Los problemas estructurales hunden al país en una espiral agravada por las recetas de la troika

Portugal sigue fiel a un rescate que no resuelve su grave crisis

La economía acumula una caída de siete puntos del PIB en tres años y un paro del 20%

Lisboa recibió un préstamos de la UE y el FMI de 78.000 millones

El primer ministro luso, Pedro Passos Coelho.
El primer ministro luso, Pedro Passos Coelho. EFE

Bruselas etiqueta a todos los países rescatados como un caso excepcional, que no se repetirá en el resto de la zona euro. Pero tal vez el único que puede aspirar a ese título sea Portugal. Un honor que no supone ningún alivio para el país vecino porque lo sitúa en el centro de una recesión de libro, cuyas raíces se remontan más allá de la crisis financiera y cuya salida requiere cambios tan profundos que de poco sirven los ajustes presupuestarios recetados por la troika (CE, BCE y FMI).

“Portugal no ha tenido burbuja inmobiliaria, ni explosión del crédito, ni una economía recalentada”, reconoce un alto cargo comunitario. “Su crisis, para bien y para mal, responde a los parámetros clásicos de un país que no logra crecer por sí mismo ni atraer inversión exterior suficiente”.

Aun así, las instituciones europeas advirtieron ayer a Lisboa de que no tiene otra alternativa que aplicar los ajustes pactados hasta ahora. Y que deberá presentar lo antes posible las medidas necesarias para compensar el impacto de la sentencia del Tribunal Constitucional, que el viernes anuló la supresión de una paga extra de funcionarios y pensionistas.

“Los socios de la zona euro quieren saber si en Portugal existe o no la voluntad de respetar los compromisos adquiridos”, señaló ayer un tajante José Manuel Barros, presidente de la Comisión Europea y antiguo primer ministro portugués. La respuesta probable es que sí, salvo que caiga el Gobierno de Pedro Passos Coelho (una coalición conservadora), porque Lisboa ha seguido al pie de la letra las instrucciones de la troika desde que en abril de 2011 pidió un préstamo de la UE y el FMI de 78.000 millones de euros.

Esa disciplina no le ha servido de mucho. Hasta ahora, solo ha cosechado una caída del crecimiento acumulada de siete puntos de PIB en tres años y una tasa de paro que avanza hacia el 20%, mientras la tasa de empleo se hunde hasta niveles desconocidos desde 1996.

Y los números rojos no se han corregido, porque los ingresos fiscales han sido menores de lo previsto por la troika. La recaudación del impuesto de sociedades cayó el año pasado un 20%. Los impuestos indirectos, como el de matriculación, recaudaron un 43% menos; los del tabaco, un 10% menos.

El hundimiento se extiende a todos los índices y se hace visible en toda la economía lusa, desde el cierre de gasolineras al menor consumo de pan o la reducción del número de licencias de caza. Nadie parece a salvo de una espiral con causas estructurales y agravada por la troika.

La Comisión reconoce que el éxito del rescate portugués (programa en su jerga) “depende de manera crucial de la aplicación de una amplia gama de reformas estructurales, para eliminar las rigideces de una economía estancada desde hace más de una década”.

El plan incluye una drástica reforma del mercado laboral, para facilitar y abaratar los despidos y reducir las prestaciones por desempleo; una reforma del sistema judicial, para agilizar los procesos y reducir el número de casos acumulados; y un plan de privatizaciones para recaudar 5.000 millones de euros.

Pero como en el resto de la zona euro, el énfasis se centra en unos objetivos de déficit inalcanzables (se han aplazado dos veces en menos de un año), sin apenas medidas a nivel nacional o europeo para compensar la inevitable caída de actividad provocada por los ajustes.

El daño resulta demoledor en un país con una industria cuyas exportaciones se basan en productos con escaso valor añadido y uso intensivo de mano de obra; y que soporta una las tasas más altas de la UE de abandono escolar.

Los males parecen tan endémicos que, a diferencia de España, Irlanda o, incluso, Grecia, la economía portuguesa ni siquiera vivió el boom asociado a la introducción del euro en 1999. Durante el lustro anterior, según los datos de la CE, Portugal creció como media un 3,4%. Con la moneda única, su progresión cayó a menos de la mitad, mientras el resto de la periferia mantenía o aumentaba su ritmo de crecimiento.

Tras un primer tirón asociado al consumo interno, Portugal empezó a renquear en 2002. Y se convirtió en el primer país expedientado por superar los límites de déficit previstos en el Pacto de Estabilidad (3% del PIB). A partir de entonces, solo se ha librado durante un par de ejercicios de la vigilancia atosigante de Bruselas, plasmada ahora en el Memorándum de un rescate que parece pensado para otro tipo de economía.

 

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