La crisis climática y cómo abordar medidas eficaces

El arancel al carbono y una apuesta por la innovación son esenciales para un mundo verde

Manifestantes alemanes protestan contra el cambio climático.
Manifestantes alemanes protestan contra el cambio climático. EFE

Estamos en un momento de efervescencia de un asunto que abarca muchos aspectos de nuestra economía, modo de vida e incluso civilización global: la crisis climática, cómo afrontarla y qué medidas son mejores abordar a corto, medio y largo plazo.

Según pasan los meses, los días, la sensación de angustia que se nos transmite se exacerba. Nuestra mala conciencia, al comparar el confort del que disfrutamos con aquel de territorios menos favorecidos, que además serán los más afectados por los daños que nuestro modo de vida está gestando, nos lleva a querer actuar rápidamente y requerir de nuestros gobiernos medidas contundentes para disminuir ese tormento cuanto antes. Pero, ¿cuáles prometen ser las más eficaces y eficientes para revertir esta dinámica?

Todo el “metabolismo” de nuestra actividad social, cultural, económica, de la civilización que en definitiva puebla la Tierra, está basada en la utilización de los bienes que nos da la Naturaleza. Todo. El ingenio humano se ha ocupado desde siempre en adaptarlo a las formas más asimilables de usar esos bienes, mediante nuestro esfuerzo y con el concurso de cantidades ingentes de la energía del sol —en sus diversas formas ahora disponibles, y almacenada del pasado en forma de combustibles fósiles. En todo ese proceso desechamos cosas y las desperdigamos por la atmósfera, los mares, y muchos otros espacios de los que nos servimos para ello. Estos ámbitos, que un día nos parecieron inabarcables, ahora están siendo transformados por nuestras acciones.

Cualquier medida para paliar los efectos de un único aspecto de este metabolismo en el que estamos inmersos, sin tener en cuenta a la vez todos los demás, e incluso obviando la escala de tiempo en la que se desenvuelven sus procesos, está llamada a ser un mero parche. Con suerte, aliviará alguno de los síntomas, pero no la enfermedad general que afecta al paciente, que no es otra que cómo sostenemos nuestro modo de vida. Ha llegado el momento que cojamos la cuestión general por sus cuernos y concibamos globalmente, a escala planetaria, cómo optimizar la eficiencia de ese metabolismo a partir de una precisa evaluación de todos sus costes y en términos de daño a la biodiversidad.

Un arancel sobre el carbono, como se está abordando en muchos países, para internalizar las transacciones que ese metabolismo implica en lo que se refiere a gases de efecto invernadero, puede ser un buen punto de partida para emitir la señal de que algo hay que hacer y algo se está haciendo. No obstante, el arancel es potencialmente regresivo para las capas sociales más desfavorecidas, o con niveles de ingresos bajos, y necesita ser compensado mediante otros mecanismos que añaden complejidad a su gestión y equidad. Para ser aceptado, su implantación debe ser transparente, neutra en ingresos netos o que el superávit se dedique a inversiones que tiendan a disminuir los GEI. Si esto no se consigue, cómo demuestran en Francia los chalecos amarillos, la oposición de los perjudicados puede hacer descarrilar el intento.

Mientras el arancel hace su trabajo poco a poco, hay que concebir cómo mejorar, mediante I+D e innovación, todos los procesos del metabolismo al que nos estamos refiriendo, de tal manera que en el medio y largo plazo podamos remplazar los actuales, que usan mucha energía o producen muchos desechos, por otros más eficientes, desde el punto de vista energético y de intercambio de desechos no utilizables posteriormente.

A este respecto, por ejemplo, para abastecernos de electricidad, la energía nuclear tal como la conocemos hoy en día, parece estar agotando su ciclo tecnológico y no se puede esperar mucho más de él. Si bien se intuye que la densidad energética que proporciona el combustible que usa podría presagiar grandes cosas de cara a las próximas décadas. Para ello hay que renovar esfuerzos en I+D para abaratar costes y adaptarse a un panorama de aportación a un sistema energético completamente descarbonizado, mucho más descentralizado, flexible, y granulado en tamaño. La sociedad exigirá que el resultado de esos esfuerzos incluya una gestión eficaz y segura de los deshechos generados, que, aunque de larga duración y elevada peligrosidad, resultan más sencillos de contener que los derivados de la quema de combustibles fósiles.

Para encaminar la labor innovadora, el arancel al carbono se nos queda corto. Como una dieta que solo prohibiese los alimentos más perniciosos para nuestro metabolismo global, el arancel nos acorta la lista de la compra sin recomendar con qué llenar el carro. Hacen falta medidas capaces de señalar los caminos más prometedores y que incentiven y apoyen a quiénes se atrevan a recorrerlos. Deben acompañar al arancel, políticas de investigación, innovación y desarrollo que sirvan de cimientos a estrategias industriales que aprovechen las fuerzas globales que dan forma al presente –la digitalización, la electrificación, la automatización– para transformar nuestro futuro.

Un último ingrediente imprescindible, que cada día cotiza más caro es la colaboración. Entre líderes sociales, políticos, culturales, y económicos de toda clase y, especialmente, de todo origen. El acuerdo de París o los objetivos de desarrollo sostenible de la ONU ejemplifican la efervescencia en que habitamos y que es tiempo de colaborar, no solo para señalar la meta, sino para trazar juntos los caminos hasta ella.

Un conjunto de estas medidas, y no una por sí sola ni por un país solo, con esfuerzo, compromiso, perseverancia, y colaboración, quizás consiga ser eficaz, ser más que un parche contra la crisis climática, y aliviar nuestra angustia y la de otros. Es lo mejor que podemos abordar.

Alejandro Núñez y José Luis de la Fuente son, respectivamente, investigador en el Instituto Federal Suizo de Tecnología de Zúrich y experto en la comisión de transición energética del Gobierno de España

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