas. Pero es el precio de prevenir una crisis de liquidez capaz de ahogar a empresas y a las propias entidades financieras.

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