Una cumbre del G7 con más resultados de los esperados

Permiten a los líderes mundiales acercarse y evitar que la situación se complique más

Bien está lo que bien acaba, y salvo salidas extemporáneas a la vuelta a sus despachos, los líderes del G7 reunidos los últimos tres días en Biarritz no han roto ningún plato. Si recordamos el desplante de Donald Trump hace un año en la reunión del club en Canadá, crispada por las diferencias en la relaciones comerciales, eso ya es un éxito. Cierto que el hecho de no conseguir pactar más que muy a última hora un breve comunicado final, con la propuesta recurrente de reformar la OMC, es señal de todo menos de un gran consenso, pero la unanimidad no es ni mucho menos una virtud necesaria en la geopolítica internacional.

Iniciada en un clima de incertidumbre alimentado por las posiciones de Donald Trump en su guerra comercial con China –y, a poco que nos descuidemos, con Europa y el resto del mundo– y del recién ascendido al poder por la vía rápida en Reino Unido Boris Johnson, con su órdago de Brexit salvaje si no se cambia el acuerdo con la UE, lo cierto es que la sangre no ha llegado al río en la hermosa localidad turística francesa. Tras un fuerte tensionamiento de la guerra comercial, incluso durante la misma cumbre, Trump cambió el tono ayer por otro mucho más conciliador tras la llamada de China a la cordura y la vuelta a las negociaciones. Johnson, que empezó literalmente poniendo un pie sobre la mesa ante el anfitrión, saca de este G7 una aproximación a Trump, dispuesto a acogerlo con acuerdos comerciales mientras el Brexit lo distancia de la UE, que acertadamente le ha dejado aún más claro que el acuerdo de salida es el que es.

El anfitrión, Emmanuel Macron, tras el sobresalto por la amenaza con que se presentó Trump de subir aranceles al vino francés si Francia persistía sin más en la tasa Google –al final, pactaron un compromiso–, ha sabido hacer bien su trabajo. Con sus propuestas sobre la Amazonia y su conejo en la chistera en forma de invitación sorpresa a Irán para avanzar en acercar posturas en el ámbito nuclear con EE UU, sale reforzado del G7 y da un impulso al descolorido papel de Francia en el mundo. Angela Merkel ha dejado cierta sensación de estar de retirada, preocupante cuando Alemania bordea la recesión. En clave nacional, el papel de convidado de piedra de España, esté o no el Gobierno en funciones, no es el más digno que se le puede pedir entre las democracias liberales del mundo.

La conclusión, una vez más, es que cumbres como el G7 son tan prescindibles como necesarias. Al fin y al cabo, ante las importantes incertidumbres que achacan al orden y a la economía internacionales –la OCDE certificó ayer la ralentización de los países más ricos–, permiten a los líderes mundiales acercarse y evitar que la situación se complique más.

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