La fractura parlamentaria augura una legislatura corta y un Gobierno débil o nuevas elecciones

Sánchez solo tiene la alternativa de su izquierda, pero en manos de ERC. La opción de la abstención del PP queda descartada por el auge de Vox

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El líder socialista, Pedro Sánchez, junto a su homólogo, Pablo Casado.

No era buena idea ir a la repetición electoral. El presidente del Gobierno, ferviente pero inconfeso defensor de volver a las urnas, a la vista de los resultados, ha equivocado el tiro, y es uno de los derrotados de unos comicios en los que todos podríamos perder si no se impone el diálogo al bloqueo. Ha perdido tres escaños, 800.000 votos y la mayoría absoluta en el Senado, y si antes disponía de dos opciones razonables de Gobierno nucleado por el Partido Socialista, ha pasado a dos opciones menos razonables y mucho menos probables: un pacto por su izquierda que le deje en manos de Esquerra Republicana de Catalunya, hipotéticamente con las facturas cruzadas más caras de la política nacional, o un acuerdo con el PP, que dejaría en manos de opciones radicales, tanto por la izquierda como por la derecha, la oposición parlamentaria.

Mal panorama para un país que enfrenta la mayor crisis política de su historia reciente, con una amenaza radical de secesión de una parte de su territorio, y una intensa desaceleración de la economía, alimentada por un bloqueo político que ha paralizado las decisiones económicas relevantes en los últimos cuatro años. Mal panorama cuando la única opción solvente es un pacto a la alemana en un país con una situación crecientemente italianizante de la vida política, cuando España no tiene ni alemanes ni italianos en el Parlamento.

Con los resultados de las elecciones de ayer, el sudoku se ha complicado sobremanera, y todo apunta a que la fragmentación parlamentaria solo estará en condiciones de ofrecer Gobiernos muy débiles, una legislatura muy corta y revuelta o volver a las urnas dentro de seis meses por tercera vez, una opción que los grandes partidos quieren desechar, y que supondría un sonrojo generalizado que debería provocar una intensa sucesión de renuncias por parte de los líderes políticos. Por tanto, los españoles exigen ahora los esfuerzos de negociación que los políticos no hicieron desde el 28 de abril, y tendrán que hacer más renuncias que aportaciones para lograr devolver la estabilidad que España ha perdido desde 2016.

Los dos bloques de izquierda y derecha están bastante igualados, con una ligera ventaja para la izquierda (158 escaños frente a 152, contabilizando los dos de Navarra Suma) pero que parece insuficiente para decantar un Ejecutivo con solvencia, porque una cuestión es lograr una investidura y otra bien distinta gobernar. En votos el empate es absoluto, con 10,08 millones de votos la derecha y un 43,12%, frente a 10,033 millones de la izquierda y el 42,92%, con la salvedad de que este cómputo se hace con el 96,8% del escrutinio.

Con estos números sacados de las urnas ya no es posible poner en marcha el pacto más lógico de cuantos surgieron de las urnas en abril, el que hubiera proporcionado un Gobierno del PSOE con el apoyo de Cs, en lo que hubiese sido la reedición del viejo pacto que en 2016 se sometió a la consideración parlamentaria, pero que fue rechazado por la escasez de los números. Un acuerdo que hubiese sido respaldado por más de 180 escaños, la mayoría amplia de ciudadanos y la práctica totalidad de la comunidad de los negocios, con un programa ajustado a las necesidades de la economía española. Ahora tal cosa no es posible, y si alguien ha fracasado en proporción superior a la de Sánchez, más cuantitativa que cualitativa ciertamente, es el líder de Ciudadanos, Albert Rivera. Su descenso de los 57 asientos a los 10 es la certificación de que tiene que irse para su casa, porque realmente nada ha aportado a la política española, habiendo tenido en sus manos las mejores cartas en todas las bazas. Fue el primero en pactar con Sánchez; fue quien pactó después con Rajoy tras arrastrar los pies meses y meses; fue el primero que, pese a ser su socio, disparó contra el presidente tras la sentencia de Gürtel que desató la moción de censura; fue el primero en establecer murallas chinas con partidos constitucionalistas; y, visto lo visto, debería ser el primero en dejar su escaño para que la supuesta nueva política facilite la vieja gobernabilidad. Algo así insinuó anoche tras la debacle electoral.

La izquierda con ERC

La segunda opción de la que disponía en abril Sánchez, que resultó ser su primera opción, hoy tampoco es posible, pues los escaños de la izquierda están más alejados de la mayoría absoluta que en la primavera.

Solo podría llevarse a cabo con el concurso imprescindible de los votos de los grandes partidos nacionalistas autonomistas, tanto PNV como BNG o, además de las migajas de Más País, Compromís y otras formaciones con un solo escaño. No habría seguramente mayoría absoluta, pero podría solventar la investidura en una segunda votación que solo exige más votos a favor que en contra. La dificultad de este pacto es otra vez la condición independentista de los nacionalistas más poderosas, y el choque inevitable con el conflicto catalán, que tras la sentencia que ha condenado a cárcel a los líderes que encabezaron la secesión de octubre de 2017, condiciona todas las decisiones del Gobierno del Estado. Estaríamos, ni más ni menos, que en la radiografía parlamentaria de la moción de censura contra Rajoy, pero con el agravante de una sentencia que condiciona la gobernabilidad, al menos en tanto se resuelve la cuestión catalana.

Esta opción puede volver a chocar con la estructura del Gobierno: Sánchez lo quiere unitario del PSOE, e Iglesias lo quiere de coalición, y la pérdida limitada de fuerzas que ha experimentado, y el estancamiento de los socialistas le rearma para insistir en aquello que Sánchez rechazó: dos Gobiernos en uno, o, dicho de otro modo, la oposición dentro del Gobierno.

La otra alternativa con la que cuenta Pedro Sánchez como líder del partido más votado es el apoyo activo o pasivo del Partido Popular. El activo parece muy poco probable por lo que hemos comentado más arriba, y el pasivo aún menos. En primer lugar un Gobierno en solitario de Sánchez no sería posible con la abstención del Partido Popular, puesto que tendría, en condiciones normales, más votos en contra que a favor, ya que el resto de grupos de izquierda no respaldaría una investidura apoyada de alguna manera por el Partido Popular, y que, además, tendría que ser a cambio de determinados acuerdos parlamentarios de contenido, como los mismísimos Presupuestos del Estado.

Pero una abstención del Partido Popular, dado que tendría cuasi las mismas exigencias que un voto activo, es una posición muy complicada para el primer partido de la derecha, ya que dejaría campo libre para ejercer la oposición a un partido radical como es el caso de Vox, que ha fortalecido su posición parlamentaria hasta los 53 escaños (tenía 24), y con presencia en prácticamente todo el territorio nacional. Pablo Casado no ha llegado a sus expectativas (quería un centenar de asientos), aunque se abra camino como líder de la oposición, por la fortaleza mostrada por Vox, una formación al filo de la inconstitucionalidad que ha aprovechado el ruido de la crisis catalana y de la exhumación de Franco.

Pedro Sánchez tiene una tercera opción, ciertamente remota, que es el concurso de los diez diputados de Ciudadanos en caso de la salida de Rivera y de aceptar estar en un pacto con la izquierda.

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