Trump se pone el traje de presidente

Su discurso sobre el estado de la Unión arranca aplausos de demócratas como Pelosi y Sanders

Donald Trump, durante su discurso sobre el estado de la Unión, el martes en el Capitolio de Washington.
Donald Trump, durante su discurso sobre el estado de la Unión, el martes en el Capitolio de Washington.

Donald Trump convirtió a las personas en protagonistas de su primer discurso sobre el estado de la Unión. Y casi consiguió batir el récord de aplausos recibidos por un presidente. Según CNN y elNew York Times, Bill Clinton encabeza el ránking con 128 interrupciones por aplausos, seguido por Trump (115), Barack Obama (90) y George W. Bush (80). Si me remonto al primer discurso de Franklin Delano Roosevelt no acabo la tribuna.

The Donald arrancó aplausos a la demócrata Nancy Pelosi cuando aludió al In God we trust (En Dios confiamos). Y de su también rival Bernie Sanders, cuando adujo la necesidad de reducir las desigualdades sociales. Muchos demócratas aplaudieron a Trump. El motivo es sencillo: su discurso fue patriótico y en el amor a América, como decía Obama, no hay diferencias entre republicanos y demócratas.

Al poner como ejemplos a bomberos, policías, militares, médicos, enfermeros (hombres y mujeres) que habían salvado vidas jugándose la suya, difícil era que los demócratas no aplaudieran. Muchos lloraron cuando señaló a dos familias afroamericanas cuyas hijas habían sido asesinadas por bandas latinas asesinas que entraron ilegalmente en América.

Sus muchas referencias a los veteranos de guerra (30 millones de hombres y mujeres, con heridas en el cuerpo y en el alma) apelaron al corazón de muchos. Pelosi se emocionó. El senador Chuck Schumer aplaudió. Como aplaudieron ambos cuando aludió a la mejora de la sanidad para los veteranos y atacó la crisis de los opiáceos, que mata a siete personas cada hora, dijo Trump.
Mirando a su hija Ivanka, el presidente afirmó que las bajas por maternidad serían remuneradas, iniciativa que ella lleva tiempo impulsando. Hizo levantarse a dos familias que, con pymes, han sido capaces de expandirse.

Cada uno de estos ejemplos encapsula una temática de gran calado: economía, energía, sanidad, pymes, empleo, inmigración, seguridad nacional, ejército, política internacional, etc. Obama, analítico, hubiera hecho un discurso extremadamente brillante, pero, como le sucedió en ocho ocasiones, solo contentó a los que le admiramos y queremos: la gente de la calle desconectaba.

Quién nos iba a decir que el multimillonario Trump iba a apelar a los corazones de los americanos. Cierto, la retórica de Bill Clinton es aún más inclusiva e incisiva y, al escucharle, te entran ganas de abrazarle, como si fuera tu hermano. Trump no es así, pero consiguió su objetivo con eficacia: 23 millones de americanos vieron su discurso en televisión, 19% más que el de Obama en enero de 2017.

Según la encuesta de la firma de investigación de mercados YouGov para CBS, tres de cada cuatro personas que vieron al presidente estuvieron de acuerdo con él. Inteligente por su parte, poner cara y ojos en televisión a los problemas que aquejan a los americanos, a través de personas concretas que los sufren o los remedian.

Y el patriotismo. Trump mencionó muchas veces el American Dream (sueño americano) dejando claro que “si se trabaja duro y se cree en sí mismo, todo es posible”. Lógicamente, pudo hacer esa afirmación porque la economía lleva creciendo y generando empleo desde junio de 2009, con Obama. Trump no desperdició la ocasión de exponer sus logros económicos de 2017, aunque tuvo la picardía de no arrogarse el mérito, sino dárselo al pueblo americano, con lo que se llevó otro aplauso demócrata (los republicanos eran obvios).

Trump recordó la positiva evolución de los mercados de valores, las inversiones millonarias que generan empleos de Apple y Exxon Mobile, la creación de 2,4 millones de puestos de trabajo en 2017 y el 2,3% de crecimiento del PIB (1,6% con Obama en 2016). Recordó que la tasa de paro está en su nivel más bajo desde la época dorada de Clinton (la frase es mía, no de Trump), con el 4,1%, y habló de lo que nadie quiere mencionar: la baja tasa de participación laboral, por dos motivos: mayores de 45-55 años que desisten de buscar trabajo y no aparecen en las estadísticas y los 11 millones de veteranos que, vueltos a la vida civil, nadie quiere contratar.

Trump volvió a meterse a los políticos en el bolsillo, aludiendo a programas de integración laboral para unos y para otros. La única ocasión en que la Junta de Jefes de Estado Mayor se puso en pie para aplaudir fue cuando aludió a la provisión de empleo y sanidad para veteranos.

En cambio, encontró caras serias en afroamericanos y latinos cuando aludió a que la tasa de paro en esos colectivos es la más baja desde 2000. Prometió una inversión en infraestructuras, tras destacar sus logros con la reforma fiscal, de 1,5 billones de dólares (1,2 billones de euros). Pero dejó claro que quiere que sean estadounidenses los que trabajen en esas obras, no inmigrantes.

Su visión sobre la inmigración fue la temática que más antagonizó al presidente con la oposición, aunque Trump ofreció una rama de olivo que fue rechazada. Dicen que el presidente se equivocó al centrar su discurso sobre inmigración en aquellos inmigrantes ilegales latinos que venden drogas y asesinan. Lo que hizo es apelar a lo que su electorado está dispuesto a comprar. Aunque dijo que legalizaría a millón y medio de inmigrantes “traídos al país siendo niños” y que restringiría la reunificación familiar a familiares directos.

Con una economía en buen estado y creando empleo, es fácil sacar pecho. Los salarios suben por vez primera, dijo, y es verdad. La manufactura vuelve a Detroit. La fuerte retórica de Trump con Irán y Corea del Norte, el fortalecimiento del Ejército y la alusión al amor a “la única bandera americana” (que descarta la de la Confederación) llenan de orgullo a una nación que, si alcanza un PIB del 4% (FMI), abrazará de nuevo la “excepcionalidad de América” (Reagan) y el orgullo de ser americanos.

La verdadera prueba para Trump serán las elecciones legislativas de noviembre. Si ganan los republicanos, asentará cuatro años de presidencia. Si no, este discurso patriota será fuegos artificiales.

Melania, primera dama, contrastaba con el resto de los presentes. Vestida de blanco versus el negro mayoritario. Y su comedida templanza a la hora de aplaudir al presidente. Inmigrante y eslava, su índice de aprobación y favor del público triplica al de su marido. Por algo será. Un Kennedy, Joe Kennedy III, dio la réplica demócrata a Trump: ¿Anecdótico?

Jorge Díaz Cardiel es socio director Advice Strategic Consultants y autor de Hillary vs Trump y Trump, año uno

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