Tribuna

'Dontancredos', narcisos y una lectura a los políticos

Para los que vivimos en el extranjero, a la circunstancia, más o menos tolerable, de la falta de Gobierno en España, se une la necesidad, mucho más embarazosa, de tener que justificar lo injustificable. Cada vez que alguien me pregunta qué ha pasado en mi país, empiezo a balbucear excusas sobre la fragmentación del voto, para reparar de inmediato en que la existencia de varias opciones políticas debería multiplicar, en lugar de impedir, las opciones de formar Gobierno.

Hay quien ha querido ver en este fracaso colectivo la prueba definitiva de nuestros ancestrales rasgos ibéricos. Los españoles, esa raza pasional, habríamos sucumbido una vez más a lo que Ortega llamaba nuestro “vigor histórico”. La explicación, por supuesto, es mucho más sencilla. El dontancredismo político de unos y el narcisismo de otros han conseguido derrumbar en apenas cuatro meses la legislatura. Y en el medio de los dos extremos, quizás ha sobrado una dosis de escenificación y ha faltado explorar todas las alternativas.

A los dontancredos habría que decirles que estarse quietos solo les lleva a acertar cuando no hacer nada es la estrategia correcta. Pero que en el resto de las ocasiones, que son la mayoría, se equivocan. Exactamente como el reloj estropeado, que también acierta dos veces al día.

Los narcisos, al contrario, no han parado de moverse. En su corta existencia han cambiado tantas veces de programa que ya no se sabe si proponen repudiar la deuda, si exigen lealtad a jueces y magistrados o si quieren limitar la propiedad privada de los medios de comunicación. Lo que es evidente es que son capaces de cualquier cosa por encabezar los telediarios, ya sea insultar o besarse, laminar a sus más estrechos colaboradores o proponerse y renunciar como vicepresidentes imaginarios. Habría que decirles que pueden seguir jugando a alternar citas de Gramsci e Isaiah Berlin, de Manu Chao e Indalecio Prieto, pero que no por ello van a conseguir fusionar sus ideas. Muchos ciudadanos estamos esperando a que descuelguen de la pared el retrato del Che y superen la etapa de la adolescencia. A que la noche quede atrás. A que dejen de hablar de sí mismos y empiecen a hablar de nuestros problemas. En definitiva, a que empiecen a hacer política.

Sea cual sea el motivo, lo cierto es que tendremos nuevas elecciones el próximo 26 de junio. Y como quiera que el voto de residentes en el extranjero parece diseñado para impedirlo, mucho me temo que mi contribución al nuevo proceso electoral se va a limitar a la siguiente recomendación de lectura para todos los candidatos.

Give and take, del profesor de la escuela de negocios de Wharton Adam Grant, propone una idea revolucionaria: resulta que la mejor estrategia para tener éxito profesional no es, como a menudo se piensa, negociar con dureza y explotar las debilidades de los demás. Un porcentaje muy alto de altos directivos actúan como givers: gente que hace favores sin esperar nada a cambio. Grant emplea muchos ejemplos para defender su tesis: Adam Rafkin, uno de los inversores más exitosos en Silicon Valley, ha popularizado “el favor de cinco minutos”: escucha ideas nuevas de desconocidos y se presta a conectarlos con potenciales socios. Gracias a ello, ha construido una red de contactos inigualable y ha tenido la oportunidad de invertir en los proyectos más rentables. A su vez, las empresas que recompensan los comportamientos altruistas obtienen también mejores resultados que sus competidoras. Ser generoso no es solo lo mejor para los demás, sino que la evidencia sugiere que es lo mejor para uno mismo.

Grant cuenta la historia de un joven congresista por Illinois que decidió disputarle un puesto en el Senado al gobernador del Estado, de quien sospechaba, como tiempo después se confirmó, que estaba implicado en prácticas corruptas. Con cerca de un 45% de la intención de voto, el joven congresista se puso al frente de las encuestas, por delante del gobernador, con el 40%, y de un tercer candidato que tenía el 15%. Como no consiguió mover el voto durante la campaña, al final de la misma el joven congresista hizo algo tan inaudito en la política americana que su jefe de campaña no quiso saber nada más de él: se retiró de la carrera y, sin exigir nada a cambio, pidió el voto para el tercer candidato, que gracias a ello ganó las elecciones. La carrera política del joven no se acabaría ahí, sino más bien lo contrario. Su nombre era Abraham Lincoln.

Isidoro Tapia es MBA por Wharton