Tribuna

La inmediatez del olvido

La mayoría de las veces no recordamos lo que soñamos. Y, aunque existen múltiples teorías sobre el porqué de este olvido, destaca la que sostiene que este obedece a la escasa carga emocional que tienen buena parte de los sueños. Según este planteamiento, los sueños –lo mismo que la comunicación– perviven sobre la base de su carga emocional, tesis que merece ser rescatada de entre el complejo entramado de cifras, magnitudes y estadísticas que definen nuestra inmediatez.

Si bueno es vivir, mejor es soñar, y aún mejor despertar, según el verso de Antonio Machado. Claro que en el actual periodo histórico, en el que todo parece supeditado al balance cartesiano, la metáfora machadiana no parece encajar. Vivimos momentos en los que prevalece la comunicación de datos. Ejemplo fiel es el conjunto de indicadores de carácter positivo que maneja el Gobierno para acreditar la recuperación de la crisis. Se trata de una aportación informativa de datos netos, fríos, técnicos, y por ello fáciles de olvidar.

En contraposición, las noticias negativas relativas al paro, desahucios, bancos de alimentos, pobreza energética, etc., también incluyen datos, pero estos se sirven aderezados con emociones que contribuyen a fijar el mensaje en la memoria colectiva. Esta eficacia en el impacto de los mensajes tiene su traducción inmediata en la conformación del escenario electoral, cuya foto fija revela un cambio estructural en la correlación de fuerzas, con la irrupción del fenómeno Podemos en detrimento de las fuerzas políticas tradicionales.

Esta ambivalencia comunicacional representa el cenit de una sociedad de consumo en la que todo va rápido y parece breve, con el denominador común de la instantaneidad derivada del descomunal aporte tecnológico de los últimos años. En este contexto, surge la duda razonable sobre si ambos discursos –el que se aleja de la carga emocional y el que la utiliza– resultan espontáneos o están cuidadosamente programados. Lo cierto es que según el enfoque comunicacional, los mismos datos sirven para intentar convencernos de que estamos saliendo de la crisis y de lo contrario. La reciente publicación de la primera Encuesta de Población Activa (EPA) del año sirve a la perfección como ejemplo.

A escasos meses de los comicios locales parece absurdo creer en casualidades. Todo se programa a la inmediatez. Se bajan los impuestos que hasta hace nada era imposible bajar, según el dictado del déficit, o se acometen obras que ayer resultaban redundantes o innecesarias; hasta se ha recuperado el fulgor navideño de las calles después de años a media luz. De este modo, el gasto de los ayuntamientos se dispara con la estacionalidad de las elecciones, empecinados sus ediles en tratar a la sociedad como siempre cuando el problema es que la sociedad ya no es la de siempre.

En este escenario de sombras chinescas, el juego de las luces comunicacionales no logran arrancar los aplausos demandados por los actores, cuyos mensajes sin alma son contrapesados por los jirones emocionales de la crisis. La aportación de datos fríos –siempre interpretables, por otra parte– ya no cala en un entorno social y económico vapuleado por una crisis inédita, tanto en su génesis como en los daños estructurales y colaterales de una sociedad venida a menos.

Los mensajes institucionales se enmarcan hoy sin fisuras en la estrategia de la percusión, es decir, repetir y repetir hasta convencer. Pero cuando esta estrategia carece de componentes emocionales la comunicación deriva hacia la propaganda. Como volátiles copos de nieve, estos mensajes no cuajan en el sentir colectivo de las audiencias, y la credibilidad buscada por quien los dicta se hace añicos ante otros más emocionales, por ejemplo los que se refieren a la desigualdad creciente.

Puede que la sociedad española –en el contexto internacional– viva una nueva fase REM en el sueño de la mejora de la crisis. Incluso parece intenso y placentero, y la mayoría de los medios de comunicación se hacen eco, deseosos de vehicular salidas operativas a la situación. Sin embargo, la nueva fase REM se percibe breve otra vez más. Tanto que a su impacto esperanzador le sucede el olvido con la misma inmediatez. Y lo que debiera ser una inequívoca llamada a la esperanza se torna, una vez más, en frustración.

Xurxo Torres es director general de Torres & Carrera.