Editorial

El flujo global del dinero, tendencia de la inversión

El desarrollo de la industria financiera desde que arrancó este siglo ha sido espectacular. La plena libertad de movimientos del dinero, sin apenas controles administrativos y con cuasi absoluta laxitud fiscal, ha puesto en circulación una cantidad de liquidez tan descomunal en las últimas décadas que ha transformado la economía del planeta. Ha puesto en marcha sistemas productivos antes inexistentes en los países emergentes más populosos del globo; ha generado y distribuido ingentes cantidades de riqueza donde solo había pobreza, y, también, ha llevado a las grandes economías occidentales a la mayor crisis financiera de la historia, solo solventada por las enseñanzas de la que en los años treinta asoló a los países ricos y por el activismo militante de los bancos centrales y la coordinación de sus iniciativas. Aunque las instituciones internacionales han puesto empeño en marcar su territorio regulatorio para tratar de evitar enriquecimientos ilícitos y ulteriores crisis, el dinero sigue moviéndose con su instinto gregario y especulativo, marcando las tendencias de la inversión, primando y castigando decisiones políticas, y buscando siempre las mejores oportunidades de multiplicarse. A corto plazo y a largo también.

El desacople temporal existente entre las soluciones propuestas para la crisis financiera entre EE UU y Reino Unido, frente a Japón o Europa, que tiene bastante que ver con la naturaleza política de los distintos territorios, ha generado movimientos muy poderosos del dinero buscando la rentabilidad allí donde aparecía en cada momento. Si desde 2009 a 2013 el dinero viajaba a Estados Unidos de forma sistemática y de forma parcial a Reino Unido por su anticipación en la inyección masiva de liquidez y adquisición de bonos públicos por parte de las autoridades monetarias, ahora vuelve a Europa, tras los amagos de hacerlo hacia Japón, por la expectativa de crecimiento que genera el activismo del BCE y de revalorización esperada en la renta variable del Viejo Continente.

Pero como las compras masivas de deuda y expansión de la cantidad del dinero tiene también sus contraindicaciones, una parte de la liquidez movilizada por las gigantescos fondos anglosajones privados y soberanos no quiere sostener la apuesta de los bonos sin rentabilidad y está de vuelta hacia allí donde comienza a oírse el runrún de una subida de los tipos de interés (EE UU), que de paso lleva aparejada una apreciación notable de la divisa. Para los gestores de grandes cantidades de dinero es un divertido juego en el que las posibilidades de ganar son elevadas, puesto que son ellos quienes deciden, con el permiso de los bancos centrales, quién gana y quién pierde en cada viaje. No ocurre así, sin embargo, para los pequeños inversores, que difícilmente pueden prever los cambios de viento y que solo disponen de una bala en el cargador. Los grandes flujos de dinero generan a su alrededor muchas posibilidades de inversión, unas más generosas que otras y unas más seguras que otras, y que el particular puede aprovechar con buen asesoramiento y un controlado grado de riesgo. Las grandes tendencias marcan que será Europa, pese a los ajustes de última hora, el gran receptor de los flujos de liquidez, y que, por tanto, serán sus activos los que tengan mayores oportunidades de revalorizarse. La renta variable, y en ella las empresas más exportadoras y aquellas dedicadas a actividades cíclicas y de consumo, puede ser la gran apuesta si además tiene el anclaje de razonables pagos por dividendos, sin olvidar las emisiones de bonos corporativos con rentabilidades destacables, teniendo en cuenta que las tasas de inflación no van a deteriorar los retornos nominales.

Se precisa asumir cierto riesgo para mantener tal apuesta, pero la alternativa en activos locales es únicamente el retorno plano de la renta fija o los depósitos. A la recuperación económica seguirá la inevitable recuperación del sector inmobiliario, que puede ofrecer participación de los particulares a través de fondos de inversión o sociedades cotizadas, que además presentan carteras diferenciadas por tipos de activo. Y nunca deben descartarse apuestas a largo plazo en economías emergentes con gran capacidad de crecimiento, de las que hay que excluir las que empiezan ya a madurar, como China, Brasil o Rusia.

 

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