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Cambio climático, entre el negocio y la religión

El problema básico de la lucha contra el calentamiento es que no existen instrumentos políticos que obliguen a los países

Cambio climático, entre el negocio y la religión
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Entre el 2 y el 13 de diciembre Madrid acogerá la cumbre anual del clima de Naciones Unidas o Conferencia de las Partes (COP25). En esta cumbre se debe desarrollar el reglamento de las normas establecidas en el Acuerdo de París de 2015, que supuso el mayor compromiso vinculante frente al cambio climático: limitar a partir de 2020 el aumento de la temperatura global a 2ºC en este siglo. Al tratarse de acuerdos voluntarios sujetos a vaivenes políticos y económicos, los protocolos no tienen éxito (el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se desvinculó recientemente de un acuerdo firmado por su antecesor, Barack Obama). El problema básico es que no existen instrumentos políticos o de coacción que obliguen a los países a cumplir los objetivos, incluso aquellos que se comprometen por escrito.

El organismo internacional lleva más de tres décadas clamando en el desierto, con hitos como el Protocolo de Kioto o el propio Acuerdo de París, sobre la imperiosa necesidad de frenar los gases de efecto invernadero que están provocando el calentamiento global de la mano del hombre y no de la naturaleza. Y es que las emisiones, lejos de frenarse, han seguido creciendo a una media del 1,5% anual desde 2010. Solo el empobrecimiento parece ayudar: en los primeros años de la recesión económica en países especialmente azotados por ella, como España, se produjo un descenso de emisiones como consecuencia de la caída de la producción derivada de la caída de la demanda y no de políticas medioambientales efectivas.

Lo que sí logran este tipo de eventos, cual letanía, es concienciar a los ciudadanos o, más exactamente, remover su mala conciencia, al atribuirles una responsabilidad individual en el cambio climático que no tienen o que difícilmente pueden asumir. El individuo, convertido a una nueva religión que cuenta incluso con una Juana de Arco a la que venerar, la niña Greta Thunberg, hace penitencia con acciones personales (reciclaje, esencialmente) para seguir consumiendo: confesándose para volver a pecar. Pero el reciclaje, de vidrios o plásticos, en que se empeñan con buena voluntad los pecadores del clima tiene un límite y no siempre sirve para proteger la atmósfera. Se trataría no tanto de reciclar como de no consumir.

Por contra, el ciudadano no reconoce su responsabilidad directa (lo que emiten los vehículos en que viaja) o indirecta (el consumo de energía o bienes producidos con tecnologías contaminantes). Y es que, siendo como es el transporte el responsable de más del 33% de las emisiones de CO2, los Gobiernos han preferido centrar sus políticas de reducción en las grandes energéticas o industrias, con la creación de mercados de derechos de emisión que, como el europeo, han resultado inútiles hasta ahora. Es políticamente más rentable enfrentarse a corporaciones industriales (a las que se puede compensar por otras vías) que a millones de potenciales electores. Con reciclar algunos residuos muchos ciudadanos, que se oponen ferozmente, por ejemplo, a medidas de restricción del tráfico en las grandes ciudades o a alzas tributarias a los combustibles, ya consideran expiada su culpa climática.

La lucha contra el calentamiento global no se debe sustentar en apelaciones a la voluntad del hombre (ni en normas dirigidas a la individualidad), sino a nuevos modelos económicos de producción y consumo. En este punto, el dios del clima choca de frente con el capitalismo y, para desgracia del planeta, capitalismo somos todos. Ni el individuo está dispuesto a sacrificar su bienestar presente en aras de un mejor futuro ni las empresas están dispuestas a renunciar al beneficio.

La única vía posible es convertir la batalla contra la crisis climática en negocio. O, como dicen sus defensores, en una oportunidad. De lo contrario, el sistema jamás permitirá (no lo está haciendo, de hecho) tener éxito en la lucha. El coche eléctrico se impondrá cuando las automovilísticas consigan rentabilizar su producción frente a los vehículos de combustión. Para ello, necesitan la tecnología que les permita abaratar su precio y que se desarrolle una red de puntos de recarga. Los puntos de recarga van a ser un buen negocio para las eléctricas, que cobrarán por ello y venderán su energía a nuevos clientes. Estas compañías han encontrado además una vía de sustitución de sus viejas centrales de carbón (contra las que se han conjurado los hados políticos y económicos) por energías renovables y nichos como el autoconsumo. Más oscuro resulta el futuro para las grandes petroleras, que no hallan una vía de renovación de su actividad tradicional, aunque pueden optar por convertirse en eléctrica.

Un problema añadido son esos negocios que, pese a tener la etiqueta de verde, no sustituyen a los viejos modos de producción y resultan redundantes, así como las actividades contaminantes derivadas de internet. Un ejemplo es la proliferación de bicicletas (o vehículos recuperados del más allá) que, si bien no contaminan, no sustituyen a los coches, sino que se suman a ellos y sirven para recreo de turistas y para engrosar las arcas municipales.

La economía low cost surgida de los canales de internet será una de las más dañinas para el clima y la más difícil de combatir. Una modalidad, quizás la peor de las lacras, es el turismo de masas que ha multiplicado peligrosamente el transporte aéreo y marítimo así como el urbano dirigido a visitantes de todo el mundo que se hospedan en baratos pisos turísticos. Si en volumen de emisiones, el automóvil gana con creces a la aviación o los buques, a medio plazo el coche eléctrico será una realidad pero a los aviones y barcos eléctricos no se les espera. Una aerolínea como Ryanair supera ya en emisiones a cualquier utility europea. Otro negocio muy emisor es el del comercio por internet, que ha disparado el tráfico de reparto. Un buen ejemplo es el Black Friday, la gran fiesta del consumo mundial que se celebra hoy.

Sumados estos efectos indirectos, la huella de carbono (medirla es otro negocio surgido de la crisis climática) que deja internet es preocupante. No faltan empresas europeas que consideran que el Viejo Continente, responsable de un porcentaje pequeño de las emisiones mundiales (el 8%), no debe ponerse al frente de la manifestación. Una medición tramposa en un mundo global: ¿a quién se atribuyen las emisiones de un avión procedente de Asia con turistas con destino a un país europeo y beneficia económicamente a este o las de la industria textil cuyos productos se consumen profusamente en Occidente? Pues al país asiático.

 

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