COLUMNA

La falsa dicotomía entre ideales y seguridad

Los que esperaban un discurso vago y repleto de buenas intenciones, versos sonoros y citas históricas, se llevaron una decepción. Pero tampoco correspondió a los que deseaban que Obama diplomáticamente no aludiera al desastre del legado de Bush. El tono y el contenido de sus palabras en la toma de posesión rozaron los límites de lo sombrío. Aunque reflejó el optimismo de su contagiosa sonrisa, el realismo presidió todas sus líneas.

Se dice que el guión y el ritmo de sus discursos son el producto del ordenador de un joven de 27 años llamado Jon Favreau, cafeinómano que tiene su oficina ambulante en multitud de Starbucks. Lo cierto es que los discursos de Obama son generados por la mente lúcida del nuevo presidente y como resultado de su anclaje en la tierra, aquí y ahora. El mundo y Estados Unidos no están esperando palabras y frases para recitar, sino acciones. No necesitan piropos, sino liderazgo. Obama ya ha dado una buena dosis de mostrar el rumbo.

Como aperitivo, el ex senador recordó lo obvio: Estados Unidos está en guerra (hay que llamarlo de alguna manera clara) y su economía está gravemente debilitada. Se halla en plena crisis. El país está atenazado por el miedo (¿retazos de Franklin Delano Roosevelt?; 'de lo único que se debe tener miedo es del miedo'). Los retos son reales. Y no se encararán fácilmente, ni a corto plazo. Churchill, en su mensaje de 'sangre, dolor y lágrimas' revoloteaba encima del Capitolio.

Pero el país conserva toda la grandeza de los trabajadores y los inventores, de los que perecieron por una causa en las guerras internas y externas. Lo que se necesita es usar esa energía innata en reconstruir las infraestructuras, restaurar la ciencia a su debido lugar (¿mensaje a Bush?), transformar las universidades (en peligro de perder su indisputable ventaja) y las escuelas (deterioradas) para que se enfrenten a las nuevas circunstancias.

El dilema central no es debatir si se necesita un Gobierno grande o pequeño, sino que funcione y que ayude a generar un salario justo y un retiro digno. Se debe confiar en las fuerzas del mercado, pero la crisis actual ha recordado que sin el debido control causa serio daño. Como resultado, la nación no puede prosperar si el mercado solamente favorece a los más prósperos. Es un mensaje claro a los responsables del desastre financiero.

En el terreno tangencial del orden interno y la acción externa, Obama fue cristalino: es falsa la dicotomía entre la seguridad y los ideales. En aras de la defensa ante la amenaza (y la ejecución) terrorista, la Administración Bush transformó radicalmente muchas reglas del Estado de derecho, convirtiendo a Estados Unidos de víctima en objeto de la desconfianza mundial. Recordó que los padres fundadores redactaron una Constitución que garantiza los derechos civiles y humanos. La primera puesta en práctica de esta agenda va a ser el cierre de Guantánamo.

Consciente de que Estados Unidos no puede cumplir su misión sincera y probablemente imparable de liderar el mundo, Obama recuerda que en todas las ocasiones anteriores en las que se enfrentó a los totalitarismos tuvo éxito gracias a sólidas alianzas y convicciones duraderas (¿un guiño a la cooperación europea?). El nuevo líder estadounidense sabe que Estados Unidos puede actuar en cualquier escenario pero para tener éxito necesita la contribución de otros.

Reflejando los mensajes de realistas como Ronald Reagan (y también Bush, hay que reconocerlo), Obama advirtió a los que traman esparcir sus intereses mediante el terror y la matanza de inocentes que no podrán superar al país que ahora debe dirigir, y que serán vencidos. Solicitaba el trabajo de los ciudadanos, que no deben esperarlo todo del Estado o del mercado (homenaje a Kennedy: 'No pidáis a vuestro país qué puede hacer por vosotros…'). Pero al resto del mundo también conminaba que no podía seguir hallando excusas para sus deficiencias como causadas en la acción del Occidente desarrollado, y les recordaba a los gobernantes que siembran conflictos que se les juzgará por lo que puedan construir, no por lo que destruyan.

En resumen, que Estados Unidos, en el diseño de Obama, no va a abandonar sus principios e intereses, pero los va a sujetar a las reglas de la civilización y la cooperación. También advierte a los ciudadanos que la vida, por cierto tiempo, no va a ser fácil y que se ciernen tiempos tormentosos, de medios escasos y soluciones complejas. Obama también se advierte a sí mismo de la enormidad de su tarea. El mundo hará bien en darle un voto de confianza, al menos por un cierto plazo. En todo caso, el fracaso no será solamente la culpa del nuevo liderazgo de Washington sino de todo el planeta con recursos y voluntad para enderezar el andamiaje, dañado y con los inquilinos en su interior.

Joaquín Roy. Catedrático Jean Monnet y director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami jroy@Miami.edu